Camila
La caja seguía sobre la mesa del salón como si nos mirara, abierta, esperando que le prestáramos atención otra vez. Gael ya se había sentado con su café recalentado, y yo había arrastrado una silla junto a él con una energía que no sentía desde que descubrí que Mercurio retrógrado era la excusa perfecta para todos mis fracasos.
—¿Entonces? —dije, señalando la lista que teníamos delante—. ¿Nos vamos a atrever o nos vamos a rajar?
Gael me miró como si acabara de proponerle atracar un banco. Alzó una ceja y bajó la mirada de nuevo al papel arrugado. Le había puesto un imán de gatito encima para que no se deslizara por la mesa. Lo vi dudar, lo vi pensarlo. Y también lo vi calcular los riesgos, como siempre.
—Antes de tomar una decisión —dijo—, necesito entender por qué en nuestra lista de “cosas que hacer antes de los 25” hay cosas como “robar algo pequeño sin que te atrapen”.
Me encogí de hombros, muy tranquila.
—Teníamos diecisiete. Era eso o hacernos un piercing ilegal. No había muchas neuronas activas.
—Tampoco mucha ética —murmuró él, pero le temblaron un poco las comisuras, y supe que se estaba aguantando la risa.
Me incliné hacia la lista y empecé a leer algunos de los puntos en voz alta. Él me acompañó, entre comentarios de vergüenza ajena y risas mal contenidas. Algunas cosas ya no tenían sentido. Otras, nos hacían más gracia que entonces. Pero cuando llegamos al famoso reto del hurto simbólico, su expresión cambió por completo.
—No —dijo él, tajante—. Robar no entra en ninguna categoría de cosas que se puedan hacer “por nostalgia”.
—Pero no es robar de verdad. Es robar algo pequeño. Algo sin valor. Algo que probablemente nadie note.
—Eso es exactamente lo que diría una ladrona en potencia.
Apoyé los codos en la mesa y entrelacé los dedos bajo la barbilla.
—Gael, escúchame: es una forma de romper la rutina. De soltar el control. Es casi... terapéutico.
—¿Terapéutico? ¿Delinquir?
—¿Sabes qué es más preocupante que mi razonamiento? Que lo estés analizando como si fuera un caso de estudio.
Me fulminó con la mirada, pero sin verdadera intención.
—¿Y no preferimos algo menos... arriesgado para empezar? Tipo “bailar bajo la lluvia” o “comer solo postres por un día”.
—No. Quiero empezar fuerte. Si vamos a hacer esto, tiene que ser con convicción.
Suspiró.
—¿Qué propones? ¿Entrar en una tienda y llevarnos algo “disimuladamente”?
—Exacto. Pero sin pasarnos, nada caro. Nada que tenga alarma y nada que implique salir corriendo.
Gael se quedó pensativo un segundo.
—¿Y si nos pillan?
—¿Tú crees que yo tengo pinta de ladrona profesional?
—No —dijo, mirándome de arriba abajo—. Más bien pareces una artista despistada que se olvidó de pagar sin querer. Lo cual, pensándolo bien, es exactamente lo que eres.
—Gracias, supongo.
Me levanté y fui a por unos rotuladores y una hoja de papel. Me senté de rodillas en la silla y empecé a dibujar lo que pretendía ser un plano del supermercado del barrio.
—Esto es el pasillo de los chicles. Aquí suelen poner las macetas mini. Y en este rincón están los bolígrafos con forma de unicornio.
Gael se acercó un poco más y miró el dibujo.
—¿Por qué hay un gato en la esquina?
—Ese es tú, vigilando.
—¿Y por qué estoy dibujado con capa?
—Porque necesito que asumas tu rol como el cómplice misterioso.
Se pasó la mano por la cara y resopló.
—Dame eso.
Se levantó y fue directo a su mochila. Sacó su portátil y lo encendió.
—¿Qué haces?
—Un plan de acción decente —respondió, abriendo Excel y empezando a crear columnas—. Objetivo, ruta de entrada, posibles obstáculos, ruta de salida, y nivel de riesgo.
—¿Sabes que esto es todo lo contrario a lo que significa “improvisar una locura”?
—¿Sabes que me estás pidiendo que robe?
—¿Sabes que me estás divirtiendo muchísimo?
Le lancé una bolita de papel, que esquivó sin esfuerzo.
Nos quedamos en silencio un momento mientras él tecleaba con seriedad ridícula y yo decoraba el plano con más dibujos absurdos. Había algo reconfortante en hacer el tonto con él. Algo que me hacía olvidar, por un rato, que no sabía qué iba a hacer con mi vida el mes que viene.
Cuando terminé de dibujar, me fui al dormitorio a buscar ropa para el “gran golpe”. No es que pensara disfrazarme, pero sí quería algo que dijera “ciudadana normal” y no “diseñadora con ojeras sospechosas”. Me probé unos vaqueros y una camiseta básica. Me até el pelo. Luego, por impulso, me puse una chaqueta que apenas usaba.
Volví al salón y me planté frente a Gael.
—¿Esto dice “soy invisible”?
Él levantó la vista del portátil y se quedó un segundo en silencio. Solo un segundo.
—Más bien dice “intento parecer invisible y eso me hace sospechosa”.
—Ugh. ¿Y esta? —cambié por otra más informal.
—Mejor, parece que vas a comprar yogures.
—Perfecto. Nadie sospecha de alguien que busca yogures.
Él volvió a la pantalla. Yo fingí que no había notado ese segundo de pausa al mirarme. Ni lo rápido que volvió a concentrarse. Ni cómo se acomodó para no cruzar miradas otra vez.
—¿Y tú qué te vas a poner? —pregunté.
—Lo mismo de siempre.
—¡Gael! No podemos cometer un crimen con tus vaqueros de informático.
—No son de informático. Son de persona normal.
—Te vas a delatar con esa camisa planchada.
—Entonces me pongo una sudadera.
—Y gafas de sol.
—¿De noche?
—Más sospechoso aún, me encanta.
Él negó con la cabeza, pero sonrió.
—No puedo creer que esté aceptando esto.
—Yo tampoco. Pero gracias.
Fui a buscar una bolsa pequeña y empecé a llenarla con “herramientas”: unas gafas de sol, una gorra, una caja vacía de chicles por si queríamos “rellenarla”, una linterna de llavero. Cuando se la mostré, Gael arqueó una ceja.
—¿De verdad crees que necesitas todo esto?
—Obvio. Nunca pensé que delinquir me emocionaría tanto.
Él suspiró, con una sonrisa inevitable.
—Solo tú podrías decir eso y sonar adorable.
Cuando terminé de llenar la bolsa con las “herramientas del crimen”, me sentí como una versión de mí misma que solo aparece en carnavales o cuando intento devolver algo sin el ticket. Llevaba puestas unas gafas de sol enormes, una gorra azul que encontré al fondo del cajón de cosas inútiles, y una chaqueta oversize que me hacía parecer alguien que había perdido el tren de los 2000.
—¿Y bien? —pregunté, girando sobre mí como si fuera una modelo en una pasarela muy mediocre.
Gael me miró desde el sofá, con el portátil sobre las piernas.
—¿Estás segura de que no vas a asustar a los empleados en vez de pasar desapercibida?
—Voy a intimidarlos con mi estilo.
—Eso sin duda —dijo, y luego cerró el portátil con aire resignado—. Bien. Ya está hecho.
—¿Qué está hecho?
—El plan, el Excel. El itinerario del supermercado, la hora en la que hay menos gente, la mejor zona para actuar y la ruta de salida si algo sale mal.
Me acerqué y me senté a su lado, mirando la pantalla apagada.
—No vas a dejar que improvisemos ni una vez, ¿verdad?
—Improvisar es para la gente que termina con multas.
—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Tienes antecedentes?
—Solo traumas administrativos.
Me eché a reír. Él también. Era fácil, siempre lo era.
Le quité la bolsa de las manos y empecé a sacar todo otra vez. Había añadido incluso un espejo de bolsillo (por si necesitábamos señales de luz, según yo) y unos guantes finos que encontré entre mis cosas de invierno. Gael los observó sin decir nada durante un momento.
—¿De verdad piensas usar eso?
—¿Y si dejamos huellas?
—Es un paquete de chicles, Camila.
—Toda gran operación requiere compromiso.
Gael agarró uno de los guantes y se lo puso, torpemente. Le quedaba ridículamente pequeño. Nos miramos. Yo contuve la risa, él también. Hasta que fue imposible.
—Misión imposible, versión barrio obrero —dije, riendo.
—Ni siquiera hemos salido de casa y ya somos un desastre.
—Eso es lo bonito.
Me tumbé sobre la alfombra y me quedé mirando el techo mientras él recogía los accesorios del “kit de infiltración” y los organizaba por orden de utilidad.
—¿Crees que estamos locos por hacer esto? —pregunté sin mirar.
—Definitivamente. Pero es una locura bastante controlada. Y eso, viniendo de ti, es casi una hazaña.
Hubo un silencio cómodo. De esos que solo se dan cuando estás con alguien que no necesita llenar cada espacio.
Me incorporé sobre los codos y lo observé mientras él guardaba todo con precisión . Pensé en decirle algo como “gracias por seguirme la corriente”, pero sonaba más emocional de lo que quería admitir en voz alta. Así que solo dije:
—Te vas a encargar tú de llevar la bolsa, ¿no?
—Obvio. Me niego a que alguien te vea a ti con esa mochila naranja fosforescente que sacaste del armario.
—¡Es vintage!
—Es radioactiva.
Rodé los ojos, pero sonreí.
Nos pusimos de pie casi al mismo tiempo. Faltaban unas horas para que oscureciera, y sabíamos que no íbamos a hacerlo esa misma tarde, pero el ambiente ya tenía esa electricidad previa que uno siente antes de hacer una travesura. Nada muy grande. Nada realmente peligroso. Solo el tipo de cosas que te sacan del bucle del día a día y te devuelven una parte de ti que creías dormida.
—¿Y si no sale bien? —pregunté de pronto.
—¿A qué te refieres?
—¿Y si nos descubren? ¿Y si esto solo termina siendo una tontería sin gracia?
Gael se encogió de hombros, con esa calma que a veces me desesperaba y otras me anclaba.
—Entonces será una tontería más para recordar.
Me quedé en silencio. Luego asentí.
—Te das cuenta de que estamos planeando un microdelito con un nivel de entusiasmo preocupante, ¿no?
—Siempre y cuando no acabemos en el telediario, me parece bien.
Me acerqué a la mesa, agarré la lista y la volví a leer desde el principio. Cada línea tenía algo de absurdo, algo de ingenuo. Y, al mismo tiempo, algo que me hacía sentir más viva que cualquier correo de cliente o factura pendiente.
—¿Tú crees que… cumplir todo esto nos va a cambiar en algo?
—No lo sé —respondió Gael, muy serio por un segundo—. Pero probablemente nos saque de la rutina. Y eso ya es algo.
—Entonces vale la pena.
Asintió.
Volví a mirar la lista. La línea del “robo simbólico” estaba marcada con un puntito que acababa de hacer con el bolígrafo. Una señal de que íbamos en serio. De que esto había dejado de ser solo una broma para matar la nostalgia.
La caja seguía sobre la mesa. La lista, aún abierta. El plan, recién trazado. Y en mi estómago, esa mezcla rara entre nervios y emoción que solo aparece cuando vas a hacer algo que sabes que no deberías… pero igual lo haces.
En unas horas sería el momento.
Nuestro primer reto.
Nuestro primer mini crimen.
Casi legal.
Casi inofensivo.