Capitulo 1
"¿Esto es una broma, verdad?"
Ese fue el único pensamiento que cruzó por la cabeza de Diego mientras el auto se detenía frente al centro comunitario. La luz fluorescente sobre la entrada zumbaba débilmente, arrojando un brillo artificial sobre el desgastado letrero pegado a la puerta, que enumeraba todas las reuniones programadas para la noche. Sus ojos recorrieron las palabras, sabiendo ya exactamente en cuál de esas puertas debía entrar.
Suspirando, se pasó una mano por el pelo antes de agarrar la manija de la puerta del coche, murmurando un —gracias —poco entusiasta al conductor.
En cuanto salió, el frío del aire nocturno lo golpeó, un marcado contraste con el calor persistente dentro del coche. La puerta se cerró con un clic detrás de él, el sonido se sintió extrañamente definitivo.
Dios, él no quería estar aquí. Ni ahora, ni nunca.
Con un suspiro cansado, metió una mano en el bolsillo de su chaqueta, sus dedos envolvieron la forma familiar de su vaporizador. Lo sacó, lo presionó contra sus labios y dio una calada larga y lenta. El vapor con sabor a fresa llenó sus pulmones, ofreciéndole una breve distracción, un alivio momentáneo. Lo retuvo por un segundo antes de exhalar, observando cómo el humo se enroscaba y se desvanecía en la noche. No era suficiente. Ni de lejos.
Pero era todo lo que tenía en ese maldito momento.
Tres días. Tres malditos días desde la última vez que lo había usado, y su cuerpo todavía le gritaba que lo usara. Sentía la piel demasiado tirante, los nervios al límite, sus pensamientos eran un revoltijo de irritabilidad y agotamiento. Los antojos ya no eran solo susurros en el fondo de su mente: eran fuertes, implacables, y le arañaban las costillas como algo vivo.
El vaporizador no fue una solución. En realidad, no. Pero fue lo único que evitó que perdiera la cabeza por completo.
Volvió a guardarlo en el bolsillo y miró hacia la entrada. A través de las puertas de cristal vio que ya había algunas personas dentro: algunas de pie charlando, otras sentadas en las sillas de plástico dispuestas en un círculo. La visión le provocó un nudo en el estómago.
Aún podía darse la vuelta, volver al coche, decirle al conductor que lo llevara literalmente a cualquier otro lugar, fingir que nunca había venido.
¿Pero luego qué?
Él ya sabía la respuesta.
Tras respirar profundamente otra vez (sin lograr en absoluto calmar la inquietud que se arrastraba bajo su piel), se obligó a avanzar con los pies y con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera. Las puertas automáticas se abrieron y el calor del centro comunitario lo inundó, con un leve aroma a café, desinfectante barato y algo que olía vagamente a libros viejos.
Él apenas registró nada de esto.
Porque no importaba cuántas veces se dijera a sí mismo que no quería estar aquí…
Sabía que este era exactamente el lugar donde debía estar. Sabía que perdería todo lo que le quedaba si no lo hacía.
Mientras Diego se dirigía hacia una silla vacía, su mirada se posó en el hombre que estaba sentado a su lado. No había tenido intención de mirarlo, pero algo en él le llamó la atención; tal vez fuera lo intensamente concentrado que estaba en el juego que estaba jugando, pasando el pulgar por la pantalla con movimientos rápidos y ensayados.
Caramelos. Parecía uno de esos juegos de combinación: colores brillantes destellaban cada vez que completaba una fila. Diego nunca se había metido en ese tipo de cosas, pero este tipo parecía tomarlo en serio, con el ceño ligeramente fruncido y los labios apretados en un gesto de leve concentración.
Su atuendo era informal, nada particularmente llamativo: una chaqueta de los años 50, de esas que probablemente había comprado en tiendas de segunda mano o que había heredado de otras generaciones, combinada con unos vaqueros desgastados y unas zapatillas sencillas. Era el tipo de look que decía "que no se esforzaba demasiado, pero funcionaba."
Su cabello era oscuro, un poco más allá de la oreja, ligeramente alborotado de una manera que parecía natural. Ojos marrones, pómulos pronunciados... Sí, era bastante atractivo, ahora que Diego realmente se dio cuenta. Pero no era solo eso. Había algo en ese tipo que le resultaba magnético.
Era la forma en que apoyaba la barbilla en la palma de la mano, con el codo apoyado en la rodilla como si estuviera perfectamente cómodo. Las gafas estaban sobre su cabeza, ligeramente ladeadas, como si las hubiera subido distraídamente y se hubiera olvidado de ellas.
Diego no estaba seguro de por qué, pero algo en él le hacía sentirse un poco menos sofocante de estar allí.
Entonces, como si sintiera la atención, el chico de repente levantó la mirada y lo miró a los ojos fija en intensamente.
Diego se congeló en su sitio.
Bueno. Mierda.
El propio Diego no estaba precisamente vestido para impresionar, aunque tampoco es que le importara demasiado en ese momento. Sus jeans estaban un poco sueltos, sujetos por un cinturón que había visto días mejores. La camisa holgada de color amarillo brillante que llevaba puesta era una elección cuestionable, con un diseño abstracto aleatorio que recordaba vagamente que pensaba que era mucho más genial cuando estaba bajo los efectos de los hongos. ¿Ahora? Simplemente estaba ahí.
Su collar relicario, ahora vacío, descansaba sobre su pecho, entre una mezcla de otras joyas que nunca se quitaba: anillos en casi todos los dedos, pulseras apiladas al azar en su muñeca. Una chaqueta colgaba perezosamente de un brazo, como si no se molestara en usarla correctamente.
¿Pero lo mejor? Sus zapatos.
Edición limitada. Muy rara. Probablemente lo único de su atuendo que realmente le importaba. Bueno, tal vez además de su cruz. Lo demás, carecía de valor alguno.
Bueno, sí, tal vez no estaba vestido de la mejor manera, pero al menos sus zapatos lo ayudaban a seguir adelante.
Él habló, necesitaba de decir algo y no parecer demasiado raro.
—Uh... oye... —murmuró Diego, arrepintiéndose inmediatamente.
Hablar con la gente era mucho más fácil cuando estaba drogado. Las palabras le salían con más fluidez, más naturales, sin el peso de la autoconciencia que lo oprimía. ¿Ahora? Ahora se sentía como un pez fuera del agua, incómodo y expuesto, como si le hubieran puesto un cartel de neón en la cabeza que gritara "es un perdedor que no pertenece a este lugar".
El tipo levantó la vista de su teléfono y sus ojos marrones se dirigieron hacia Diego con una mirada que era más curiosa que otra cosa. Al menos no parecía molesto; ya estaba mejor de lo que él esperaba. Aun así, el silencio que se cernía entre ellos era insoportable. Diego quería encogerse en la silla de plástico de mierda, derretirse y no volver a hablar nunca más.
El tipo sin nombre lo estudió durante unos segundos más, su mirada se detuvo como si intentara ubicarlo, antes de finalmente hablar. —Me pareces familiar. ¿Has estado aquí antes? —Su tono era casual, pero había algo en sus ojos, una curiosidad silenciosa, que lo hacía parecer más una invitación que una pregunta. No parecía estar evaluando a Diego ni juzgándolo, solo preguntándole genuinamente.
Diego tragó saliva y se movió incómodo en su asiento. La expresión del chico no mostró ningún tipo de reconocimiento, solo un leve interés, y eso hizo que el silencio entre ellos se sintiera menos como un vacío incómodo y más como una oportunidad. Tal vez esta era su oportunidad de decir algo. Tal vez podría mantener una conversación sin tropezar con él mismo.
Pero la presión, el peso incluso de las palabras más simples, hacían que se le cerrara la garganta.
—No, no lo he hecho —Diego se quedó sin palabras, sin saber cómo hacer que el momento fuera menos incómodo. ¿Debería mencionar que era famoso? Normalmente, lo decía a los pocos segundos de conocer a alguien, como una muestra de indiferencia para medir su reacción, para ver cuánta atención podía conseguir con solo su nombre o una historia oportuna. Pero algo en el chico que tenía frente a él lo hacía sentir... mal.
Este no era el lugar para eso. Esta no era una escena en la que pudiera simplemente poner en marcha su encanto e intentar impresionar. Por una vez, no buscaba meterse en los pantalones de nadie. Diablos, ni siquiera estaba seguro de si buscaba algo en absoluto. Solo unos minutos de paz, tal vez. Solo un momento en el que no sintiera que todo giraba en torno a quién era o lo que había hecho.
Así que, en lugar de mencionar nombres o inventar historias, se concentró en el rostro del tipo, en sus ojos, que seguían observándolo con esa curiosidad silenciosa. Casi parecía una invitación, pero no en el sentido habitual. Más bien una invitación a ser una persona, no un personaje.
Diego tragó saliva nuevamente, tratando de no sentir la presión de lo que vendría después.
—Mmm, ¿eres un recién llegado entonces? —preguntó el chico con una pequeña sonrisa, un tono ligero y acogedor—. Mi nombre es Jasón. ¿Y tú, cuál es el tuyo?
Diego parpadeó, un poco sorprendido por la amabilidad directa del chico. La mayoría de la gente no le sonreía de esa manera, no sin algún tipo de intención oculta. Pero Jasón parecía diferente. No lo estaba evaluando, no estaba esperando una frase ingeniosa o una respuesta ingeniosa. Simplemente... era genuino.
Jasón abrió la boca para responder, pero dudó. Había algo extrañamente cautivador en Jasón. Normalmente, Diego diría un nombre, tal vez uno falso, solo para mantener cierta distancia entre él y el mundo. ¿Pero esta vez? No tenía ganas de fingir.