Capitulo 3

2380 Words
Diego, se enteró entonces de que el nombre del orador era Ignacio. Aparentemente, él solía dirigir el grupo de apoyo para el duelo, lo que tenía sentido dada la forma en que hablaba: mesurado, tranquilo, como alguien que había visto lo peor de la vida y había hecho las paces con ello. Gille, por otra parte, dirigía las reuniones de Jugadores Anónimos. Eso también cuadraba. Había en él cierta tranquilidad, una manera de comportarse como si hubiera pasado por todo el lío, hubiera cometido todos los errores posibles y, de algún modo, hubiera salido adelante. Juntos formaban una extraña pareja: uno reservado y sereno, el otro expresivo y cálido. Pero al observar la forma en que Gille miraba de vez en cuando a Ignacio, y cómo la mirada de Ignacio se suavizaba un poco cuando se posaba sobre él, Diego se dio cuenta de que funcionaban. Y odiaba admitirlo, pero eso era… bastante agradable. Quizás había lugares peores donde estar. Diego se había distraído un poco, su mente vagaba entre las historias que se compartían, el silencioso zumbido de la habitación y la tormenta constante de sus propios pensamientos. No quería estar allí, en realidad no quería escuchar más confesiones, pero la atracción del lugar era difícil de ignorar, incluso si solo se sumaba al ruido en su cabeza. Pero entonces Jasón habló, y así, su atención regresó, como una banda elástica demasiado tensa. Jasón habló con facilidad, como alguien que hubiera hecho esto antes, pero Diego captó el ligero temblor en sus manos, una vulnerabilidad parpadeando a través de las grietas de su fachada. —Hola, soy Jasón Labrín y soy un adicto a la heroína. La sala respondió al unísono con un tranquilo y familiar —hola, —y Jasón continuó, con su voz firme pero con algo más, como cierta ansiedad. —En una semana estaré sobrio por tres meses y, sinceramente, no podría estar más asustado. Diablos, nunca pensé que lograría aguantar una semana y aquí estoy con estas monedas que me dicen que lo estoy logrando. Pero, de nuevo, ¿por qué no puedo creerles? Todo esto es tan jodidamente frustrante... Sus dedos jugueteaban con algo que tenía en el regazo, probablemente una de esas monedas de la sobriedad. La forma en que se movía nerviosamente, con los dedos hurgando en ella, delataba la calma de su tono. Su voz era firme, pero sus palabras parecían llevar el peso de los años, el tipo de peso que nunca se alivia del todo. —Porque todavía pienso en decir 'a la mierda' y ponerme una aguja en el brazo... Las palabras impactaron con un fuerte golpe en el pecho de Diego, un puñetazo visceral que casi podía sentir en el estómago. No fueron solo las palabras lo que lo impactaron, sino la honestidad que había en ellas. La crudeza que pareció extenderse por la sala, tocando a todos, incluso si nadie lo decía en voz alta. —Pero no lo he hecho —añadió Jasón después de un momento, con un tono de voz un poco más seguro—. Y supongo que eso dice algo, porque nunca pensé que dejaría de hacerlo. Por primera vez desde que había empezado a hablar, Jasón levantó la cabeza. Sus ojos recorrieron la habitación con la mirada, fugaz, inseguro, como si estuviera tanteando el terreno, tal vez buscando a alguien que lo comprendiera. Tal vez alguien que asintiera, sonriera o, de algún modo, afirmara que todo aquello era real. Entonces, como si se diera cuenta de dónde estaba, esbozó una pequeña sonrisa, casi tímida, como si se hubiera quitado un peso de encima, pero sólo lo suficiente para sentirse un poco menos expuesto. —Bueno, eso es todo lo que tengo para decir... Gracias. Y así, volvió a mirar hacia abajo, con los dedos todavía moviéndose nerviosamente en su regazo, retrayendose hacia sí mismo otra vez. Diego debería haber desviado la mirada. Debería haber mantenido la vista en cualquier otro lugar. Debería haberse concentrado en algo, cualquier cosa, para distraerse del pesado nudo que se había formado en su pecho. Pero no lo hizo. Porque por primera vez desde que entró en esa habitación, se vio a sí mismo en otra persona. En la forma en que Jasón había confesado, en la lucha que se escondía detrás de esas palabras. Era un recordatorio de todo aquello de lo que Diego había estado huyendo, de las cosas que pretendía que no le arañaban los bordes de la mente. Y por un momento, no pudo evitar preguntarse si Jasón le había estado hablando, incluso sin saberlo. La verdad le golpeó demasiado de cerca. —Gracias, Jasón. ¿Alguien más quiere compartir? ¿Quizás un recién llegado? —Ignacio habló desde el frente de la sala, con voz firme y paciente. Y como si fuese un reloj, algunos ojos se volvieron hacia él. Diego lo sintió de inmediato: esa familiar sensación de hormigueo, de expectación, que se apoderó de él como un peso. Sus hombros se tensaron y resistió el impulso de hundirse más en el asiento. Por supuesto que lo estaban mirando. Mantuvo su rostro cuidadosamente neutral, obligándose a no reaccionar, a no hacer contacto visual. No tenía intención de hablar. No estaba allí para desahogarse en una sala llena de desconocidos. Estaba allí simplemente para existir. Para existir en un segundo plano. Pero el silencio se prolongó demasiado tiempo. Sus dedos se curvaron en los bolsillos de su chaqueta, sin agarrar nada, su pulso un poco demasiado fuerte en sus oídos. Mierda... —Uh, hola... Mierda... No tenía idea de qué decir. El silencio se prolongó lo suficiente como para ponerle los pelos de punta, pero ahora que había abierto la boca, tenía que seguir. Exhaló con fuerza por la nariz, mirando al suelo antes de obligarse a hablar de nuevo. —Soy... Care Pato. —Un momento y más mierda—. Uh, Me llamo Diego Romero en realidad. Pero todos me llaman Care Pato. Su propio nombre se sentía extraño en su boca, demasiado real, demasiado expuesto, pero siguió hablando, las palabras brotaban sin que pudiera detenerlas. —Yo... eh... no sé muy bien qué decir —soltó una risita seca y sin humor, rascándose la nuca—. Supongo... que no estaría aquí si todo estuviera bien. Pero... eh... no lo está. Obviamente. Se arriesgó a mirar hacia arriba. Nadie se reía de él. Nadie parecía molesto. Solo estaban... esperando. Escuchando. —Llevo tres días sin consumir drogas, —admitió, ahora con voz más tranquila. —Y es una mierda. Siento que tengo la piel demasiado tirante, que mi cabeza no se calla y que todo me saca de quicio. Así que, sí. Supongo que así es como estoy. Sus dedos se movían nerviosamente sobre su regazo, haciendo girar el anillo en su dedo índice. No sabía qué más decir. Así que simplemente se encogió de hombros, dejando escapar un suspiro que no se había dado cuenta que estaba conteniendo. —Eso es todo. Gracias, o lo que sea. —Y dicho esto, miró hacia abajo, esperando que nadie lo empujara a seguir adelante. Jesús. Nunca había tartamudeado tanto en su vida. Estúpida desintoxicación. Tenía los nervios de punta, el cuerpo al límite, como si su propia piel no le quedara bien. Normalmente no era así: vacilante, torpe al pronunciar las palabras como un niño tímido. Normalmente, sabía qué decir y cómo decirlo. Las palabras le salían con facilidad cuando tenía algo en su sistema, suavizando los bordes, haciendo que todo pareciera sencillo. ¿Ahora? Ahora se sentía vulnerable. Expuesto. Apretó la mandíbula, tratando de ignorar la sensación de que sus manos temblaban demasiado en su regazo. Solo quería que ese momento pasara, que alguien más comenzara a hablar para poder desaparecer de nuevo. ¿Pero la peor parte? Una pequeña y exasperante parte de él se preguntó si tal vez esta era la primera cosa real que decía en mucho tiempo. —Gracias, Diego. Espero verte más por aquí. La voz de Ignacio era firme, cálida pero no demasiado sentimental. Sostuvo la mirada de Diego con una pequeña sonrisa tranquilizadora, una que de alguna manera parecía genuina, no el tipo de sonrisa forzada que la gente da cuando no sabe qué más decir. Luego, así de simple, desvió su atención y dejó que Diego volviera a respirar. —Bueno, eso es todo, el tiempo que tenemos para compartir hoy no es mucho, —continuó Ignacio, dirigiéndose a la sala con la misma calma mesurada. —Quiero agradecerles a todos por presentarse y por estar aquí, ya sea que hayan hablado o simplemente escuchado. Sé que no es fácil, pero cada vez que cruzan esas puertas, están eligiendo algo diferente. Algo mejor. Algunas personas asintieron en silencio, otras se movieron en sus asientos, el peso de la reunión se instaló en sus huesos. Ignacio dejó que las palabras se quedaran en el aire por un momento antes de continuar. —Dicho esto, si alguien necesita hablar a solas, yo y algunos otros nos quedaremos para limpiar. Si tienes dificultades o si hay algo en tu mente que no quieres decir en voz alta, aquí estamos. Sin presiones, sin expectativas, solo conversación, si la necesitas. Hizo una pausa y se giró ligeramente para señalar una mesa pequeña cerca de la entrada. —Además, si buscas más recursos, hay folletos allí sobre los diferentes grupos de apoyo que tenemos. Abordan una variedad de temas: abuso de sustancias, salud mental, duelo, apoyo familiar. Si ves algo que te llame la atención, tómalo. Nadie lleva la cuenta. Algunas personas murmuraron sus agradecimientos, algunas ya se levantaron para estirarse, la energía en la sala pasó de una pesada introspección a un tranquilo alivio: la reunión había terminado, pero el peso aún persistía. Con una última reverencia respetuosa, Ignacio concluyó: —Cuídense mucho. Y recuerden, no tienen que hacerlo solos. Para ser honesto, no le sirvió de mucho. Seguía siendo un perdedor que tomaba pastillas. Seguía siendo el mismo desastre que había sido cuando entró. Tal vez eso era lo que nadie quería decir en voz alta: sentarse en círculo y hablar de sus problemas no solucionaba nada mágicamente. No hacía que los antojos desaparecieran. No borraba el peso que le oprimía el pecho. No cambiaba el hecho de que seguía luchando contra sí mismo cada segundo del día. Con un suspiro silencioso, Diego se levantó de su silla y se metió las manos en los bolsillos de la sudadera. Su cuerpo todavía se sentía inquieto, como una picazón debajo de la piel que no podía rascar. La reunión había terminado y, sin embargo, no se sentía diferente. Entonces, recordó. Jasón... "Oye, hablemos más tarde." Sus ojos se dirigieron hacia donde había estado sentado Jasón, preguntándose si el tipo realmente lo decía en serio, o si era solo una de esas cosas que la gente decía por cortesía, sin ninguna intención real detrás. Diego no estaba seguro de cuál esperaba. Pero antes de que pudiera convencerse de lo contrario, sus pies ya estaban en movimiento. Diego se había movido por la habitación y ahora estaba de pie junto a una mesa en la esquina, acomodando casualmente un plato de galletas. Sus anteojos, que antes habían estado sobre su cabeza, ahora descansaban apropiadamente sobre su rostro. Diego dudó un momento, observándolo. Había algo de calma natural en Jasón, como si perteneciera a ese lugar, como si ya hubiera encontrado un ritmo en ese lugar que Diego no podía comprender. Sus movimientos eran pausados, casuales, como si no solo estuviera apilando galletas, sino que se estuviera dando una razón para quedarse. Tal vez estaba esperando a alguien. Tal vez él lo estaba esperando a él. Diego exhaló bruscamente, obligándose a moverse antes de poder adivinarlo. Mientras Diego se acercaba, Jasón lo miró y sus anteojos se deslizaron ligeramente por el puente de su nariz. Una pequeña sonrisa relajada se dibujó en sus labios, como si lo hubiera estado esperando. —¡Oye, Care Pato! Casi lo olvido. Cuando termine de limpiar esto, ¿vamos a almorzar? Las palabras eran casuales, dichas como si fuera un día normal, solo dos personas haciendo planes. Pero a Diego, la idea de comer le revolvía el estómago. Incluso después de tres días sin comer, su apetito seguía sin aparecer. Todo se sentía demasiado irritable, su cuerpo demasiado desincronizado. Comer se sentía como una tarea, una cosa más que su cuerpo no había aprendido a hacer sin una muleta química. Aún así, no estaba dispuesto a decir que no. —Sí, claro… —Las palabras sonaron automáticas, como si fueran una memoria muscular. Su voz tembló un poco, así que rápidamente agregó—: ¿Necesitas ayuda? Jasón parpadeó sorprendido antes de inclinar ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando si Diego realmente lo decía en serio. —¿Estás seguro? —Preguntó—. No tienes por qué hacerlo. Lo tengo todo bajo control. Diego se encogió de hombros y metió las manos más profundamente en los bolsillos de su sudadera. —Sí, no me importa limpiar de todos modos, se hacerlo perfectamente. La verdad era que no quería quedarse parado como un idiota. La habitación todavía estaba llena de gente charlando, algunos se dirigían a la puerta, otros se quedaban en pequeños grupos. Era demasiado fácil perderse en ese lugar, demasiado fácil sentir que no pertenecía allí. Jasón asintió con la cabeza y empujó el plato de galletas hacia él. —Muy bien, ayúdame a llevarlas a la mesa de bocadillos que está allí. Diego tomó el plato y siguió a Jason por la habitación. La conversación intrascendente que se desarrollaba a su alrededor parecía extrañamente distante, como la banda sonora de una película de la que él no formaba parte. No sabía por qué seguía allí, por qué no se había ido en cuanto terminó la reunión. Tal vez fuera porque Jasón era diferente. No trataba a Diego como algo frágil o como una celebridad a la que tenía que rodear de puntillas. Era simplemente… normal. Y Diego ya no estaba seguro de cómo manejar la normalidad. Mientras dejaban las galletas, Jason se sacudió el polvo de las manos y lo miró. —En realidad no quieres comer, ¿verdad? Diego se puso rígido. —¿Qué?
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