Había llorado lo que quedaba de la noche, le habían dolido las palabras de Enith, ella también la amaba, solo que ella no la odiaba de nada, ya había entendido que Enith había hecho todo por lo que ella pensaba era amor a Chariose, sin embargo, no la perdonaba, ella había sido cruel y eso no lo olvidaba, así como ella, Enith también debía pagar por sus errores, por lo que no lamentaba que Enith sufriera a consecuencia de su ambición.
Se acostó sobre el frío suelo de piedra irregular para reposar su intermitente dolor, sin embargo, su miseria fue interrumpida por la presencia de Zigor, lo sabía, él se acercaba, ya tenía bien identificado su olor, así como también el de todos los que trabajaban o vivían en aquella prisión tan lúgubre.
Pero ella no se movió, se mantuvo quieta hasta que el serio hombre de unos 40 años de edad, apareció de pronto, junto a un pequeño grupo de guardias.
-Sabes a que vinimos Joanna-. Dijo Zigor haciendo un gesto con la cabeza a los guardias, quienes abrieron la reja para apersonarse en el interior.
Joanna resopló, todavía y a dos días de su ejecución, se esforzaban para exprimirle la mayor información que pudieran, pero, agradeció que vinieran por ella, era hora de su castigo, un castigo que, para ella, merecía.
Por lo que dejó que las manos manejaran con ella a gusto, y, en silencio fue llevada a la habitación donde solían interrogarla.
Luego de maltratarla por un largo rato, Zigor dio una orden para dejarla descansar del dolor.
Joanna escupió la sangre al piso cuando el soldado dejó de golpearle el rostro empapado en lágrimas.
Zigor soltó un suspiro con los brazos cruzados sobre su pecho.
-Entre más hables, recibirás menos castigo Joanna-. El general tuvo que apoyar su brazo fracturado sobre el sano para compensar el dolor que le causaba moverlo.
La pelirroja frunció los labios mientras otro soldado la tomaba del pelo para obligarla a ponerse de rodillas, frente a Zigor.
Joanna resopló al mismo momento en que le arrojaban cubos repletos de hielo, para hacerla congelarse debido al clima invernal y el agua helada.
Gracias a la solución que diariamente le administraba Angust, el médico que solía torturarla con sus experimentos con fines “médicos”, podía sentir el dolor y el frio como un humano cualquiera, solo que lamentablemente, esto no la mataba.
- ¿En verdad es todo lo que tienes Zigor? – Escupió la chica mirando al general con ojos desafiantes - ¿Es solo esto lo que puede hacer el flamante general de las fuerzas especiales del reino? – Dijo en provocación.
El poderoso general apretó los labios con irritación.
Luego, hizo una señal nueva con la mano para reanudar con el interrogatorio, el cual, se extendió una hora más.
Eh, inesperadamente, Zigor fue interrumpido por el sonido de su celular, haciendo que el interrogatorio parara por un momento, tuvo que salir al pasillo, para después, regresar con el rostro extrañamente sereno, le dio una orden a uno de sus soldados para que también sostuviera a Joanna por el brazo.
Zigor se acercó a Joanna con precaución.
-Quédate quieta-. Le ordenó el general al mismo tiempo en que la puerta de la habitación de la sala de interrogatorios se abría en un leve rechinido.
Dejando sorprendida a Joanna, pues, ni siquiera lo había olido cuando llegó y, mucho menos escuchó sus firmes pasos al acercarse.
Un estremecimiento poderoso se apoderó del cuerpo tembloroso de Joanna, mientras su corazón palpitaba dolorosamente.
De inmediato los soldados hicieron una reverencia.
-Alteza-. Dijo Zigor reverenciando a Chariose, el que miraba a Joanna con fríos ojos dorados.
La pelirroja bajó la mirada mientras respiraba ruidosamente, Chariose fijó su atención a los soldados que veían al rey con respeto, luego, hizo un gesto con la mano para hacerlos marchar.
Zigor consoló con la mirada los gestos de confusión de los guardias, y soltando a Joanna, el grupo salió de la sala de interrogatorios, dejando al rey y a Zigor, solos con Joanna.
Chariose se movió por la habitación para acoplar una silla frente a la chica, el ruido de sus botas hizo eco en el espacio, haciendo que los nervios de Joanna se desbordaran, nunca creyó que justamente él viniera a verla, a contemplar su dolor miserable.
Chariose se sentó con elegancia en el asiento sin dejarla de mirar con poderosos ojos dorados como el oro, Joanna a pesar de todo miró al soberano, el que lucía resplandeciente, soberanamente apuesto y, sobre todo, dominante, enfundado en sus ajustados pantalones negros y una chaqueta negra que le daba un toque elegante y atractivo.
Dejándola como siempre, sin aliento, unas ganas poderosas por arrojarse a sus labios casi la hicieron perder el control, Chariose la recorrió completa, él notó la tela de sus harapos pegados a cada curva de su cuerpo, el temblor de sus rodillas y sus brazos, y a la transparencia de la tela vieja de sus pechos despiertos, ella notó los ojos dorados mirar, recorrer cada parte de su cuerpo en silencio, y, era doloroso, darse cuenta de la pasión que Chariose desbordaba, del deseo que lo consumía, pero también del rencor que irradiaba su mirada resentida.
Se hizo un incómodo silencio, uno muy melancólico.
Joanna se remolinó incapaz de mirar al rey a los ojos, no después de todo, no cuando la había condenado a muerte.
-Déjanos Zigor-. Ordenó Chariose apoyando un codo en el descanso de la silla para sostener su mejilla en los nudillos anillados de su mano.
Su general parpadeó mirando a su rey, con sorpresa.
-Alteza, sugiero que no…-
-Cuando te llame, regresas-. Chariose no lo miró, pero por el tono de su voz, Zigor no protestó más, simplemente hizo una reverencia y salió mirando con recelo a Joanna.
La muchacha tragó saliva con dificultad, ardía, pero también, le temía, no solo por sus habilidades, sino por lo que pudiera decir o hacer, es decir, por él estaba encerrada, por él, August la usaba como ratón de laboratorio.
Joanna se sentó sobre sus pantorrillas, apoyando las manos sobre su regazo.
- ¿A que viniste Chariose? -Preguntó la chica mirando el piso de piedra con voz queda.
El soberano entornó los ojos.
-Tenía que mirar con mis propios ojos, lo que eres-. Dijo con mirada severa.
Joanna sintió una punzada dolorosa, lo menos que quería era revelar su naturaleza ante el amor de su vida.
-Deja de herirte de esa manera-. Contestó ella, Chariose tuvo un ligero gesto de perturbación.
-Soy tú rey, no necesito que me sermonees-. Chariose masculló con ira en la mirada, Joanna se mordió los labios mientras se limpiaba la sangre de la nariz.
La muchacha se aventuró a levantar los ojos hasta Chariose, para mirarlo.
-No olvide alteza, que también es un simple hombre-. Habló Joanna mirándolo con ferocidad.
El rey entrecerró los ojos con sumo resentimiento.
-Claro que no lo olvido, soy un hombre-, Chariose se llevó una mano a su entrepierna para apretarla con firmeza -y esto mismo-, le dejó ver como apretaba su masculinidad -es por lo que un simple hombre puede perder la cabeza-, dijo soltándose -es por eso, que ahora, de hombre no tengo nada-. Finalizó volviendo a apoyar su mejilla sobre sus nudillos -Lo único que me queda es ser tu rey-. Joanna miró la cara del joven muchacho, ahora que lo veía con detalle, pudo ver las ojeras bajo sus ojos, la palidez enfermiza de su piel, sus ojos irritados y, su rostro marcado por la pena, el hoyo en el pecho de la pelirroja se sacudió.
- ¡Basta Chariose! – Joanna no quería escuchar esas palabras de él.
-Muéstrame Joanna, muéstrame con quien debo lidiar-. Continuaba el rey, para luego, llamar a Zigor, quien entró de inmediato con un rollo de tela pequeño en las manos, el que entregó al rey con una reverencia, después, le hizo una indicación con la mano para que volviera a marcharse.
Joanna se puso en alerta, mirando el paquete envuelto en la tela con recelo, de pronto sintiendo un aroma conocido que la hizo reaccionar antes sus instintos.
- ¡¿Qué, que es, eso?!- La chica comenzó a sentir como su instinto la despertaba, miró como Chariose desenredó el paquete, dejando ver el contenido, un trozo sanguinolento de carne, Joanna aterrada se arrastró hacia atrás, comenzando a tener un hambre descontrolada.
Chariose sostuvo el trozo de carne con una mano anillada, la carne lucía tan fresca que llenaba los dedos del rey de sangre oscura, la boca de Joanna se hizo agua mirando la carne y la sangre manchando los dedos de la mano de su amado, su voracidad la presionaba para lamer el líquido carmesí de los dedos masculinos causándole un respingo en la entrepierna.
Se odió a sí misma, odiaba ser esclava de sus instintos, presa de la voracidad del hambre y el deseo retorcido.
Sin embargo, Chariose le arrojó el trozo de carne, cayendo cerca de ella, Joanna miró con ganas de arrojarse sobre la carne mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, tenía tantos días que no había comido que su naturaleza le hacía querer engullir la carne sucia del suelo, como un simple animal.
- ¿Cómo has conseguido esto?, la carne no es de animal-. Se abrazó a sí misma, luchando por no descontrolarse.
Chariose suspiró limpiándose los restos de sangre de la mano con la tela que llevaba envuelta la carne.
-Son sobras que han dejado los tuyos-, la miró con irritación -jamás haría algo tan vil como lo que haces tú-. Dijo él con el gesto duro.
Joanna sintió como explotaba, estaba cansada, Chariose era cruel y, aunque sentía que merecía su desprecio, no quería escuchar una palabra más salir de sus labios torcidos de resentimiento.
La muchacha se puso de pie de un brinco, abrazándose a sí misma.
- ¡No vengas con moralidades Chariose! – Lo miró con intensidad -en mis años fuera de Radú escuché historias sobre ti-, lo apuntó acusatoriamente – eres sanguinario, cruel y desprendes cabezas de sus cuerpos como zanahorias en la tierra, ¡has asesinado como yo! –
Una gruesa vena atravesó la frente del rey.
- ¡A mis enemigos Joanna! -Chariose levantó la voz, alterando a la pelirroja, quien se estremeció - ¡aniquilo a quienes quieren tomar mi reino, a violadores y asesinos, a quienes intentan dañar a las personas de Radú! – Exclamó perdiendo la paciencia -en cambio tú…- la miró frunciendo las cejas y ladeando la cabeza como un ave, Joanna se silenció comenzando a resbalar lágrimas por sus lastimadas mejillas, girándose para darle la espalda, no quería lidiar con la verdad de sus palabras, se sentía abandonada, repudiada y Chariose no paraba de acusarla.
- ¿Y de quien fue la culpa? ¿Quién hizo que me convirtiera en esto? -, logró decir ella consciente de las palabras que decía, Chariose respingó -escuché que Griffin te hizo una visita hace poco-, se sorbió los mocos, de pronto el ambiente se volvió desagradable, Joanna esperó una respuesta, pero no la hubo, por lo que continuó -sino hubieras sido tan cruel aquella noche, yo no me hubiera convertido en este monstruo-. Joanna apretó los labios, consciente que había hablado de más, que esas palabras habían reabierto las heridas en ambos; ambos se hirieron el uno al otro… ambos se habían causado el peor dolor de todos, el amor disfrazado de odio.
Se hizo el silencio, Joanna apretó la quijada resistiendo la ola de emociones, sobre todo el hambre del que era esclava, sin embargo, rompió con todo el control, si Chariose quería verla, ella lo complacería, por lo que, girándose sobre sus talones, se arrojó sobre la carne cruda como una bestia.
Chariose respingó poniéndose de pie, mirando con rabia, tristeza e impotencia lo que había creado, la chica agarró con ambas manos su comida para llevársela a la boca, arrancando trozos y tragándolos sin masticar, como una fiera.
El rey apretó sus manos en puño, tan fuerte que se hizo daño, miró a los ojos a Joanna, la que comía en medio de lágrimas de dolor, el corazón del soberano se sacudió ante sus emociones y la escena, “eso” era lo que había creado su cobardía, el pánico que le tenía a su padre, había convertido en un monstruo al amor de su vida, sus ojos inyectados en sangre amenazaron con hacerlo llorar, mientras miraba las consecuencias de sus decisiones; le había hecho algo tan cruel como eso y ni siquiera se había dado cuenta que algo como eso pasaría.
Joanna siempre sabía dónde más le dolía, lo estaba destruyendo y solo podía mirar cómo se consumía a sí mismo, suspiró con ponzoña, lleno de odio a sí mismo.
-Caminarás hasta la hoguera, arderás y tus pecados serán saldados-. Se plantó frente a ella imponente y frío, Joanna lo miró por encima suyo, con las manos y los labios cubiertos de sangre – Será mi deber como rey hacer que así sea-. Dijo, la pelirroja dejó el trozo de carne en el suelo, quedándose quieta, solo con las gotas de sus lágrimas cayendo sobre su regazo.
- ¿Y tus pecados Chariose? ¿Cuándo serán cobrados? – Preguntó ella en un hilo de voz.
El rey tomó aire por la nariz, preparándose para marcharse, se giró dándole la espalda.
-Ya los estoy pagando-. Contestó saliendo de la desagradable habitación, dejando a una Joanna vacía y, con su corazón quedándose con ella.