Sus ojos hinchados e irritados por el llanto y el desvelo de días, reflejaban todo el dolor que guardaba en silencio en su destrozada voluntad, Joanna ni siquiera se movió cuando, por la mañana, un día después de la visita de Griffin vinieron a buscarla, era el día, y fingiría que estaba lista, por lo que no protesto cuando la sacaron entre grilletes de su celda, incluso sus guardias estaban silenciosos, el ambiente se sentía viscoso y parecía que además, llovería, por lo que no era un día en el que el sol resplandecieran y animara la mañana, se distrajo escuchando el ruido que hacían los grilletes en sus tobillos.
Contó 200 pasos en total de su celda al camión blindado que la esperaba con las puertas abiertas, de las manos que la manipulaban se dejó acomodar en el asiento en la parte de atrás, donde un par de guardias del castillo la acompañaron a punta de pistola a el interior.
Joanna cerró los ojos, encorvada sobre sí misma, pronto estaría en el infierno donde su condición la llevaría, para ella no había cuentas pendientes y mucho menos un cielo, las llamas del averno eran lo único a donde su alma condenada iría, a seguir el sufrimiento eterno, se encogió de hombros, al fin y al cabo era algo no tan diferente a lo que estaba viviendo, por lo que ignoró las silenciosas lágrimas iracundas que escapaban de sus ojos, ambos guardias se miraron uno al otro, sorprendidos que una criatura como ella, pudiera llorar, en su creencia, eran monstruos sin emociones que lo único que provocaban eran dolor y muerte.
El camino le resultó rápido, pese a que la distancia entre la prisión y cualquier sitio en la ciudad si tomaba bastante tiempo, y no es que tampoco fueran pisando fuerte el acelerador del camión para llegar rápido a matarla, sino que era la percepción de Joanna la que la hacía creer que todo, estaba pasando con esa velocidad desenfrenada.
Cuando el camión al fin frenó llegando al destino que tenían preparado para ella, esperó los reclamos y los gritos del pueblo, acusándola y maldiciéndola entre el bullicio de quienes deseaban llegar hasta ella para lincharla, sin embargo, no la recibió más que el silencio, lo que la extrañó, se había preparado para eso, para recibir todo tipo de insultos, ofensas y perjurios, frunció el ceño mirando las puertas inertes que no estaban siendo azotadas por miles de manos enojadas, en cambio, ambos guardias se levantaron para tomarla de los brazos, Joanna se vio obligada a ponerse de pie, las puertas del camión se abrieron revelando a un pequeño grupo más que la ayudaron a bajar, y, entre el día nublado, Joanna pudo ver que donde estaba no era el castillo, sino el capitolio donde se reunían todos los políticos y embajadores de Radu y miembros importantes de las ciudades conquistadas por Chariose, un elegante complejo de mármol blanco y oro que estaba acomodado justo en medio de la ciudad, frente a la enorme plaza principal de Radu, la muy popular y visitada, “Plaza de la victoria”, llamada de esa forma por ser el lugar donde se puso la primera piedra para hacer un reino, luego de que el primer rey consolidado de Radu, “Braken Primero”, un ancestro de Chariose, ganara el territorio luego de una aplastante victoria a los señores de poniente, hacía milenios atrás.
Joanna había visto el complejo muchas veces antes de que todo eso pasara, solía hacer mandados a algunos empleados de allí cuando apenas era una niña, por lo que lo conocía por dentro, y lo que vio no fue la fachada principal, sino el estacionamiento subterráneo, parpadeo al mismo instante en que se daba cuenta que el enorme espacio estaba totalmente vacío, inspeccionó rápidamente la oscuridad cavernosa y el eco que produjeron las cadenas de sus pies descalzos, sin embargo, en silencio fue conducida por un elevador donde la metieron bien sujeta por los brazos, solo los dos guardias que iban con ella dentro del camión la acompañaron, los otros, se quedaron allí en el estacionamiento de centinelas, Joanna sintió un leve temblor en las piernas mientras el elevador subía en silencio, apareció una extraña sensación que no le agradaba para nada.
Cuando el elevador llegó, la sacaron de los brazos a un pasillo igualmente desierto, de inmediato reconoció el piso de mármol n***o y blanco, las luces blancas que iluminaban los cuadros y la vegetación la apañaron haciendo que frenara su andar levemente, desesperando a sus guardias, quienes tomándola por los brazos con fuerza casi a rastras la condujeron por los pasillos de piso helado, ella se distrajo repasando las imágenes de los cuadros, mientras rememoraba como aquellos pasillos hirvieron de personas cuando los recorría con algún recado o trayendo la fruta o pastel que le enviaban a traer de las tiendas a los costados del capitolio, frunció los labios ante el recuerdo.
Pero finalmente, la frenaron en seco en una de las puertas a su lado derecho, era la única que tenía doble ala, y parecía ser la más importante, Joanna nunca había estado dentro de esa habitación, por lo que no sabía cómo podía lucir, miró como abrieron las puertas frente a ella, Joanna tomó aire para después ser arrojada en el interior de un violento empujón que la hizo caer de rodillas sobre la dura alfombra de la habitación, la pelirroja puso mala cara mirando a sus espaldas, los guardias cerraron las puertas sin mirarla, dejándola temblorosa y confundida.
Pero un remolino de aire frente a ella la distrajo, movió su cabeza hacia el movimiento, los latidos de su corazón se detuvieron cuando recargado sobre el escritorio de la oficina descubrió a Chariose, Joanna se quedó paralizada en el suelo de la oficina principal del capitolio, mirando con ojos cristalinos el semblante dominador del rey, el que además, le quitó el aliento al contemplarlo vestido con unos ajustados pantalones negros, unas largas botas azabache de cuero que le envolvían las pantorrillas, recorrió con los labios entreabiertos la camisa azul marino que estaba abierta por el pecho, dejando ver su perfecta piel pálida y suave, Joanna tragó saliva con dificultad, su cabello blanco estaba peinado hacia tras, lo que le dejaba ver sus brillantes ojos oro que la miraban con una expresión fría, Joanna se sorprendió al mirar las heridas en el rostro del rey, le sorprendió ver sus labios heridos, su mejilla derecha morada y una larga cortada en la frente, pero él parecía no importarle que en sus brazos de mangas remangadas pudieran verse los moretones, él movía una mano sobre el escritorio, amasando con su palma abierta la brillante e imponente corona de obsidiana que tintineaba en destellos plateados entre sus pinchos, el ruido pesado de la piedra contra la madera erizaba la piel maltratada de Joanna, quien se mantuvo quieta mirándolo embobada ante la belleza cruel de Chariose, él levantó los ojos hacia ella, dejando en paz la corona.
-Ponte de pie-. Le ordenó con voz gruesa, un respingo hizo que Joanna obedeciera, comprobó como la recorrió completa, ella se estremeció, la miraba diferente, los ojos de oro frío de Chariose no eran los mismos que la había mirado aquella noche en la que habían hecho el amor, está mirada era amarga, dura y tremendamente distante.
- ¿Para qué me trajiste aquí? -Masculló Joanna mirando lo solos que estaban, la confidencialidad con que la habían traído, confrontó a Chariose, quien ahora le pareció un completo desconocido.
-Perdí a 200 de mis hombres en dos días-, entornó los ojos hacia ella -por tu culpa-. Le restregó, Joanna se remolinó incomoda recordando las batallas que se habían estado librando en las fronteras, la última había sido apenas un día antes, cuando Griffin había ido a verla, se mordió los labios, sintiendo la pena que debían estar albergando a quienes honraban ahora a sus muertos, ella no quería que las cosas fueran de aquella manera, sin embargo, tampoco era desconocida que aquellas muertes no serían las únicas, pues, sabía que todavía faltaban más, miles más… apenas era el comienzo.
- Chari… su alteza-, corrigió -yo puedo ayudarle…-
- ¿Ayudarme? -la interrumpió con voz de trueno, levantando una ceja blanca– si hoy es tu ejecución ¿Cómo pretendes ayudarme? ¿Así quieres pagar por tus pecados-, entornó los ojos -después de lo que hiciste? - Sentenció haciendo que Joanna bajara la mirada.
-Al menos, yo puedo estas horas…-
- ¿Compensarme? -Terminó las palabras de Joanna, Chariose se movió del escritorio, ella se abrazó a sí misma, el rey se cruzó de brazos en altanería, plantándose frente a ella mirándola desde lo alto que era, haciendo que un escalofrió recorriera la espalda de la pelirroja, el aspecto de Chariose era aterrador.
-Si-. Dijo con voz quebrada.
Se hizo un incómodo silencio, uno que resultó doloroso, para Joanna era como tener a un completo extraño de pie frente a ella, Chariose tenía un fulgor oscuro que le perforaba los huesos, la garganta se le secó y no pudo evitar sentirse pequeña, vulnerable, como una frágil humana que estaba a merced de un lobo hambriento, por gracioso que pudiera resultarle a Griffin, Joanna reconocía que aquel hermoso rey, era su debilidad.
-Puedo salvarte de la hoguera, ¿Sabías? -Rompió el silencio el soberano mirándola con fuego abrazador en los ojos, Joanna frunció el ceño.
- ¿Cómo? –
Pareciera que Chariose sonreiría, pero no hubo ningún atisbo de emoción.
-Lo haría si te entregas a mí, en todos los sentidos-. Dijo, pisando con sus botas los restos de Joanna
- ¿Qué? –
-No estarías en el castillo esta eso claro, porque bueno, no eres humana-, se encogió de hombros – tendrías un “lugar” apropiado para ti, donde solo te llamaría para que me “complacieras”, estarías escondida por supuesto-, los ojos de Chariose eran dos motas de nada -al fin y al cabo, eres la enemiga pública de mi reino por excelencia-.
Cada palabra de los labios de Chariose eran más que dagas que apuñalaron su ya herido cuerpo, los ojos de Joanna se llenaron de lágrimas, no podía creer lo que acababa de escuchar de él, lo amaba, lo ansiaba pero, ese no era de quien se había enamorado, no era aquel muchacho que robaba manzanas para ella, quien la había besado con amor, quien había tratado su cuerpo con cariño, en veneración y no solo como un depósito de esperma, como siempre había sido ante los ojos de miles de hombres que solo la habían visto como un trozo de carne y que, ella después, los convertía en alimento, en eso, en lo que la miraban, meros pedazos de carne que la alimentaban.
Sus piernas casi la tiran al suelo de un estrépito movimiento, ¿Qué había pasado con su Chariose? ¿Dónde se había metido?
Pero aquel amor que la mantenía apenas viva, se transformó en desahucio, sus huesos calaron ante la miseria que los invadió, la desconexión la hizo levantar la mirada hacia él, quien lucía vacío, drenado de toda vida, sus ojos brillaban, pero no había nada tras ellos, actuaba como un robot al que habían programado para andar, ella lo había matado y ahora solo había dejado un cadáver viviente, no tan diferente a como ella era.
-Prefiero morir-. Soltó ella dejando cada pedazo de su corazón roto en cada palabra, los ojos de Chariose por primera vez se miraron dolidos, algo en su interior se remolinó, pero, de inmediato, como Griffin, fue sustituido por la negrura de un alma muerta.
-Bien-, Chariose tomó la corona que tenía inmóvil sobre la mesa de un rápido movimiento -entonces que así sea-. Se acopló la fría piedra negra en la cabeza al mismo instante en que las puertas se volvían a abrir para de nuevo, tener las crueles manos de los guardias sujetándola por los brazos, ella se dejó llevar sin oponer resistencia y permitió que la sacaran de la oficina.
Abrazaría la muerte ahora con mucho más gusto, Chariose había rematado lo que quedaba, Joanna sonrió mientras era llevada a rastras, moriría…
El fuego purificaría la carcasa que quedaba de lo que era.