Desperté, desorientada y con un dolor de cuello y espalda que era difícil de ignorar. No supe cuánto tiempo estuve inconsciente, intuí que algunas horas, al menos eso esperaba. Al espabilar, miré a todas direcciones, buscando indicios de mi paradero, estaba claro que en aquel almacén ya no me encontraba. Intenté moverme, dispuesta a encontrar pistas, pero entonces me di cuenta de que me habían atado las muñecas al respaldo de una silla y que solo podía patalear al tener las piernas libres. El pánico comenzaba a atacarme, pero no era estúpida, dejé de sacudirme mientras intentaba menguar ni respiración acelerada por los nervios, lo último que me convenía era caerme. Logré calmarme un poco al cabo de unos minutos, saqué conjeturas mientras miraba hacia la nada al estar en el estómago de un

