Becky, que había estado escuchando desde la puerta, palideció. —¿Vas a hacerle daño estando embarazada? Nicholas le lanzó una mirada que la atravesó como un cuchillo. —Harper no es una mujer embarazada, Becky. Es una amenaza. Y a las amenazas se las elimina. A la mañana siguiente, Harper caminaba hacia la sala de juntas del edificio Ashford con la barbilla en alto. A cada paso sentía el peso de las miradas, de los murmullos, del juicio silencioso de quienes no esperaban verla en ese lugar. La abuela de Liam y su madre habían insistido en acompañarla, pero ella pidió hacerlo sola. Era su voz la que debía resonar. Cuando las puertas se abrieron, una docena de ejecutivos la observaron sorprendidos. Ella se acercó a la cabecera de la mesa, donde usualmente se sentaba Liam, y dejó caer el

