Harper suspiró, llevándose una mano al vientre. —Entonces iremos hasta el final. Si Nicholas quiere guerra, la tendrá. Yo no voy a dejar a Liam aquí solo. Un destello de determinación brilló en sus ojos. Mientras tanto, en la prisión del condado, Liam estaba sentado en una esquina del comedor, intentando ignorar las miradas hostiles de algunos reclusos. El sonido metálico de las bandejas chocando y las voces roncas llenaban el ambiente. Un hombre corpulento, con tatuajes que trepaban por su cuello, se plantó frente a él. —Ashford, ¿no? El niñito rico que terminó aquí. Liam lo observó con calma, aunque su mandíbula estaba tensa. —No busco problemas. El hombre soltó una carcajada amarga. —El problema es que aquí no importa lo que busques. Si quieres sobrevivir, vas a tener que pagar

