Tampoco le pregunté a nadie. Le tuve miedo tal vez a la respuesta. Aquella aparición se había presentado con anterioridad. Por ello, sentí de inmediato una profunda admiración y un gran respeto, por aquella figura de gran significancia para mí.
Aún permanecía en mi memoria,aquel momento grandioso cuando se presentó por vez primera, para traerme una determinación valiosa. Su atuendo sencillo resultaba muy a la moda de los tiempos lejanos. Llevaba un traje típico del país, de esos que acentuaban la personalidad. Resaltaba en su atuendo un sombrero muyelegante, de esos que resultaban seleccionados por gustos exigentes. Su rostrocolmado era por un muy poblado mostacho. En su mano derecha, empuñabaunadminículo de madera pulida a manera de bastón. Era mi abuelo Dimas. Mi padre y mis tíos me habían hablado tanto de él, que siempre lo adoré como si verdaderamente alguna vez, él me hubiese arrullado entre sus brazos. No tuve la suerte de conocer a ninguno de mis abuelos paternos, por lo que el hecho de sentir a uno de ellos cerca de mí, hacía de mi vida una delicia. Esa noche su mirada, aunque penetrante como siempre lo había sido según lo que el mismo diría en una de nuestras tantas tertulias, fue muy tierna. Por un momento, bastante largo por cierto, no me dijo nada. Sólo se limitó a mirarme con tanta insistencia, que me intimidó hasta el punto que tuve que apartar la mirada; por que no supe hacer otra cosa. Era un hombre hermoso. La cara alargada, típica de nuestra familia, resultaba su sello distintivo. Me parecía estar frente a mi propio padre. La diferencia, era aquel enorme bigote, pues mi papá lo usaba emulando al que caracterizó a Pedro Infante, galán del cine mexicano de su época. Su ídolo de todos los tiempos.
La noche había avanzado parsimoniosa. Era como si ella quisiera detener el tiempo. Resultó ser un encuentro inolvidable. Nunca pensé que podría obrarse un milagro de esa dimensión. Los dos estábamos solos en medio de la sala de mi casa. Éramosmi abuelo y yo. No pudomi viejito conocer descendencia, por ello, al sentirme cerca por vez primera; pudo verter su amor, ese amor que se habría quedado en medio de un camino. Una vez que hubo pasado mi temor inicial, me dediqué a contemplarlo detenidamente. Quise tocarlo, él se acercó sigiloso para facilitarme la acción. Pensé que tocaría al vacío. Pero no fue así. Misteriosamente pude palpar una piel, una calidez, un gran amor. Quise sentir esa sensación, puesto que la primera vez que lo observé, sólo pude distinguir una imagen vaga.
Al tocarlo, un extraño impulso me apartó levemente de él. El continuó parado frente a mí. Parecía estar mirándome. Sus ojos estaban vacíos de vida, pude notarlo por la sensación que manaba de los mismos. A pesar de ello, recibí de él, toda la ternura del mundo. Continué observando en silencio a mi abuelito bello, a ese ser especial que me dedicaba una sonrisa exclusiva. Dios nos regalaba en ese instante, un mundo de amor perdido en el tiempo. Ya era de madrugada. Mi abuelo lindo estaba emocionado, y yo me sentía atrapado entre sus emociones. Miré su rostro, y pude contemplar en él, una deliciosa dedicación que fue truncada. Me acerqué sin dudarlo, y de repente sentí que me miraba. Ya sus ojos no estaban apagados. Entonces visualicé algo extraordinario; no una mirada sino sus ojos. No eran parecidos a los de mi padre, ni a los de nadie; eran unos ojos únicos, nacidos del eterno deseo de conocer a un nieto.
Luego de deshacernos de aquellas miradas difíciles, dimos otro gran paso. Él quiso sentir un toque de inocencia, la misma que no sintió en su vida. Quiso que mis manos, execrarande sí, el rostro maldito de Próspero, de aquel hombre que se ensañó en su contra robándole con su vida, la de su familia. Don Dimas en ese instante pudo entregar su llanto. Nunca había llorado, él mismo lo confesó; pero al estar en mi presente pudo hacerlo, a pesar de estar ocupando otro plano. Surgió el abrazo de un amor que nunca pudo fenecer, y que estoy seguro que nunca fenecerá. El mundo se detuvo ante nuestros pies. Mi abuelito me atrajo con sus recias manos, con ellas que denotaban rudeza; pero que exaltaban una magna delicadeza. Yo, en ese instante me olvidé de la vida, tiré al piso mi libro y no pude otra cosa más que hacer, que no fuere abrazar a mi viejo. Me sentí presa de un abrazo delicado, el que nunca había sentido. Él me miraba, en el momento en que se sentía en total posesión de la vida misma.
Entonces comprobé que dejándolo todo a un lado, absolutamente todo; nuestro amor superaba una realidad y delante de la misma, nadie podría dudar un instante de su existencia.Olvidamos lo que pasaba a nuestro alrededor, ya que lo único que imperaba erael amor entreun abuelo y su nieto. Nunca habría existido nada en el mundo que pudiera superar eso tan sagrado que estábamos sintiendo. ¡Que belleza Dios míos!Mi abuelo ocupaba un lugar en el paraíso, me lo dijo en ese momento con su voz recia; precioso sitiocon el que siempre he soñado. Unidos en aquel abrazo delicado y amoroso, me sentí tan seguro como cuando era niño y, temeroso con mis sueños, acudía al lado de mi querido padre acurrucándome en su pecho. Sentí esa misma seguridad, la he sentido desde ese instante, y la sentiré durante toda mi vida; tan igual como aún percibo la de mi bello Zenón que, aunque arropado con sus 86 años, me abraza como cuando era un niño.
En ese momento escuché un sonido muy particular, y el mismo me atrajo hacia una realidad. Antes de haber podido levantar la mirada, ya mi madre estaba frente a mí, mirándome con aquella mirada colmada de ternura que nunca olvidaré. No me dijo absolutamente nada al verme en aquella extraña posición. Supe después, que me había estado mirando desdehacía rato, y yo no me había percatado de ello. Me preparé para escuchar algún reproche. No la habría culpado, ya que nunca podría explicarle nada de lo que había estado haciendo. Pero contrario a lo que esperaba, se acercó y tomó asiento al lado de mi abuelo. Me quedé pasmado de honda sorpresa, cuando contemplé que ella comenzó a mirarlo y, tal como lo había hecho yo, se acurrucó en el pecho del abuelo Dimas. Tal como yo, mi madre también había tenido un sueño, digo en éste momento, que una premonición; un milagro. Había ella sentido los mismos instantes de un pasado, y de un futuro incierto y tenebroso que se cernía sobre todos. Era ellacopartícipe de mi misión. Ella siempre supo que yo había sido elegido para tratar de evitar un desastre. Mi padre y los demás estaban ya sumergidos en sus descansos, por eso, pudimos abrazarnos los tres sin temor a miradas escrutadoras. Comenzó así aquella plática que fue decisiva en mi vida, y en la de toda la nación. Fue la noche más importante de nuestras vidas. Fue definitivamente decisiva aquella noche.
Estábamos mi madre y yo, frente a la figura de un hombre, a quien la desgracia se lo había llevado prematuramente de la vida. El padre de mi padre, nada menos. Nos estuvo contando resumidamente, parte de su historia. Cosas que nadie sabía. Siempre habíamos escuchado referencias de nuestra abuela de boca de nuestros tíos, especialmente de Toto, quien era el mayor de todos; pero él era aún adolescente cuando la tragedia anido en aquella familia, y sus referencias respecto de ellos eran muy vagas. No sabíamos absolutamente nada,ni de la abuela ni de su la familia. Por ello,nos comentó algo al respecto. Nos contó de Gastón y Leocadia, mis bisabuelos. Rememoró la historia suya, de cómo había conocido a Lucrecia, de su locura; de su repentino enamoramiento de quien finalmente terminó siendo mi abuela, Anicasia. Habló tiernamente de sus cuñados, es decir, mis tíos maternos, Luis Felipe, Juanita, Fabián y Armando. Hizo mucho hincapié en la repentina enfermedad, de quien había sido su prometida.
Se refirió tristemente al sufrimiento en que se vio sumida la familia entera, sobre todo, el de Elsa; aquella noble mujer que quiso a mi abuela y a mis tíos, como si hubiesen sido hijos suyos. Verdaderamente fue muy tormentosa la vida de Lucrecia, quien, a decir de mi abuelo, había enloquecido por la maldad de un hombre malvado, quién al sentirse rechazado por ella, le hizo una especie de conjuro. Mi madre y yo guardamos un profundo silencio. Resultó ser un relato verdaderamente triste, una historia que no conocíamos hasta ese momento, y que definitivamente, no podíamos narrar. Me hubiese encantado habérsela contado a mi padre, a mis tíos, a mis hermanos; pero al preguntarme de seguro, por la fuente de aquella increíble vivencia; obviamente queno podría decir cómo la obtuve. Mi madre pensó lo mismo. Entonces decidimos mantener aquel relato, solamente en nuestros pensamientos.
El año 1.994 había llegado portentoso, como queriendo hacerse sentir por sobre todas las cosas. El casi octogenario presidente electo había comenzado su nuevo período de la peor manera. Desde mi particular punto de vista, no pudo haber comenzado más catastrófico ese año. A mediados de marzo, como algo rutinario, me dirigí hacia la agencia bancaria en la cual mantenía mis ahorros. Llevaba varios años haciendo aquellos depósitos consuetudinarios, puesto que siempre había creído en el ahorro. Y cuando nació mi hijo, me enserié en el asunto. Creí necesario no estar desasistido monetariamente. Y la mejor formar de asegurarme de que eso no ocurriese, era precisamente ahorrando. Había decidido celebrar el cumpleaños de mi hijo, y fui a retirar algo de dinero. Me hice un auto préstamo, por llamarlo de una manera; puesto que al cobrar mi quincena al final de mes, prometí reponerlo. Siempre madrugaba para ser de los primeros en la fila para entrar. Eso siempre me había dado óptimos resultados. El banco abría sus puertas a las 8. 30 a.m. A más tardar a las 9 a.m. ya estaba de salida. Bien lo reza el dicho, a que madruga Dios lo ayuda. Pero en esa ocasión, debido al cansancio, me quedé dormido y se me hizo tarde; por esa razón me acomodé a la idea de que iba a pasar la mañana en el banco, puesto que hacía rato que ya habían abierto la puerta al público. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al acercarme pude comprobar que, a pesar de la hora, aún mantenían las puertas cerradas. Nadie daba explicaciones. El personal había llegado, pero estaban a puerta cerrada. Ya los ánimos estaban caldeados, puesto que cada quien tenía que hacer sus cosas. Nadie daba alguna explicación.
Lo primero que se dijo fue, que el transporte de valores no había acudido a la hora acostumbrada a entregar la respectiva remesa. Por unos momentos la cosa se calmó un poco; pero las horas pasaron, y nada que anunciaban el motivo de aquella demora ya de por sí, despreciable. Un caballero que permanecía en la espera, mantuvo comunicación con un pariente suyo que vivía en la ciudad capital, y de esa comunicación nació una cruel realidad. El propietario de la entidad bancaria se había largado del país durante el fin de semana, llevándose nuestro dinero. El banco fue declarado en quiebra. ¡Dios mío!, en un instante comprobé que lo poco que mantenía ahorrado, se había diluido en la nada. Y así como yo estaban muchos, desesperados por haberlo perdido todo. Casi siete años de ahorrar religiosamente, de evitar gastos innecesarios pensando en el mañana, para nada. Lloré como todos de la impotencia y de la rabia al enfrentar mi cruel realidad. Y lo mismo había pasado con otras entidades financieras, las cuales de la noche a la mañana, debido en gran parte; a las malas políticas del gobierno, quedaron insolventes. Las entidades bancarias que repentinamente se habían declarado en quiebra,debido a la evasión de capitales y las prácticas especulativas, iban como el condenado al paredón. Serían intervenidas y saneadas por el Estado. Muchos bancos comercialesdesaparecerían irremediablemente, devorados por susdeudas.
Con suma preocupación por lo que el futuro nos depararía, y extremadamente molesto por lo sucedido con mi dinero, me regresé a casa. Una gran frustración comenzó a embargarme, pues sentía lejana la posibilidad de llevar a cabo lo que tenía ya varios días maquinando en mi mente; la celebración de los 4 añitos de mi bebé. Algo se me ocurriría, de seguro. Y no me equivoqué. Mi madre tenía algo de dinero, y prometió hacer un rico pastel, de esos que como siempre, le quedaban exquisitos. Zenoncito, al comprender mi posición debido a la quiebra del banco, me tendió una mano; no esperé menos de él.Por su parte, Francelina nos sorprendió a todos con una fiestecita sorpresa que llevaba días planificando. Me sentí feliz,a pesar de tantos infortunios. Fue una celebración fabulosa. Alberto disfrutó plenamente del agasajo preparado. No pudo haber resultado mejor aquella pequeña sorpresa. Las golosinas, los confetis y los diversos juegos; colmaron la casa de alegría. Mi hijo no cabía de la emoción.Mientras pasaba el tiempo, comenzaron a suceder muchas situaciones trágicas. Una de ellas, fue el hecho de que el Estado nos metía las manos en los bolsillos, quitándonos lo poco que se podría tener. Comenzaron la creación de una serie de imposiciones tributarias, que nos hacían cada vez en más pobres. Era algo vergonzoso sin duda alguna.
Mientras todo eso ocurría, para beneplácito de quien había querido ver abonado un terreno, éste precisamente “disfrutaba” de sus últimos momentos en prisión. Había sucedió con ese hombre, algo muy particular, un hecho fortuito si se quiere; tonto para mejor decir. En virtud de que aquello parecía ser más bien una temporada vacacional, en lugar que una sanción penal; los penados hacían todo cuanto quisieran. No se levantaban con el alba, sino cuando les diera a gana. Les servían deliciosos platillos. Durante la mañana, se dedicaban al ocio viendo la televisión, escuchando música o leyendo. En horas de la tarde, practicaban algún ejercicio para mantenerse en forma, tal como lo hacían en sus vidas militares. Por las noches, todo resultaba un relajo; sobre todo los fines de semana. Las fiestas no se hacían esperar. El licor y otras sustancias eran consumidos sin limitaciones. Hasta resultaban beneficiados con salidas del penal. Por supuesto que para que todo eso se materializará, había que invertir mucho dinero. Cierta tarde, el larguirucho decidió jugar aquel especial partido que tanto le había fascinado en su infancia, y que aún en ese período de su existenciale encantaba.No perdía oportunidad en su confinamiento para practicarlo. Se trataba de intentar batear una tapa de refresco. El juego de la chapita, se le decía en épocas remotas, cuando los juegos eran divertidos. Se usaba como bate, un pedazo de palo, que generalmente resultaba ser el mango de una escoba. No era sencillo darle al pequeño objeto, mas, si quien lo lanzaba era ducho en esas lides.
Era una verdadera obsesión que sufría el mal llamado líder con ese jueguito.Los otros reclusos preferían no jugar aquello que consideraban ridículo. Sin embargo, las órdenes suyas eran cumplidas sin chistar. En vista de que había sentido la animadversión de sus compañeros de infortunio, comprendió que no tenía que obligarlos a hacer lo que ellos simplemente no querían. Por esa razón, se le acercó a uno de ellos con la firme determinación de animarlo, de ser posible, a combatir su tedio. No se lo ordenó, se lo impuso disimuladamente. Al aludido no le quedó otra alternativa, queponerse a lanzar las fulanas chapas. El cabecilla no le daba a ninguna. El lanzador comenzó a disfrutar del dominio que mantenía sobre quien se creía todopoderoso. Éste quiso repetir el turno una y otra vez, hasta que pudiera darle al pequeño y aplanado objeto. Ningún intento acertaba hasta que, sumamente molesto, dio unos pasos hacia adelante, y con todas sus fuerzas, logró por fin golpearla; con tan mala suerte para quien lanzaba, que dicho “misil” fue a parar directo en su ojo derecho, del que comenzó a manar un líquido tibio que empapó todo su rostro. El malogrado hombre se lanzó al piso dando alaridos de dolor, mientras su compañero se abalanzaba sobre él, tratando de remediar lo irremediable. Desde ese instante se le comenzó a llamar “El Tuerto” a aquel oficial del ejército, quien había participado en el fallido golpe de Estado a las órdenes de quien en ese momento, le había desgraciado la vida. Todo eso, por el afán de practicar un jueguito al cual todos detestaban, menos el jefe supremo.
Sintiéndose culpable, tal como lo era; el larguirucho se arrodilló ante el malogrado, haciéndole unas promesas que a todos llamaron la atención. “Caramba mi amigo, no fue mi intención, créeme por favor. Ya vas a ver que voy a remediar todo esto que te hice. No te voy a devolver el ojo, pero conmigo vas a tener todo lo que necesites y más. Cuando salgamos de aquí, que va a ser prontico, vas a ser un hombre poderoso. Tendrás todo lo que se te pegue en ganas. Te lo juro amigo. No te voy a fallar. Ya verás cuan lejos vas a llegar. Perdóname. Perdóname,no te quise hacer daño.”El mismo lesionado se quedó perplejo ante lo que a sus oídos llegaba. Mientras con sus manos trataba de sostener lo que quedó de su ojo en un intento de que no cayera al piso, escuchaba los ruegos de su compañero que parecía sentir más dolor que él.
Pensó que eran promesas de alguien desesperado por lo que lamentablemente, había sucedido por obra del infortunio.Pero no, él autor de aquella desgraciadurante varios días le estuvo repitiendo lo mismo. Entonces se dio perfecta cuenta de que lo que le prometía era algo más que un simple ofrecimiento.Él sabía perfectamente que se había tratado de un plan religiosamente orquestado desde hacía años, y llevado a cabo con tanta meticulosidad y por tantos protagonistas, que desde hacía mucho tiempo sabía aquel hombre petulante iba a llegar muy lejos; específicamente a la presidencia del país. Por algo había ubicado aquellos dos “vejestorios”, como él mismo les decía peyorativamente, a ocupar la silla presidencial; mientras la providencia,hacía que llegara su tiempo. Aquellas promesas no se quedarían en los ásperos abrazos del olvido. El tiempo le iba a dar la razón.
En esos tiempos yo me encontraba demasiado deprimido, aunque trataba por todos los medios de que mi familia no percibiera esa manera de sentirme, especialmente ni niño. Trataba a duras penas, de llevar mi vida dentro de una esfera de normalidad. Pero en el fondo, si aparentaba esa poca tranquilidad, era para realmente no dejarme vencer por la depresión que, en mi caso, sería desastroso, dado que mi hijo me necesitaba más que a nadie en el mundo. Gracias a Dios que mi trabajo me proporcionaba la felicidad que siempre sentía al ejercerlo, y además del hecho(tal como me lo decía mi santa madre), de pensar que lo material se recupera; contaba con mi sueldo, y eso era una gran ventaja. Ya me adaptaría a mi realidad, mientras tanto, no me quedaba de otra que tratar de continuar en mi vida, la misma que era colmada por mi alegría de vivir que significaba Alberto. Él lo era todo para mí. Cuanto lo amo y lo amaré por siempre. También contaba por su puesto con el apoyo de toda mi familia y por supuesto, el de mi futura esposa. Aquella noche calurosa me senté, como era ya costumbre, en la sala de la casa a leer. Había pensado en tomar otro trabajo; pero descarte luego esa posibilidad.Comprendí que, el solo hecho de que Alberto me sintiera ausente las noches en las que tenía que trabajar, era suficiente. Siempre fui de la idea de que el compartir con él, sobre todo a esa edad, era muy importante para su perfecto desarrollo físico y mental.
Por esos días estaba sumergido en la lectura de una obra fabulosa: “El retrato de Dorian Grey” de Oscar Wilde. “-Le mostraré el camino, señor Hubbard, si es tan amable de seguirme. O quizá sea mejor que vaya usted delante. Mucho me temo que la habitación está en lo más alto de la casa. Iremos por la escalera principal, que es más ancha.- Mantuvo la puerta abierta para dejarlos pasar, salieron al vestíbulo e iniciaron la ascensión por la escalera. La barroca ornamentación del marco había hecho que el retrato resultase muy voluminoso y, de cuando en cuando, pese a las obsequiosas protestas del señor Hubbard, a quien horrorizaba, como les sucede a todos los verdaderos comerciantes, la idea de que un caballero haga algo útil, Dorian intentaba echarles una mano.”Estando ensimismado en aquel extraordinario relato, algo ya familiar se hizo sentir.Ese algo era un sonido sutil que asemejaba pasos en la distancia; pero más que el sonido, era aquellagélida brisa que, a pesar de haber sido un día caluroso, se comenzó a sentir; además de aquella piloerección que sentía, cada vez que aquellas apariciones se hacían presentes. Por un instante dejé de percibir aquella sensación, y proseguí con la lectura que se tornaba cada vez más interesante, a medida que me adentraba en ella.
Repentinamente sentí una presencia en el sofá contiguo. Cuando alcé la mirada no pude creer lo que estaba observando. Era como si el sueño de toda mi vida se hiciere realidad. Cuando contemplé a aquel caballero de fino porte, algo impresionantellegó a mi mente. Recordé algo leído hacía mucho tiempo. Rememoré aquella lecturacon mucha ternura: “Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Dos bogas lo hacen avanzar mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes. Insensibles al tórrido sol los broncíneos cuerpos sudorosos, apenas cubiertos por unos mugrientos pantalones remangados a los muslos, alternativamente afincan en el limo del cauce largas palancas cuyos cabos superiores sujetan contra los duros cojinetes de los robustos pectorales, y encorvados por el esfuerzo le dan impulso a la embarcación, pasándosela bajo los pies de proa a popa, con pausados pasos laboriosos, como si marcharan por ella.” Me parecía increíble. Estaba frente a frente con el eximio novelista de mi patria. Él mismo elevó su rostro, regalándome aquella imagen inmortal que hasta en los textos escolares de literatura permanecen. Por sobre aquella mirada, podía contemplar toda la sabiduría del mundo. Yo lo admiraba mucho. Pero por sobre todas las cosas, admiraba sus obras literarias. Las comencé a leer siendo aún adolescentes.Mi madre hacía malabares para adquirirlas,sabiendo lo mucho que me gustaba leer.
Su estilo en el vestir ya lo conocía, puesto que infinidades de veces lo había mirado retratado, especialmente en las contraportadas de sus obras que mantenía y aún mantengo, como valiosas posesiones. Era curioso que todos quienes se presentaban frente a mí, vistieran como si estuviesen en el plano terrenal. Bueno, verdaderamente nunca había presenciado a ningún espectro; pero desde niño siempre escuché cuentos de espantos de aparecidos.Se decía que esos bichos se presentaban ataviados de túnicas de color blanco. Al fin de cuentas, estaba frente a mi admirado escritor, y éste parecía estar vivo, sentado como si se tratara de la sala de su propia residencia. No me atreví a decir nada, puesto que me sentía atrapado aún en aquella grata sorpresa. Él tampoco lo hacía, solamente se limitaba a mirarme con aquella mirada de encantos infinitos. Y esas miradas lo decían todo, no había necesidad de palabras. En una oportunidad leí algo sobre él que me sorprendió grandemente. A pesar de haber fundado un partido político si se quiere, icónico, y haber ocupado la silla presidencial, se decía él no era político sino escritor; pero por amor a su tierra y a su gente, sintió la imperiosa necesidad de, en un momento determinado, lanzar una especie de candidatura simbólica, con la mera finalidad de elevar una voz de protesta muy bien justificada. Desde ese entonces quiso probar suerte en ese difícil ambiente. Lamentablemente sólo pudo ejercer el cargo de Presidente de la República por unos meses, debido a mezquinos intereses. Aún se notaba en su rostro, el sufrimiento que sintió a partir del día en que su amada esposa se fue físicamente de éste mundo, lo que equivalió prácticamente al cese de sus grandes obras y con ello, también de su vida. El mismo refería que su alegría de vivir, se había marchado con ella.
El novelista se movió en aquel suave asiento color pastel, como buscando acomodo. Mientras lo hacía, parecía buscar en su mente, algunas palabras precisas con las cuales iniciar un parlamento. Finalmente cuando hubo sentido que era el momento indicado inició un parlamento exquisito. Yo estaba que me moría de la emoción al poder escuchar su voz, aunque se tratare de esa forma poco usual. “Caballero, tenga usted mis respetos. Molesto su atención que me doy cuenta, está muy bien centrada en una buena lectura; para conversar con usted sobre algo sumamente importante. Estoy convencido de que podríamos departir en éste momento, largas horas de amena conversación si nos centráramos en lo que respecta a la literatura, nuestra gran pasión; pero desafortunadamente, es otra mi misión en éste momento apremiante de la historia de nuestra patria. Demás está decirle que mantuve y aún mantengo, un protagonismo algo decisivo en nuestra historia, puesto que desde siempre, me ha preocupado el futuro de nuestros semejantes. Desde mis inicios incursioné en el plano educativo y quise transmitir lo poco que sabía a las nuevas generaciones. La docencia fue una de mis primeras pasiones gloriosas. Las letras siempre me atrajeron con sus infinitos encantos, y no llegué al ámbito político como por obra de la casualidad y mucho menos, por el poco renombre que llegué a poseer. No fue así indudablemente.Si incursioné en esa agitada vida fue por mi tierra; ésta tierra de libertadores, de gente grandiosa.
Dipor ella, por nuestra patria; todo cuanto pude, y estoy completamente seguro que hasta mucho más. Mis obras fueron por nuestra patria y para nuestra patria. Por ello, solamente por ello; se me ha encomendado ésta misión, la cual considero bendita. Traje a colación éste pequeño parlamento para con él, expresar mi total repudio a un hecho enmarañado que se está tejiendo alrededor de todos ustedes, el cual se mueve como péndulo diabólico sobre el futuro de la patria grande, de ese mismo suelo que tanto trabajo costó libertar. Hijo, me siento muy orgulloso de haber sido el primer presidente civil, producto de unas elecciones universales, en las cuales obtuve una mayoría contundente. Eso no lo dijo por simple exaltación del ego. Si te lo digo amigo mío, es para que me comprendas mejor.En ese sentido, has de entender lo ingente que es, luchar por preservar los logros que bastantes sacrificios costaron. Tienes que dar la cara por tu país, por el país de tus padres, de tus hermanos y de tu hijo; por el de todos tus coterráneos. Ese mismo país que hoy por hoy está en un grave peligro. Tú sabes que el riesgo está latente, pués de esa manera te fue advertido. Ya comenzó a llegar la catástrofe que, si no se hace nada por evitarlo, destruirá por completo a la patria grande. No en vano resultaron los sacrificios en las escandalosas manifestaciones, cuando quisieron tomar el poder a la fuerza. No fue simple casualidad, que un presidente en el ejercicio de su período constitucional, fuese separado abruptamente de sus funciones.
Todo eso ha sido meticulosamente concebido, para que anide en éste país, el peor gobierno que pueda existir; un régimen que se haga llamar demócrata, pero que al fin de cuentas será las más perversa de las dictaduras; puesto que llegará tras timar las esperanzas de un pueblo en quienes sembraron la animadversión, el odio y sus perversas ideologías. No por gusto fueron colocados los dos nobles caballeros de avanzadas edades, maleables ante sus perversas mezquindades. Ya pronto saldrá en libertad. No pasarán más que unos pocos días para que se abran, tras una orden maléfica, las puertas de la prisión donde hasta ahora está contenido. Saldrá como todo un héroe. Será aclamado por las masas. Resultará exaltado, glorificado, casi que santificado. Continuará recorriendo los caminos. Insistirá en hacerse parecer a un