Kirill estaba en el mismo lugar de siempre, pensando en lo mismo de siempre: venganza, cuando llegaron los guardias para prepararlo para la pelea. Esa noche no se resistió, y dejó que le inyectaran la droga en el cuello. Esa vez no quería ser humano, quería ser el animal que Roman obtuvo tantos años atrás por una salida a la enfermedad de su esposa. Todo su mundo se derrumbó cuando Roman no hizo nada por ella, los tumores la invadieron, y murió conjuntamente con el bebé que llevaba en el vientre. A Roman no le importó, y por eso se cobró el favor encerrando a Kirill en ese asqueroso lugar y pidiéndole doscientas muertes por un pase de libertad que Kirill sabía que jamás llegaría. La esperanza era algo que siempre se prometió tener, pero con cada pelea, con cada anochecer, con cada vaso d

