¿Él o yo?

2307 Words
Grillo nunca le había tenido tanto miedo a la terapia como esa tarde, cuando llegó y Emma se mostró tranquila, reservada, algo indiferente… y después sacó esos pines de imágenes que hace a mano. Quién lo diría: la gente imprime tus fotos, de tu vida personal, y las pega en un tablero para hacerte pasar vergüenza. Cuando Tamara y Sima le hicieron bullying porque sus exes estaban mejor que él —o no mejor, pero en relaciones más sólidas de lo que él había tenido— le pareció menos doloroso que verlo con sus propios ojos y reconocer que el que seguía dando de qué hablar, porque no tenía un rumbo claro, era él. Sin contar que Sima tenía tanta historia mediática como él: había terminado mil veces con Alexi y siempre regresaban. Esa era la base de su relación de diez años. Y claro, cuando uno vive con la intensidad a tope, y siente que su relación de dos semanas es comparable con un matrimonio de veinte años de historia y complicidad, puede llegar a darse cuenta de que no ha tenido tiempo de hablar sobre lo que realmente quiere Sima. Porque, si lo que desea es irse, volver con Alexi o solo ponerlo celoso, tal vez… solo tal vez, Grillo también termine como parte del tablero de la vergüenza y ella pase a ser una más entre las “bendecidas por Grillo”. La única cosa que tenía para defenderse era que estaba avergonzado por los tiempos, pero no por su decisión de abrirse al amor y darse una oportunidad con Sima… siempre y cuando ella quisiera tener una vida con alguien más que no fuera su ex. Sima era grandiosa, espectacular, y en la cabeza de Grillo calzaba lo suficientemente bien como para ser el amor de su vida. —Creo que necesitamos trabajar en lo que soy, no en lo que desearía ser —responde Grillo. Emma sonríe, divertidísima, porque es lo que lleva semanas intentando hacer. Pero es complicado cuando no sabes lo que eres, lo que quieres o lo que vas a hacer. La mujer cambia de estrategia y le da a Grillo lo que él necesita: el control. Porque ha pasado toda la vida intentando estar a cargo —incluso si lo hace todo mal—. Ha estado a cargo de Grillo, de sus sentimientos, de sus miedos, de su dolor, y ha lidiado tanto con ellos que si tratas de abordarlos sale huyendo. Pero, si él los describe solo, puede animarse a solucionarlos de una forma u otra… y ella estaría allí. —Mauricio, voy a dejarte tarea. —¿Por qué me estás llamando Mauricio? —Porque Grillo es un artista, muy bueno: seis Grammys, toca cualquier instrumento, siempre da de qué hablar, es guapo… y cambia de novia como saca singles. Él se ríe ante la cita de una de sus canciones. —Pero Mauricio es un hombre: el hombre. Maduro, económicamente independiente, con metas y un futuro. A ese es al que debemos ayudarle a ser la mejor versión de sí mismo. —No somos dos personas separadas, Emma. Soy uno. —Lo sé, y no quiero intentar separarlos. Uno es un genio grandioso, pero el otro es un niño dolido. Y si bien no puedo sanar al niño que tus papás abandonaron, sí puedo intentar ayudarte a convertirte en ese hombre que tienes en la cabeza… en el esposo y el papá de Valle. —¿Valle?—repite Grillo, indignado... —Grillo y Valle… combinan —responde Emma, y él se ríe. —Yo sé cómo se llamarán mis hijos. Emma niega con la cabeza y decide no abordar ese tema hasta que llegue el momento. Él no insiste más porque no quiere que le arruine los nombres con psicoanálisis. —Sé que eres bueno con las palabras. Quiero que me cuentes quién eres: desde el momento en que naciste hasta el día en que vayas a entregarme ese diario. Ahora… quiero que me escribas lo que quieres, con detalle. Por ejemplo: si me vas a decir que quieres una mujer, tienes que describirla toda, incluso el grosor de las cejas. Y lo más importante: cómo vas a hacer para ser todo lo que quieres para tu futuro inmediato, intermedio y a largo plazo. Ella le entrega un cuadernito azul y Grillo lo ve sorprendido y divertido. Se plantea qué tan rápido podría llenarlo por completo, y ella hace un ruido para llamarle la atención. —Ahora, necesitas trabajar en tu infancia. Quiero saber si hay una forma en la que pueda ayudarte a hacerlo sin que sea una explosión emocional y te vayas. ¿Quieres que hablemos de eso hoy o prefieres pirarte? Grillo se inclina hacia el frente, ve a su terapeuta y se encoge de hombros antes de reconocer: —Estuve hablando sobre mis papás… con Tamara. —Sí. ¿Qué recordaste? —Mi mamá… todas sus exigencias académicas y deportivas. Y cuando se fueron, tenían prisa. —¿Por qué crees que era importante para ella? —Por mi seguridad. Tamara cree que algo salió mal… y con esos recuerdos creo que mi mamá de verdad tuvo un problema. —¿Qué pasaba con tu papá? ¿Has pensado en él? —Él estaba molesto todo el tiempo. Me cuidaba, pero no como mi mamá. —Algunos papás son fríos. Sería importante entender por qué. —Lo sé… pero era muy distante —responde, encogiéndose de hombros—, como si siempre estuviera en otra parte. Levanta la vista hacia la pared y se encuentra con una fotografía nueva: Emma, su esposo, sus hijos y sus nietos. Sonríe sin querer, y ella, al notar su mirada, también sonríe. —Te voy a dar un secreto para tener un buen matrimonio —dice Emma, bajando un poco la voz, como si confiara algo prohibido. —A ver. —Cásate con la persona que te acepte en cualquier versión. Da igual si eres un desastre, si no sabes lo que quieres, si un día brillas y al siguiente eres una tormenta. La persona que te vea como un diamante en bruto, perfecto y bello a pesar de lo salvaje… y que tenga la paciencia de esperar a que te pulas. Esa persona, cuando quieras ser Grillo —loco, impulsivo, salvaje— debería recordar siempre que, detrás de eso, está Mauricio: el hombre al que sí vale la pena esperar. Él se queda en silencio un momento, tragando saliva. —Somos uno mismo. —Sí. Emma y Emilia también lo son. Mi esposo se casó con las dos. Pero por él, hago el esfuerzo de ser Emma casi siempre: la mujer buena, guapa y dulce que él cree que puedo ser. Grillo suelta una risa incrédula. —Eres una cabrona… si él cree eso, eres una mentirosa. —Lo soy —responde, divertida, y le guiña un ojo—. Cuarenta años de matrimonio me lo respaldan. Emma ve a Grillo orgullosa y se lo hace saber. Le deja de tarea visitar a su abuelo, ir por la verdad, porque esa era la que le daría paz, tranquilidad y seguridad. Él asiente y se va a casa. No con tanta prisa como antes: lo hace tranquilo, motivado, incluso agradecido por el comentario de que ha estado mejorando. La música es mejor terapia que lo que Emma pueda decir. Así que toca un rato el piano, se graba por si alguna melodía sale bien, se escucha mientras escribe lo que Emma le pidió. Y su cabeza, que trabaja en desorden, viaja directo hacia la mujer de los hoyuelos dulces: Sima. Se encuentra dibujándola, con el cabello despeinado, los ojos grandes, una sonrisa. Se sorprende pensando en ella y la mirada se le ilumina incluso si no se da cuenta. Deja el cuaderno para regresar a su lugar seguro: el piano. Decide cantar algo para Sima y la etiqueta en sus r************* , para callar a todos los que preguntan si están o no están. La canción es muy clara: (Aquí insertas la letra que ya colocaste.) Sima había estado pensando en Grillo. Quería escribirle, quería llamarlo… en realidad quería tenerlo cerca. Porque no habían disfrutado lo suficiente. Siempre que la dejaba, él le sostenía la punta de los dedos, pidiendo más de una forma quieta, tranquila. No se había permitido amar así: en paz, bonito, sexy, arrollador y apasionado cuando era necesario… desde que conoció a Alexi. A veces sentía que su expareja le llenó la cabeza de ideas, promesas y recuerdos del “amor más bonito”, y que cuando estaba con alguien más solo podía plantearse regresar a él, estar entre sus brazos. Pero con Grillo… desde que su relación había iniciado, no existía nadie más. Era como si estuviese viviendo de nuevo el amor, con otros ojos, de una forma plena y abrazadora. Le encantaba sentir que estarían juntos toda la vida. Esa energía magnética… no quería apartársele. Que él sacara unos minutos de su vida para hacer una declaración íntima y exacta de lo que sentían le inundó el pecho de amor. Estaba loca, pero no iba a demorarse en contestar por nada del mundo. Se emocionó al verlo cantar. Necesitó escucharlo repetidas veces para entender que sí era con ella. Porque no solía ser tan impulsiva en cuanto al amor como Grillo. Sima apostaba a lo estable, a lo puro y verdadero… y quería que él fuese eso. Ella era de relaciones largas, serias, pero muy apasionadas. A veces pensaba que estaba tan acostumbrada al ojo público, a la adoración constante de sus fans, compañeros o productores, que no podía llegar a casa y no sentirse adorada y amada. Y él le estaba devolviendo eso sin estar en la misma habitación. Eso extrañaba: tener a alguien. En Grillo lo encontró. Su alguien. Su persona. El amor de su vida. Sima: Me encantó. Suenas precioso y todo lo que dice esa letra lo siento yo también: en inglés, en francés, en español, en todos los idiomas. Sin importar que sean unos días, unas semanas apenas… siento eso. Grillo: ¿Te amo? ¿Eso sientes…? Sima: Cuando me preguntes, diré que lo escribiste primero. Grillo: Te amo. No me importa escribirlo ni decirlo. Porque nos conocemos hace quince días y no dejo de pensar en ti, no dejo de sonreír pensando en ti. Quiero oler a ti y sentirte todo el día. ¿Quieres hacer algo hoy? Sima sonrió, aliviada. Sima: Te amo. Quiero pasar el rato en casa. ¿Te apetece una cena y película? Grillo: Sí. ¿Llevo algo? Sima: Un pijama. Grillo: Aprovéchame, amo hacer la compra. Sima: ¿Qué se te antoja? Grillo: Cualquier cosa. Como de todo, todo, todo. Ella sonríe y va a preparar lo que mejor le queda: pastas al vodka con un adicional de tocino. Calienta pan con ajo en el horno y busca una receta de una bebida que su abuela solía preparar. Se anima cuando escucha que el portero le ha dado plaza a Grillo. Lo espera normal, con su ropa de andar en casa. Corre hacia él cuando lo ve. Él la besa en los labios, la toma de la cintura y se enfoca en ella. —Huele espectacular la casa. ¿Falta mucho para que esté la comida? —Quiero que me folles aquí, junto al piano, y luego… quiero que toques toda la noche para mí —responde ella, mientras le quita la camisa. Grillo la mira divertido, la besa mientras le saca la ropa. Los dos se ríen. Él va con prisa, obediente, directo a lo que la joven le ha pedido: contra el piano, luego en la silla y, finalmente, se tiran al piso agotados. Besándose y mirándose el uno al otro, en busca de seguridad y amor. Grillo le besa en el cuello. —¿En esta casa se alimenta al músico, o solo estoy aquí para tocar? —Podemos comer, si quieres —responde ella. Él asiente, le da un beso en los labios. Los dos se ponen ropa de nuevo. Sima sirve dos platos, la bebida, el pan. Grillo prueba y come complacido mientras le habla de su día. A ella le parece tan normal… algo que había visto mil veces en casa con sus padres después de un día de trabajo. Y la ilusionaba, aunque también le asustaba a partes iguales. —Sima, come, está muy bueno. No, no… no me digas que no comes carbohidratos en la noche. —Sí como… solo estoy preocupada por no arruinar esto. —No lo arruinaste. Yo siempre estoy feliz de ser recibido con mucho sexo y comida: son mis dos cosas favoritas en el mundo. Tú eres mi nueva persona favorita —responde juguetón—. También estoy feliz si me invitas solo a comer esto y ver una película, porque es tiempo contigo. —No quiero enamorarme en vano, Grillo. Si vas a dejarme, déjame ahora. —No quiero dejarlo. ¿Está bien con eso? Quiero quedarme, quiero que te quedes y quiero que funcione entre nosotros —le dice. Ella sonríe, se inclina para besarle. Grillo le da un beso rápido antes de ofrecerle una cucharada de pastas. —Xiomara, no estoy mintiéndote. Te amo. Ella sonríe, le da un beso sobre los labios y asiente. —Yo también te amo, Mauricio. Entonces él la besa, la abraza, y entiende que, si ella puede ver eso… si ella quiere ver a Mauricio, tal vez —aunque solo sean días, aunque apenas sean horas las que llevan juntos— con ella sí sea para siempre. El celular de Grillo suena. Los dos se separan ligeramente y se miran a los ojos. El sonido insiste, cortando el momento. Ella baja la mirada hacia la pantalla y lee el nombre. Tamara.
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