Aria llegó a casa y encontró a Han esperándola en la puerta. Era evidente que Selene la había llamado para avisarle que llegaría temprano. Han la recibió con un fuerte abrazo, transmitiéndole esa calidez que tanto necesitaba en días como ese. Tras el breve pero reconfortante gesto, Han se marchó, dándole el espacio que sabía que Aria valoraba para compartir tiempo a solas con sus hijos.
Apenas puso un pie dentro de la casa, cuatro pequeñas figuras corrieron hacia ella, rodeando sus piernas con abrazos que le robaron una sonrisa genuina. No sabía qué habría sido de ella sin esos cuatro pequeños. Sus hijos habían sido su mayor pilar de apoyo desde el día que nacieron; eran la razón de todo lo que hacía y quienes le daban fuerzas en sus momentos más oscuros.
—Hola, Freya, ¿cómo están? —saludó con una sonrisa amplia.
—¡Mami! ¡Te extrañamos! —exclamó Nora, con sus ojos azul brillando de emoción mientras la miraba.
—Yo también te he echado de menos —respondió Aria con ternura, apartando suavemente el cabello blanco como la nieve que caía sobre el rostro de su hija y despeinando el cabello de su hijo Aiden.
—¿Por qué estás en casa tan temprano? —preguntó Silas con curiosidad.
Aria lo miró a los ojos y sonrió.
—Porque quería pasar un rato con ustedes.
A veces sus hijos la sorprendían. Podían ser increíblemente curiosos cuando se lo proponían. Los llevó a la cocina y les ayudó a sentarse en las sillas alrededor de la mesa. Cenaron juntos, disfrutando de la calidez del momento, y después jugaron un juego de mesa. Fue entonces cuando notó que el cansancio comenzaba a vencerlos.
Los observó mientras se preparaban para irse a la cama. Sabía que les resultaba difícil cuando ella trabajaba de noche, pues no podían compartir esos momentos que tanto valoraban: cenar juntos, jugar o escuchar sus cuentos antes de dormir. Sin embargo, Aria siempre prefería trabajar cuando ellos dormían, para que al menos pudieran disfrutar del día juntos.
Arropó a cada uno de ellos, dedicándoles una sonrisa antes de comenzar a contarles un cuento. No pasó mucho tiempo antes de que el sueño los venciera, aunque Aria sabía que habían intentado permanecer despiertos todo el tiempo posible.
Una vez que sus hijos dormían profundamente, Aria se dirigió al baño. Llenó la bañera con agua caliente, necesitaba relajarse. La conversación con Selene y la noticia sobre su madre seguían pesando en su mente. Tal vez un baño largo y una copa de vino le ayudarían a aclarar sus pensamientos.
Se sirvió una copa, se sumergió en el agua y cerró los ojos. Poco a poco, los recuerdos de su infancia en el territorio de Drakwolf inundaron su mente.
Su padre, Lucian, había sido el alfa de la manada de Drakwolf. Su Luna, Clara, tenía una hija llamada Naria, su media hermana. Sin embargo, Aria había sido el resultado de una aventura que su padre tuvo fuera de su relación, y ese hecho la condenó desde el principio. Su padre jamás le habló de su madre; solo le dijo que ella había abandonado la manada la misma noche en que Aria nació y que nadie supo de ella desde entonces.
Ser la hija ilegítima del alfa había sido una carga pesada. Los demás cachorros se burlaban de ella constantemente, y la manada siempre la trató como una extraña. Pero nada se comparaba con el desprecio que recibió en su propia casa. Clara y Naira la odiaban con una intensidad que Aria no podía comprender, y su padre... él siempre se puso del lado de ellas, incluso cuando Aria necesitaba desesperadamente su apoyo.
Lo había sentido más que nunca en su decimoctavo cumpleaños, cuando Magnus, el joven que sería su alfa, eligió a Naira en lugar de a ella. Fue la última herida que la empujó a alejarse definitivamente del territorio de Drakwolf.
Escapar no había sido difícil. Su padre nunca había estado realmente para ella, así que irse solo fue el paso final para cerrar ese capítulo.
Pero durante todos esos años, había soñado con encontrar a su madre. Imaginaba lo que sería tenerla a su lado, compartir momentos simples como salir de compras, charlar sobre sus días o simplemente sentirse querida. Había prometido que algún día la encontraría para enfrentarla y obtener respuestas. Quería saber por qué la había dejado atrás, por qué la había condenado a soportar tanto dolor sola.
No había encontrado rastro alguno de ella...
Hasta ahora.
Aria salió del baño y se preparó para acostarse. Había sido un día duro y, de repente, se sentía completamente agotada. Se había despertado justo antes del amanecer, tras una noche inquieta en la que apenas logró dormir. Sus pensamientos habían estado enloquecidos, sin darle tregua.
Decidió prepararse una taza de café y se sentó junto a la ventana, contemplando la ciudad en silencio. Por más que intentaba encontrar claridad, parecía que no podía tomar una decisión sobre qué hacer. Y no solo tenía que pensar en sí misma.
Si decidía regresar a Aurum, tendría que asegurarse de encontrar un trabajo y un lugar seguro donde quedarse. Mudarse con cuatro niños pequeños no sería fácil, y debía mantenerse oculta. No quería que nadie de su pasado supiera dónde estaba ni que se enteraran de sus hijos. Desde que habían nacido, Selene y las chicas de Lunaris se habían encargado de mantener en secreto su existencia, y Aria estaba decidida a que eso no cambiara debido a sus decisiones personales.
Suspiró, sintiendo el peso de aquella incertidumbre. Esta era una de las decisiones más difíciles que había tenido que enfrentar. Había sido complicado cuando solo se trataba de ella, pero ahora, con sus hijos involucrados, todo era aún más complicado.
Terminó su café y se dirigió a su habitación para prepararse para el día. Los niños se despertarían pronto, y quería hacer algo divertido con ellos para despejar su mente. Decidió llevarlos en lancha para un recorrido por el río. Tal vez después podrían pasear por el mercado francés; a los niños les encantaban los barcos de vapor, y a las niñas les fascinaba ir de compras. Era algo que todos disfrutarían.
Cuando despertó a los niños y les contó el plan, sus rostros se iluminaron de emoción. Saltaron de la cama y se apresuraron a prepararse para el día. Después del desayuno, mientras los niños comían, Aria llamó a Selene para avisarle que iría a su turno esa noche.
—¿Estás segura de que quieres ir hoy? —preguntó Selene con evidente preocupación.
—Sí —respondió Aria con firmeza—. Pero hablaré contigo primero.
Selene dudó por un instante, pero finalmente aceptó.
El día fue agradable y lleno de momentos memorables. Los niños quedaron fascinados con el viaje en el barco de vapor, y hasta los más inquietos disfrutaron comprando algunos juguetes nuevos en el mercado francés. Las horas pasaron volando y, antes de que Aria se diera cuenta, el sol ya comenzaba a ponerse.
Cenaron en el Café Du Monde antes de regresar a casa para que ella pudiera prepararse para el trabajo. Han, la niñera que había estado con ellos desde que los cachorros nacieron, ya la esperaba en la puerta cuando llegaron.
—Hola, Han —saludó Aria, aliviada de verla.
—Hola, Aria. ¿Lista para esta noche?
—Lo intentaré —dijo con una leve sonrisa, antes de despedirse de sus hijos.
Aria llegó a restaurante y se dirigió directamente a la oficina de Selene. Al entrar, Selene la esperaba con una taza de café lista en el escritorio.
—Parece que no has dormido nada —comentó Selene, mirándola con evidente preocupación.
—Sí... —Aria dejó escapar un suspiro—. He estado despierta toda la noche intentando resolver esto y tomar una decisión.
Selene se recostó en su silla y la estudió con atención.
—¿Cuáles son tus preocupaciones? —preguntó con tono suave.
Aria tomó un sorbo de café y dejó la taza sobre la mesa.
—Quiero conocer a mi madre, pero tengo miedo de volver a Drakwolf... especialmente con los niños.
Selene asintió lentamente, inclinándose hacia adelante para apoyar los brazos sobre el escritorio.
—Veo tu punto... —murmuró con voz pensativa—. Pero estoy segura de que tomarás la decisión correcta.
Aria dejó escapar una risa amarga.
—Eso es lo que me preocupa... —confesó, con la voz temblorosa—. Ni siquiera sé cuál es la decisión correcta. ¿Llevo a mis hijos al peligro con la esperanza de encontrar a la madre que siempre he querido? ¿O renuncio a mi búsqueda y los mantengo aquí, donde están seguros?
El silencio que siguió fue denso y pesado, como si la misma incertidumbre de Aria flotara en el aire. Sabía que no habría una respuesta fácil... pero debía tomar una decisión muy pronto.