Capítulo 3

1307 Words
La luna llena iluminaba el sendero mientras Adrien y sus hombres avanzaban en silencio por el bosque. El ataque debía ser rápido y preciso, un golpe certero que les permitiría reclamar el territorio de Drakwoolf como suyo. Adrien sentía la adrenalina recorriéndole las venas mientras sus pasos se hundían en la maleza húmeda. La tierra que una vez había estado tan cerca de obtener ahora volvía a estar a su alcance. Sin embargo, justo cuando la concentración lo dominaba por completo, un sonido rasgó la quietud de la noche. Un grito, desgarrador y familiar, llegó hasta sus oídos. Adrien se detuvo en seco. Su corazón se aceleró y sus instintos se encendieron. Sabía lo que significaba aquel grito. Su compañera predestinada lo llamaba. Sin poder resistirse, sus pies se movieron solos, guiándolo hasta donde ella se encontraba. Bajo un gran árbol, la vio: con el cabello blanco como la nieve cayendo en cascada sobre sus hombros y los ojos azul intenso bañados en lágrimas. La visión de aquella mujer lo atrapó por completo. —Te deseo a ti y a nadie más —susurró ella, su voz temblorosa y seductora. Aquellas palabras despertaron algo salvaje en Adrien, un impulso que no pudo controlar. Cegado por la atracción y el deseo, la acorraló contra el árbol, sus dedos enredándose en su largo cabello. El instinto dominó la razón, y en ese momento, olvidó por completo la misión que había llevado a su manada hasta allí. Cuando finalmente logró recuperar el control, la culpa y la rabia lo invadieron. Había cedido a una tentación que le costó la batalla y el territorio que tanto había ansiado. Furioso consigo mismo, se alejó de ella y desapareció en la oscuridad del bosque, dejando atrás la oportunidad de reclamar Drakwoolf. Un golpe en la puerta sacó a Adrien de sus pensamientos. La imagen de aquella mujer seguía tan viva en su mente que apenas pudo contener la furia que lo embargó. Con un rugido frustrado, lanzó su vaso de whisky contra la pared, observando cómo el cristal estallaba en pedazos. Cuatro años habían pasado desde aquella noche, cuatro años de rencor y planificación. —¡Adelante! —gritó con fiereza. La puerta se abrió y Baku, uno de sus hombres de confianza, asomó la cabeza. —Lamento molestarlo, señor, pero las tropas están listas para partir hacia el centro de la ciudad. Adrien se levantó de su asiento y se alisó la chaqueta de cuero. —Bien, entonces no perdamos el tiempo. El grupo montó en sus vehículos todoterreno y partió hacia Aurum bajo el amparo de la oscuridad. Adrien no pronunció palabra durante el trayecto, perdido en sus pensamientos. La rabia y el resentimiento lo consumían. Aquella noche en Drakwoolf le había costado no solo la batalla, sino también la confianza de su manada. Angus y la manada de Silverwood habían reclamado el territorio tras la caída de Lucían, el antiguo alfa de Drakwoolf. Lucían había sido un líder temido y despiadado, odiado por muchos. Su muerte había sido celebrada, pero para Adrien no fue más que un recordatorio de su fracaso. —Esa victoria debió haber sido mía... —murmuró entre dientes. Si todo salía según lo planeado esta vez, Aurum pertenecería a Starfang, y su manada se convertiría en la más poderosa de Nueva Orleans. Esta vez, no habría errores. No habría distracciones. Cuando llegaron a las afueras de la ciudad, Adrien ordenó que acamparan en una granja abandonada. Angus, confiado en su dominio del territorio, rara vez patrullaba Aurum. Su atención se centraba en Uptown, dejando el resto del territorio expuesto. Adrien sabía que esta era su oportunidad perfecta para atacar sin ser detectado. —No mostraré piedad esta vez, —se prometió a sí mismo—. Le demostraré a mi manada que no soy tan débil como mi padre. La noche estaba de su lado, y Adrien estaba listo para recuperar lo que una vez perdió... sin importar el precio. Adrien se dirigió a la ciudad con un objetivo claro: necesitaba un trago fuerte y, sobre todo, debía investigar el terreno. La victoria que había perdido cinco años atrás seguía atormentándolo, y esta vez no podía permitirse cometer errores. El aire nocturno de Aurum era espeso, cargado de voces y luces que parpadeaban desde los bares y restaurantes abarrotados. Adrien eligió un restaurante con una vista amplia de la calle, un lugar perfecto para observar el movimiento de las tropas enemigas. Tomó asiento en la terraza y pidió un whisky. Mientras bebía lentamente, sus ojos se movían de un lado a otro, explorando cada rincón. Fue entonces cuando vio una figura familiar: su primo Magnus. Lo observó caminar por la calle hasta encontrarse con Naria. Juntos, desaparecieron en un club nocturno cercano. Adrien frunció el ceño. No confiaba en Magnus, pero ahora tenía asuntos más importantes que atender. Terminó su trago de un solo sorbo, intentando alejar de su mente el recuerdo de aquella fatídica noche que le costó la victoria. Con el calor del alcohol en la garganta, decidió seguir explorando la ciudad. Cuatro años habían pasado desde su última visita, y muchas cosas habían cambiado. Observó varias patrullas de los Silverwood distribuidas por distintas zonas, pero notó que sus posiciones no eran tan estratégicas como esperaba. Había demasiados espacios abiertos entre sus puntos de control, dejando múltiples rutas ocultas que Adrien y sus hombres podrían usar para desplazarse sin ser detectados. Mientras recorría las calles, también identificó algunos edificios abandonados que servirían perfectamente como puntos de vigilancia. Desde allí, podrían vigilar los movimientos del enemigo sin levantar sospechas. Satisfecho con lo que había visto, Adrien regresó a la base. Al llegar, se dirigió directamente a la sala donde Baku, su soldado de mayor confianza, estudiaba un mapa de la ciudad. —¿Encontraste algo útil? —preguntó Baku sin apartar la vista del mapa. —Las tropas están dispersas, lo que nos da mucho margen para movernos sin ser vistos —respondió Adrien, cruzándose de brazos. —¿Algo más? —Vi algunos edificios que podríamos usar para vigilancia —dijo Adrien—. Sería mejor que vayas mañana a la ciudad y veas qué podemos arreglar. Baku asintió, volviendo su atención al mapa. Adrien sabía que podía confiar en él; Baku nunca lo traicionaría ni permitiría que los soldados se desviaran del plan. Confiado en que su estrategia avanzaba bien, Adrien se dirigió a la cocina, tomó una botella de whisky y luego fue a su habitación. Necesitaba calmar su mente y descansar. Pero aunque el cansancio lo dominaba, sus pensamientos no dejaban de girar en torno a Aria y a aquella noche que lo había perseguido durante tanto tiempo. “No puedo permitir que esto me cueste otra victoria,” se dijo antes de dejar la botella en la mesa y hundirse en el colchón. El sueño lo venció rápido, pero no fue reparador. Despertó con una resaca intensa que le hizo maldecir su debilidad. —No más whisky... no hasta que esto termine. —murmuró mientras se dirigía al baño. Después de una ducha fría que lo ayudó a despejarse, decidió salir a desayunar. Necesitaba recuperar fuerzas y despejar la mente. Mientras comía, se mantuvo atento a las conversaciones a su alrededor. No pasó mucho tiempo antes de que notara a algunos de sus hombres encubiertos, repartidos estratégicamente por la ciudad. Los reconoció de inmediato: algunos ayudaban en pequeños negocios, otros conversaban con lugareños y algunos más parecían simples transeúntes. “Definitivamente fue idea de Baku,” pensó Adrien, complacido. Tener hombres infiltrados les permitiría seguir los movimientos de las tropas de los Silverwood y escuchar rumores que pudieran alertarlos de cualquier peligro. Si Angus sospechaba algo, ellos lo sabrían primero. “Esta vez,” pensó Adrien mientras terminaba su desayuno, “no habrá errores. Esta vez, Aurum será mía.”
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