5. Un nuevo rumbo

2107 Words
Eran las 5 de la mañana cuando Serena abrió sus ojos lentamente, se había quedado dormida muy tarde pensando en la decisión que tomaría sobre el rumbo de su vida en adelante y a qué se dedicaría. Después de tanto meditarlo, llegó a la conclusión de que quería obtener un título universitario en Educación Preescolar, pues, pensó que si estaba destinada a no tener hijos, entonces, preferiría estar rodeada de niños, que, de un modo u otro podría guiar en el principio de sus recorridos. Su gran determinación con respecto a su nueva decisión era tal que no le importaba lo que pudieran opinar sus padres, sabiendo que no sería fácil al momento de comunicárselos porque no les agradaría la idea. Serena alcanzó el auricular del teléfono sobre la mesa de noche junto a su cama, e inmediatamente le marcó a Emma. Su amiga demoró en contestar por la hora tan temprana. —Diga... —respondió entre bostezos quejumbrosos. —¡Em.! Buenos días... Emma se sobresaltó al caer en cuenta de que se trataba de Serena. —¡Serena! ¿Te pasó algo? ¿Qué sucede? ¿En dónde estás? —No, no... No te preocupes, estoy perfectamente, en mi cama ahora. —¡Dios Santo! ¡Me asustaste! ¿Sabes qué hora es? —Lo siento, sé que son las 5 de la mañana... —rio apenada—. Es solo que necesito que me envíes toda la información para inscribirse en Educación, en la misma universidad donde empezarás pronto. Quisiera ingresar también. Emma pegó un grito del otro lado de la bocina que hizo a Serena alejar un poco el auricular de su oído. —¡Estudiaremos juntas! ¡Que emoción! Bueno, no juntas juntas, pero de seguro, si la mayoría de las cátedras —hizo una pausa por un instante—. Un momento, ¿y ese cambio tan repentino? Eres muy buena para los números, te has estado preparando desde muy chica para relevar al señor Aquiles. —Sabes que ya no soy la misma, Em., luego te cuento a detalle. —Está bien, cualquiera que sea tu decisión, te estaré apoyando —pegó otro grito de celebración—. ¡Estudiaremos juntas! El entusiasmo que Emma le transmitió a Serena, la llenó tanto de valor como para hablarle a sus padres esa misma mañana sobre su decisión recién tomada. Ella se quedó por un rato más recostada en su cama con la mirada fija en un punto en el techo, mientras escogía las palabras adecuadas para informarles al respecto, también, pasaba por su mente los posibles escenarios de las reacciones de Aquiles y Hannah. Una vez que Serena dejó todo claro en su cabeza, se dispuso a arreglarse. Era muy temprano, por lo que no había nadie que le ayudara a bajar de la cama, en su aseo personal o a vestirse, lo cual no le molestó, al contrario, le dio una gran oportunidad para probar su capacidad para hacer todas esas cosas básicas ella sola. Serena no tenía la intención de depender de alguien. Su silla de ruedas estaba pegada a la cama, así que, como pudo se arrastró por ella. Después de un gran esfuerzo logró sentarse en el borde, con su mano haló y pegó aún más su vehículo individual. Una vez que consideró que estaba listo para ella, soltó una bocana de aire y se lanzó, su caída en la silla de ruedas fue exitosa. Seguidamente, se dirigió a su closet, escogió la ropa que iba a vestir y se metió en el tocador. Ese espacio estaba acondicionado para Serena, en la ducha había una silla para discapacitados, por lo que solo tenía que moverse de un asiento a otro, parecía ser fácil pero para ella representaba todo un reto; sin embargo, supuso que con la práctica sería más sencillo. Entre quitarse el pijama, moverse, ducharse, secar su cuerpo, volver a vestirse y salir del tocador, Serena demoró más de una hora, pero esto la hizo sentir triunfante. La satisfacción de haber hecho todo por sí misma no tenía precio. A las 7 de la mañana, cuando entró el personal encargado de todo el proceso para levantarla, asearla y vestirla, se encontró con que ella ya estaba en su silla, perfectamente arreglada y leyendo un libro. ... Serena desayunaba a solas con Aquiles, Hannah se había quedado dormida; agradecía que fuera así. Consideraba que muchas veces él era más comprensivo y consentidor que su madre. Aquiles leía las noticias en el periódico y Serena se aclaró la garganta para llamar su atención. —Papá... —habló con timidez. —Dime princesa... —inmediatamente, hizo a un lado el periódico y puso su completo interés en ella. —Hmmmm, ¿tienes que hacer algo ahorita? —Empieza con rodeos. Él miró su reloj. —En media hora viene Magnus Scott a reunirse conmigo. ¿Por qué? —¿Quién? —preguntó extrañada, como si hubiera escuchado mal. Esto le generó suspicacia. —Magnus, el hijo de Damián Scott. Viene a tratar unos asuntos muy importantes conmigo. ¿Lo conoces? —¡Aaah...! —dijo distraída— No, no lo conozco... —Podrías aprovechar la oportunidad de conocerlo, son casi de la misma edad. —Emmm, no, gracias, papá. No me parece necesario —contestó segura, recordando el tipo de persona que era. Lo que menos deseaba era toparse con alguien tan petulante tan temprano. —Está bien, como gustes... ¿Por qué me preguntabas qué tenía qué hacer? —¡Oh! Es que quiero hablar contigo de algo importante. Iba a esperar hasta después de desayunar, pero como tienes un compromiso, mejor lo hago ahora. —Okey princesa, soy todo oídos —se interesó más, ahora sorbiendo un poco de su cargado café. Serena se empezó a mostrar un poco nerviosa. —Verás... es que... el punto es... —Aquiles levantó una ceja—. Papá, quiero estudiar Educación Preescolar. Sabes que toda mi vida ha cambiado drásticamente en los últimos meses, veo las cosas de manera diferente y es a eso a lo que me gustaría dedicarme. Las facciones de Aquiles pasaron de ser serenas a unas endurecidas, llevándose luego la mano al mentón para quedarse pensativo. —Explícame, Serena... ¿Cómo se supone que vas a atender y a enseñarle a niños estando en una silla de ruedas? —soltó fríamente de imprevisto después de unos prolongados segundos. Serena se quedó congelada, con sus ojos fijos en él, enrojeciéndose al punto de volverse acuosos, sintió cómo su corazón se agrietó. Veía que no importaba cuánto se esforzara, sus padres no se convencían de su superación. —Repito, por millonésima vez: yo voy a caminar, papá —aseveró con dientes apretados y una mezcla de dolor y rabia—. Cuando haya terminado la carrera yo ya estaré caminando, aunque tu y mamá se nieguen a creerlo, y ejerceré mi profesión como cualquier otra persona. Aquiles se conmovió, pero pensó que debía ser más duro con este asunto, no quería que Serena se llenara de falsas esperanzas. —Entiende una cosa Serena, no podrás caminar, quizás puedas mover un poco las piernas, pero no caminar; los mejores médicos lo han dicho varias veces. No te hagas ilusiones con esto —Pudo ver cómo las lágrimas de su hija bañaban su rostro, así que se compadeció un poco—. Okey, supongamos que milagrosamente llegaras a hacerlo, tú ya tienes una obligación y es hacerte cargo de NovaTech. —No, no lo haré... Me dedicaré a enseñarle a los niños —objetó firme—. ¿Recuerdas mi otro diagnóstico? ¿El de no poder tener hijos? Pues, ese sí me atrevo a creerlo. Quiero estar rodeada de niños, no de empresarios avariciosos; quiero enseñarles algo, guiar a esos pequeños, aunque sea por poco tiempo. Es otra de las cosas que ahora más deseo. Y, ni tú ni mamá me lo impedirán. Dicho eso, Serena se alejó del comedor tan de prisa como pudo, triste, aun con lágrimas en sus ojos, la actitud de sus padres rompía su corazón. Aquiles se quedó solo y en silencio en la mesa, apenado, afligido, después de que su hija le confesó sus razones. De algún modo Serena les estaba dando lecciones de valor, firmeza y Fé. ... Serena se retiró al jardín, necesitaba tomar aire fresco y estar alejada de las tensiones que se generaron en el interior de la casa, sollozó por un rato, no podía evitarlo, tenía una mezcla de decepción, rabia y tristeza; sin embargo, esto no la haría flaquear, al contrario, la hacía desear alcanzar sus objetivos con más fervor. Estaba dispuesta a demostrarle a todos los que no creyeron en ella cuán equivocados estaban. Gran parte de la mañana Serena estuvo en el exterior, perdida en sus pensamientos o leyendo un libro. —¡Serena! Buenos días… Ella sacó sus ojos del libro y vio a Erick caminando hacia ella. —¡Erick! ¿Cómo estás? Llegaste temprano… —su presencia la animó un poco. Él la saludó con un beso en la mejilla. —El paciente que visito antes que a ti, me canceló. Así que quise venir a verte más temprano. —¡Genial! Me alegra que estés aquí… Él analizó el rostro de Serena, todavía estaba enrojecido por el rato que pasó llorando. —¿Sucedió algo? ¿Estabas llorando? Ella negó con la cabeza bajando su mirada, pero aún estaba sensible y sus ojos se nublaron, dejándola en evidencia. —No importa… —musitó. Erick se puso de cuclillas y la envolvió con sus brazos. —Oh, vamos querida, claro que importa, a mi me importa. Serena solo lloró sin decir nada, con su cabeza hundida en el amplio pecho de su nuevo amigo y fisioterapeuta, mientras él la arrullaba. Erick no la presionó, dejó que se desahogara entre sus fuertes brazos. Él era un moreno alto y con el cuerpo definido, parecía más a un guardaespaldas o luchador que a un fisioterapeuta, por lo que ella se veía pequeña e indefensa en su resguardo. —Si papá, ya salí de la reunión con Williams… —se escuchó una voz masculina. Alguien estaba cerca de los jardines laterales de la casa hablando por teléfono, esto hizo que Erick y Serena levantaran sus rostros y buscaran con la mirada la voz. Los jardines y el frente de la mansión estaban divididos por un muro de arbustos de 1.20 metros de alto aproximadamente, los amigos se hallaban detrás de ese muro, por lo que la conversación se escuchaba con claridad sin divisar todavía al dueño de la voz, aunque ya Serena suponía de quién se trataba. Erick estiró el cuello y logró observar por encima de los arbustos, mostrándose algo curioso por el sujeto. —¡Agáchate Erick! —sugirió Serena en susurros, halándolo por el brazo para que bajara. Quería escuchar más sobre lo que hablaba sin ser vista, esa reunión no le inspiraba confianza. —¿Lo conoces? ¡Está guapísimo! —exclamó impresionado. Serena se llevó el índice a la boca para indicarle que hiciera silencio. —Si, todo salió perfectamente, Aquiles creyó en mi, o eso me pareció —continuó hablando—. No, no conocí a la inválida amargada, supongo que en algún momento lo tendré que hacer y debo fingir mi gusto delante de sus padres… ¡Ash! No empieces con tu moralidad... —habló con fastidio. Erick y Serena abrieron sus ojos desmesuradamente y ella se tapó la boca, consternada. —¡Pero qué imbécil! Es obvio que no te conoce. —susurró Erick—. Ya verá el muy hijo de perra. Molesto, Erick quiso ponerse de pie para enfrentarse a Magnus, pero Serena tomó su brazo e impidió que lo hiciera. —¡No! Déjalo así… —ella le pidió—. No importa. Poco a poco la conversación se fue escuchando menos porque Magnus se iba alejando para subirse en su auto. —Muy bien, ¿Qué mierda le pasa a ese tipo? ¿Por qué se expresa así de ti? —Erick cuestionó colérico, girándose sobre sus pies en cuclillas para mirar a Serena. —Tampoco comprendo… solo lo he visto en un par de ocasiones, pero no nos conocemos. Nunca hemos hablado. —Si te conociera, no hablaría así de ti. Lo que tiene de atractivo, lo tiene de imbécil. —Dios me libre, no quiero conocerlo, espero nunca toparme con él. Para nada me agrada… —No te culpo… Aquella reunión y esa conversación dejaron a Serena aún más intrigada. No estaba entendiendo lo que sucedía, pero tenía un mal presentimiento.
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