Pasaban las 4 de la tarde cuando Serena, Magnus y Bastian llegaron a un majestuoso hotel a orillas de la playa. Desde el estacionamiento, se podía apreciar la extensa costa de arena blanca en sincronía con el agua cristalina de un intenso azul. El sol radiante que se reflejaba en la superficie hacía que se vislumbraran algunos destellos sobre el ligero oleaje. Fue un viaje de algunas horas que se hizo bastante corto para Magnus con la presencia de Serena. Él apreció a una mujer que, además de tener un buen ánimo, también disponía de un sorprendente repertorio de ideas que hizo del largo recorrido uno más entretenido; teniendo en cuenta que, normalmente, cuando él y Bastian viajaban solos, predominaba el silencio por eternos ratos, pues, el pequeño dormía la mayor parte del tiempo o sino,

