CAPÍTULO OCHO Destrancó la puerta de la habitación olvidada de su casa y, de repente, se acordó de una vieja historia. En su lecho de muerte, Johann Sebastian Bach pidió a un organista que tocara una de sus sinfonías. El organista se detuvo antes de terminar la pieza, así que Bach saltó de su cama, corrió a su piano y la terminó. Bach no podía vivir con una melodía inacabada, y él tampoco. Por eso tenía que hacer lo que estaba haciendo. Su habitación olvidada llevaba mucho tiempo sin ser tocada. El polvo y las telas de araña se extendían por las paredes como un papel pintado despegado y había un olor inconfundible que le recordaba al propio anciano. Sentía como si todavía hubiera una parte de él allí, que observaba desde entre las tablas, dispuesto a aparecer como un fantasma y reprender

