Capítulo 1
AMELIA
Estaba en mi habitación, caminando de un lado a otro, incapaz de calmarme. Hoy era el día. Damián vendría a pedir mi mano oficialmente, tal como había prometido cuando éramos niños.
Desde pequeña, siempre había sentido algo especial por él. Era mi primer amor, mi crush de la infancia. Incluso después de tantos años, esos sentimientos seguían intactos. Y ahora, con 22 años recién cumplidos, aquel sueño que había alimentado durante tanto tiempo estaba a punto de volverse realidad.
"Te prometo que, aunque me vaya, regresaré cuando cumpla 22 años y nos casaremos."
Esas palabras, pronunciadas con la seriedad de un niño que apenas comenzaba a descubrir el mundo, habían quedado grabadas en mi memoria. Y él había cumplido su promesa: hoy vendría a pedirme que fuera su esposa.
Mis padres estaban encantados con la idea. Damián era un hombre admirable, y aunque se había marchado a la gran ciudad cuando era niño, nunca se olvidó de nuestro pequeño pueblo. Siempre volvía para hacer donaciones, ayudar con proyectos comunitarios y visitar a quienes lo conocían desde pequeño.
Mi madre entró en la habitación justo cuando daba una vuelta más por la alfombra, nerviosa.
—Estoy que no puedo con esto —confesé, sintiéndome incapaz de mantener las manos quietas.
—Es normal. El día que tu padre me pidió que nos comprometiéramos, hasta vomité de los nervios. —Su tono ligero me hizo reír y, por un momento, el peso en mi pecho se aligeró.
Pasamos el resto de la tarde entre risas y conversaciones para distraerme, pero la ansiedad no desapareció del todo. Finalmente, mi madre dijo:
—Vamos, Amelia. Es hora de bajar. Damián ya está aquí.
Me acompañó hasta el pasillo, y mi corazón se aceleró al ver a mi padre y a Damián en la sala. Estaban sentados en el sofá, conversando animadamente. Desde las escaleras, podía ver a Damián luciendo tan guapo como siempre. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, y sus ojos azules brillaban con una intensidad que hacía que mi corazón latiera aún más rápido.
Descendí los escalones con las manos temblorosas. A medida que me acercaba, sentía que cada mirada, cada palabra intercambiada, me envolvía en una mezcla de nerviosismo y emoción. Mi padre se giró al verme, dedicándome una sonrisa cálida, pero mis ojos estaban fijos en Damián.
Cuando llegué a su lado, Damián se levantó con una elegancia que me dejó sin aliento. Sacó algo de su chaqueta, una pequeña caja negra, y la abrió con cuidado. Dentro, había un anillo con una piedra que parecía capturar la luz como un fragmento de estrella.
—Hoy estoy aquí cumpliendo la promesa que te hice cuando éramos niños —dijo, mirándome directamente a los ojos.
Mis ojos iban del anillo a su rostro y luego a mis padres, buscando algo que me anclara a la realidad. Damián debió notarlo porque, con una suave sonrisa, se inclinó un poco hacia mí.
—No los mires a ellos, Amelia. Mírame a mí. Elige esto porque lo deseas, no porque alguien más te lo diga.
Mis ojos se encontraron con los suyos, azules como un cielo despejado, y en ese momento supe que no había nada más que quisiera en el mundo.
—Acepto casarme contigo, Damián —respondí con emoción, sintiéndome como una niña otra vez, completamente enamorada de él.
La sonrisa que se extendió por su rostro era tan genuina que me hizo olvidar el nerviosismo. Tomó mi mano con delicadeza, deslizándome el anillo en el dedo, y luego besó mi mano con suavidad. En ese instante, sentí cómo mi cuerpo finalmente comenzaba a relajarse.
Mi padre carraspeó, recordándonos que no estábamos solos.
—Bueno, ahora que eso está decidido, hablemos de lo que sigue. —Todos nos giramos hacia él, atentos.
—Como dicta la tradición, tendrán tres meses para convivir antes del matrimonio. Pero, dado que Damián no puede quedarse aquí por tanto tiempo, Amelia irá con él a la gran ciudad.
Lo miré sorprendida. ¿Yo, en la gran ciudad? ¿Tres meses viviendo con Damián?
—¿Cuándo partiremos? —preguntó Damián con tranquilidad.
—Después del cumpleaños de Amelia. Pueden partir mañana al mediodía. Quiero que ella pase el resto del día aquí, celebrando con nosotros.
Damián asintió y luego se inclinó hacia mí, susurrándome al oído para que solo yo pudiera escucharlo.
—Por cierto, feliz cumpleaños. Te prometo que te daré el mejor regalo cuando estemos en la gran ciudad.
Sus palabras, llenas de misterio y promesa, me hicieron sonreír, aunque mi mente no dejaba de girar en torno a lo que significaría esta nueva etapa juntos.