AMELIA
El día pasó como en un suspiro. Entre los invitados, los preparativos de último minuto y las atenciones de mis padres, apenas tuve tiempo para asimilar lo que había sucedido. Cada vez que miraba el anillo en mi dedo, un extraño calor me recorría el cuerpo. Era real. Damián había cumplido su promesa.
Sin embargo, cuando la noche cayó y la casa quedó en silencio, la emoción dio paso a un nerviosismo que no podía controlar. Me senté en la cama, observando el anillo bajo la luz tenue de la lámpara. Mi corazón estaba dividido entre el entusiasmo y una sensación inexplicable de inquietud.
Entonces, oí el suave chirrido de la puerta al abrirse. Mi cabeza se levantó de golpe, y allí estaba Damián, cruzando el umbral de mi habitación con la confianza que siempre lo había caracterizado. Cerró la puerta tras de sí, y su presencia llenó el espacio de inmediato.
—¿Damián? —pregunté, sorprendida—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Vine a verte —respondió, con una sonrisa suave, pero algo en su tono me hizo sentir como si hubiera algo más detrás de sus palabras.
Me levanté de la cama de inmediato, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—No puedes estar aquí —dije, cruzándome de brazos como si eso pudiera poner distancia entre nosotros—. No es apropiado.
Damián dio un paso hacia mí, y luego otro, hasta que apenas unos centímetros nos separaban. La intensidad en sus ojos azules me dejó sin aliento.
—Amelia, es normal. Ya pronto serás mi esposa.
Su voz era baja, casi un susurro, pero había algo en ella que me hacía sentir vulnerable y expuesta. Mi reacción fue llamar a esa barrera invisible de formalidad que me había enseñado mi madre.
—Por favor, señor, le pido que salga.
Vi cómo su expresión cambió. Sus ojos, antes suaves, se oscurecieron, como si hubiera dicho algo que no debía. Su mirada descendió lentamente hasta mis labios, y sentí el aire volverse más pesado.
—No me llames "señor" —dijo, su voz más grave que antes.
Mi confusión se mezcló con la creciente tensión que llenaba el cuarto.
—¿Por qué no? —pregunté, obligándome a sostener su mirada, aunque mis piernas temblaban.
Damián alzó una ceja, y la sombra de una sonrisa peligrosa cruzó su rostro.
—Porque soy tu esposo, Amelia —respondió, inclinándose un poco hacia mí. Su proximidad hizo que mi respiración se acelerara—. Y esa palabra tiene un significado muy diferente en mi mundo.
Mi mundo. Esas dos palabras resonaron en mi mente como un eco, cargadas de algo que no lograba descifrar. Intenté apartar la vista, pero su presencia era como un imán, manteniéndome atrapada en su mirada.
—¿Qué quieres decir con eso? —murmuré, sintiéndome atrapada entre la curiosidad y el desconcierto.
Él no respondió de inmediato. En cambio, levantó una mano y la llevó hasta mi rostro, rozando mi mejilla con la punta de los dedos. Su toque era cálido, casi reverente, y mi piel reaccionó con un leve estremecimiento.
—Lo entenderás cuando lleguemos a la ciudad —susurró, su tono cargado de promesas que no podía entender del todo—. Por ahora, solo confía en mí.
Asentí sin darme cuenta, como si mi cuerpo hubiera decidido responder por mí. Su mirada se suavizó entonces, y volvió a ser el Damián que conocía desde niña, el que me hacía sentir segura y protegida.
Se apartó lentamente, caminando hacia la puerta.
—Buenas noches, Amelia —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Me quedé allí, con el corazón latiendo desbocado y una pregunta ardiendo en mi mente: ¿qué quiso decir con su mundo?