Capítulo 3

613 Words
AMELIA El amanecer llegó más rápido de lo que esperaba, trayendo consigo la inevitable despedida. La casa estaba llena de un aire solemne mientras abrazaba a mis padres en la entrada, sintiendo cómo la emoción se atoraba en mi garganta. —Cuídala bien, Damián —le dijo mi padre, estrechándole la mano con firmeza. —Con mi vida, señor —respondió él, con esa voz segura que siempre lograba tranquilizar a todos a su alrededor. Cuando llegó el momento de partir, apenas pude contener las lágrimas. Mi madre me abrazó una última vez, susurrándome palabras de aliento, mientras mi padre me daba una palmada en la espalda, como si quisiera transmitir fuerza. —Nos vemos pronto —dije con un nudo en la garganta, aunque no sabía si "pronto" sería suficiente para calmar la nostalgia que ya sentía. Me subí al auto junto a Damián, quien tomó el volante con una naturalidad que contrastaba con mi nerviosismo. A medida que el pueblo quedaba atrás, el paisaje familiar fue dando paso a extensos campos y, más adelante, a las primeras señales de la gran ciudad. —¿Estás bien? —me preguntó Damián, sus ojos azules lanzándome una mirada fugaz mientras conducía. —Sí, solo... creo que todavía estoy procesando todo esto —admití, jugueteando con el anillo en mi dedo. —Si necesitas algo, solo dime —dijo con suavidad. Lo miré por un momento, considerando sus palabras. —Bueno, creo que un poco de agua me vendría bien. Sin decir nada más, Damián giró el auto hacia el estacionamiento de un pequeño supermercado. —Espera aquí. No tardaré —me indicó antes de bajarse. Desde mi asiento, lo observé caminar hacia la entrada con esa postura relajada pero segura que parecía atraer las miradas. No pasó mucho tiempo antes de que lo vi interactuar con una mujer que parecía trabajar allí. Ella lo llamó "señor", y Damián le respondió con total normalidad, incluso sonriéndole ligeramente. Cuando regresó con una botella de agua y algunos bocadillos, le agradecí y tomé un sorbo, pero no pude evitar preguntarle algo que me rondaba la cabeza desde la noche anterior. —Damián, tengo una pregunta. —¿Qué sucede? —dijo, encendiendo el motor nuevamente. —Ayer, cuando te llamé "señor", reaccionaste como si fuera algo... malo. Pero esa mujer te llamó "señor" y no dijiste nada. Incluso parecías cómodo. Su expresión cambió ligeramente, aunque mantuvo la vista fija en la carretera. Hubo un silencio breve pero tenso antes de que respondiera. —Es diferente, Amelia. —¿Diferente cómo? —insistí, girándome un poco hacia él. Su mandíbula se tensó, y por un momento pensé que no iba a responderme. Finalmente, suspiró, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. —Cuando ella me llama "señor", es solo una formalidad. Un hábito de la gente al dirigirse a alguien que consideran importante. Pero cuando tú lo dices... Hizo una pausa, y su mirada se desvió hacia mí por un instante antes de volver a la carretera. —Cuando tú lo dices, tiene un peso distinto. Una cercanía que no comparto con nadie más. Y en mi mundo, como te dije, esa palabra tiene un significado que no puedo tomármela a la ligera viniendo de ti. Sus palabras despertaron más preguntas que respuestas, pero su tono dejaba claro que no estaba dispuesto a explicarlo del todo, al menos no todavía. Decidí no insistir, aunque la curiosidad seguía latente. Miré por la ventana mientras la gran ciudad se hacía más evidente a nuestro alrededor. Me pregunté qué secretos podía guardar Damián en ese "mundo" del que hablaba. Y, más importante, qué significaba para mí ser parte de él.
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