AMELIA
La cena terminó con una tranquilidad que me hizo sentir extrañamente cómoda. Damián había sido amable y atento durante toda la velada, incluso dejando que tomara la delantera en la cocina. Sin embargo, aún no podía quitarme la sensación de que había algo más detrás de esa fachada serena.
—¿Te gustaría que te enseñe la mansión antes de que te vayas a dormir? —me preguntó mientras recogíamos los platos.
—Claro, me encantaría.
Damián me guió por los pasillos de la mansión, mostrándome habitaciones impresionantes: una biblioteca con estanterías que llegaban al techo, una sala de música con un piano de cola, y un salón con ventanales que ofrecían una vista impresionante del jardín iluminado por pequeñas luces. Todo era como un sueño, demasiado perfecto, demasiado hermoso.
Mientras recorríamos la casa, mis ojos se detuvieron en una puerta cerrada al final de un pasillo. Era la única que Damián no mencionó ni abrió.
—¿Y esa puerta? —pregunté, dando unos pasos hacia ella.
—No es importante —respondió rápidamente, su tono mucho más firme de lo habitual.
Fruncí el ceño, mi curiosidad despertándose al instante.
—¿Qué hay en esa habitación? —insistí, girándome para mirarlo.
Vi algo que no había visto antes: nerviosismo. Damián, siempre tan seguro de sí mismo, parecía incómodo.
—Solo cosas que ya no uso. Es un desastre, te lo aseguro —dijo, intentando sonreír para desviar mi atención.
—Oh... entiendo —murmuré, aunque no estaba del todo convencida.
Él no me dio tiempo para insistir más. Se giró y comenzó a caminar de regreso por el pasillo, guiándome hacia mi habitación. Lo seguí, aunque mi mente seguía pensando en aquella puerta.
Cuando llegamos a la entrada de mi cuarto, nos detuvimos. Había algo en el aire, una tensión que no podía explicar. Me quedé mirándolo, notando la forma en que su presencia llenaba el espacio. Sin pensar demasiado, di un paso hacia él, acercándome lo suficiente para sentir su calor.
—¿Qué haces? —preguntó, su voz baja, pero con un tono que mezclaba sorpresa y algo más profundo.
—Besándote... —respondí, sintiendo cómo mi rostro se encendía de vergüenza—. Leí que es normal cuando dos personas están comprometidas.
Damián se quedó en silencio por un momento, y luego una sonrisa suave apareció en su rostro.
—No lo hagas porque lo leíste —dijo, con una calma que no esperaba—. Hazlo porque lo deseas.
Sentí que mi corazón latía con fuerza, pero no sabía qué decir. Retrocedí un poco, asintiendo con la cabeza.
—Entiendo, señor. Prometo hacerlo cuando esté lista.
Su expresión cambió de inmediato. Sus ojos brillaron, pero no con dulzura; había algo oscuro en ellos, algo que hizo que el aire a mi alrededor pareciera más denso.
—¿Qué te dije sobre llamarme "señor"? —dijo, con un tono bajo pero firme.
—Lo siento —murmuré, sintiéndome confundida por su reacción.
Damián apartó la mirada, pasándose una mano por el cabello, como si intentara calmarse.
—Maldición... tu sumisión hará que esto sea más difícil —dijo en un susurro, más para sí mismo que para mí.
No entendí a qué se refería, pero antes de que pudiera preguntarle, él se alejó unos pasos.
—Duerme bien, Amelia. Mañana te enseñaré algunas cosas de la ciudad —dijo con un tono más neutral, aunque su mirada todavía parecía cargada de algo que no podía identificar.
Me quedé en la puerta, observándolo desaparecer por el pasillo. Cerré la puerta detrás de mí, pero mi mente seguía dándole vueltas a todo lo que había sucedido. ¿Por qué aquella puerta estaba cerrada? ¿Por qué reaccionaba de manera tan intensa cuando lo llamaba "señor"?
Me recosté en la cama, mirando el techo, pero el sueño no llegaba. Había algo en esta casa, en él, que todavía no lograba descifrar. Y no podía quitarme la sensación de que, muy pronto, descubriría algo que cambiaría todo.