AMELIA
Me desperté temprano, más de lo que acostumbraba. Había algo en el ambiente de la mansión que me hacía sentir inquieta, como si el lugar guardara secretos esperando a ser descubiertos. Después de un momento en la cama, decidí que no podía quedarme allí sin hacer nada.
Me levanté, me cepillé los dientes y me di una ducha rápida. Mientras me vestía, una idea cruzó por mi mente: preparar un desayuno. Quizás sería una buena manera de agradecerle a Damián por todo lo que estaba haciendo por mí, aunque todavía no entendiera completamente su mundo.
Fui a la cocina, un lugar que ya empezaba a sentir como mío, y preparé un chocolate caliente con un toque especial: la receta que mi madre me había enseñado. Le añadí un par de tostadas con mermelada y algo de fruta, cuidando cada detalle. Satisfecha con el resultado, coloqué todo en una bandeja y decidí llevárselo a su habitación.
La puerta de su cuarto estaba entreabierta, y me asomé con cuidado. Damián seguía durmiendo, su cabello oscuro algo revuelto contra las almohadas. Se veía diferente así, relajado, casi vulnerable. Entré con pasos ligeros, dejando la bandeja sobre la mesita de noche antes de acercarme a él.
—Damián, despierta —dije en voz baja, tocando su brazo suavemente.
Lo sentí moverse un poco, pero no se despertó del todo.
—Damián —repetí, moviéndolo con más insistencia. Esta vez abrió los ojos lentamente, y antes de que pudiera reaccionar, me jaló hacia él con un movimiento rápido, casi instintivo.
—¿Qué pasa? —preguntó, su voz ronca y aún cargada de sueño.
—Te hice desayuno —respondí, algo avergonzada por estar tan cerca de él.
Damián frunció el ceño y miró hacia la ventana, donde los primeros rayos de luz apenas iluminaban la habitación.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las siete —dije, intentando no reír ante su expresión de incredulidad.
—Amelia, todavía es muy temprano. Duermo casi hasta el mediodía.
—Lo siento mucho —murmuré, sintiéndome algo culpable.
Damián suspiró y se incorporó, sentándose en la cama. Su cabello estaba aún desordenado, y sus ojos azules me miraron con una mezcla de cansancio y curiosidad. Luego, tomó la taza de chocolate y le dio un sorbo.
Sus cejas se alzaron al instante, y una sonrisa genuina apareció en su rostro.
—Maldición, esto está buenísimo. Te aseguro que es el mejor chocolate que he probado en mi vida.
No pude evitar sonreír ante su reacción.
—Es una receta de mi madre. Tiene algunos secretos que no revelaré.
Damián rió suavemente, un sonido que parecía llenar la habitación de calidez.
—Si me vas a despertar a estas horas, que sea siempre con algo tan bueno como esto.
Me quedé allí, observándolo mientras tomaba el chocolate con satisfacción. Por un momento, todo se sintió sencillo y natural, como si no hubiera secretos ni barreras entre nosotros. Pero aún sentía que había algo detrás de esos ojos azules que me miraban, algo que todavía no estaba lista para descubrir.