AMELIA
Las horas pasaron rápidamente mientras Damián me enseñaba la ciudad. Era todo lo que siempre había imaginado y más: rascacielos que parecían tocar el cielo, calles llenas de vida, escaparates brillantes y una energía vibrante que se sentía en cada rincón.
—¿Te gusta? —preguntó Damián mientras caminábamos por una de las avenidas más elegantes.
—Es impresionante —respondí, maravillada—. Nunca había visto algo así.
Sonrió con satisfacción antes de señalar una tienda que parecía sacada de una revista de lujo. Sus enormes ventanales mostraban vestidos elegantes y prendas que seguramente costaban más de lo que yo ganaría en toda una vida.
—Vamos a entrar —dijo, tomándome suavemente del brazo.
—¿Entrar? Pero... ¿por qué? Mi ropa está bien —protesté, sintiéndome un poco cohibida.
Damián se detuvo un momento para mirarme, y la intensidad en sus ojos hizo que mi argumento pareciera insignificante.
—Claro que lo está, cariño. Pero digamos que no encaja del todo con el estilo de la gran ciudad. Además —añadió con una sonrisa traviesa—, mis amigos vendrán esta noche a conocerte.
—¿Tus amigos? —pregunté, sorprendida.
—Sí, y quiero que luzcas perfecta. Aunque ya lo eres, un poco de ayuda nunca está de más.
Antes de que pudiera responder, Damián llamó a una asistente, una mujer elegante que apareció casi al instante.
—Quiero ropa que sea adecuada para ella. Algo sofisticado, pero también... —hizo una pausa, mirándome de arriba abajo con una sonrisa que me hizo sonrojar— ...que la haga destacar.
La asistente asintió con profesionalidad, y en cuestión de minutos, me vi rodeada de prendas de todo tipo. Vestidos, blusas, pantalones, zapatos... Todo parecía deslumbrante y fuera de mi alcance.
Comencé a probarme ropa mientras Damián observaba desde un sillón cercano, su mirada evaluadora y, a veces, divertida.
—Esta es preciosa —dijo cuando salí con un vestido n***o ceñido que se ajustaba perfectamente a mi figura.
—¿No es demasiado...? —empecé a decir, pero él negó con la cabeza.
—Es perfecto.
Algunas prendas me encantaban, otras no me convencían, pero Damián parecía disfrutar del proceso. Finalmente, cuando creí que habíamos terminado, la asistente comenzó a empacar todo, y Damián se acercó al mostrador para pagar.
—Espera... Damián, esto es demasiado —protesté, viendo cómo la pila de bolsas crecía—. No puedes gastar tanto dinero en mí.
Él giró hacia mí, con una expresión tranquila pero firme.
—Amelia, esto no es nada.
—Pero...
—Escúchame —me interrumpió, acercándose lo suficiente para que su voz bajara solo para que yo pudiera oírla—. Quiero que tengas todo lo mejor. Eres mi esposa, y eso significa que mereces lo mejor.
Sus palabras me dejaron sin aliento. Había algo en su tono que no aceptaba discusión, pero también en su mirada, una mezcla de orgullo y... ¿posesividad?
No insistí más. Dejé que pagara todo, aunque en el fondo todavía me sentía abrumada. Mientras caminábamos de regreso al auto con las bolsas, no podía evitar preguntarme si algún día me acostumbraría a este mundo de lujos que parecía ser tan natural para él.
Esa noche, conocería a sus amigos. Pero mientras más tiempo pasaba con Damián, más me daba cuenta de que, aunque tratara de entenderlo, aún había partes de él que seguían siendo un misterio para mí.