DAMIÁN
Estaba en el salón principal con mis amigos, Adrián y Leonardo, mis socios más cercanos y, en cierto modo, parte de mi familia extendida. Ambos estaban acompañados de sus esposas: Lucía, una mujer de lengua afilada y mirada peligrosa que era la pareja perfecta para Adrián, y Claire, siempre elegante y amable, completamente en sintonía con el carácter más reservado de Leonardo.
Lucía y Claire se habían adelantado para ayudar a Amelia a prepararse, y ahora estábamos todos esperando su entrada. Adrián, como siempre, se recostaba en el sillón con una copa en la mano y una sonrisa traviesa en los labios.
—¿Y bien, Damián? ¿Cuándo podremos ver a tu misteriosa prometida? —preguntó Adrián, con ese tono burlón que siempre usaba para picarme.
Leonardo, por otro lado, era más reservado, aunque su mirada estaba llena de curiosidad.
—Paciencia, Adrián. No todo tiene que ser inmediato —respondí, dándole un sorbo a mi copa.
Pero justo cuando estaba a punto de agregar algo más, Amelia apareció en la entrada, y cualquier comentario quedó en el aire.
El vestido rojo que llevaba resaltaba cada curva de su figura, y aunque sabía que ella no estaba completamente cómoda con él, había insistido en que lo usara. El resultado fue aún más impresionante de lo que esperaba. Incluso Lucía, siempre tan crítica, esbozó una pequeña sonrisa de aprobación desde su asiento.
—Ven aquí, Amelia. Quiero presentarte a mis amigos —dije, levantándome para recibirla.
Ella caminó hacia mí con pasos medidos, su nerviosismo evidente pero su educación impecable.
—Claro, ya conocí a Lucía y Claire, pero lo que usted diga está bien —respondió con una sonrisa tímida.
Adrián, siempre rápido para captar detalles, se rió con ganas.
—¿Dónde encontraste a esta chica tan educada, Damián? —preguntó, claramente encantado con su comportamiento.
—No revelo mis trucos —respondí con una sonrisa mientras Amelia se detenía a mi lado.
La tomé suavemente de la mano y la presenté.
—Amelia, estos son mis amigos: Adrián y su esposa, Lucía, y Leonardo con su esposa, Claire. Ambos son socios en algunos de mis negocios, pero más que eso, son parte de mi círculo más cercano.
—Es un placer conocerlos —dijo Amelia, inclinando la cabeza con respeto.
Adrián sonrió ampliamente, mientras Lucía observaba a Amelia con una mirada que parecía evaluar cada detalle. Leonardo simplemente asintió con aprobación, y Claire le devolvió la sonrisa de manera tranquilizadora.
Nos sentamos a cenar, y la conversación fluyó con facilidad. Amelia, aunque al principio tímida, comenzó a relajarse mientras hablábamos de temas más ligeros. Lucía no perdió la oportunidad de hacer comentarios sarcásticos, pero Claire se encargaba de suavizar cualquier tensión con su carácter amable.
Después de la cena, las mujeres se levantaron para hablar entre ellas, dejando a los hombres a solas con unas copas de whisky.
—Es hermosa —comentó Leonardo, mirando hacia donde Amelia estaba hablando con Claire y Lucía.
—Y parece muy... dócil —añadió Adrián con una sonrisa burlona—. Muy diferente a lo que solemos ver en tu entorno, Damián.
—Lo es —respondí con calma, observándola de lejos—. Pero también es mucho más de lo que aparenta.
Adrián, siempre curioso, apoyó un codo en la mesa y me miró con interés.
—¿Le has contado sobre los clubes?
—Todavía no —admití, sabiendo exactamente a lo que se refería.
Mis negocios más discretos eran algo que manejábamos con extrema confidencialidad. Entre ellos, el club de b**m que había fundado, un lugar exclusivo que atraía a personas influyentes de todo el país. Aunque tenía otros clubes, ese en particular era especial, no solo por su reputación, sino porque era el único lugar donde me sentía completamente libre.
—¿Y lo harás? —preguntó Leonardo, su tono neutral pero directo.
—A su tiempo. Quiero que lo entienda por sí misma, no quiero imponerle nada.
Adrián soltó una carcajada baja y se reclinó en su silla.
—Debe ser interesante verla entrar en ese mundo. Si es tan sumisa como parece, quizás no le cueste tanto adaptarse.
—No quiero que sea una cuestión de adaptación, Adrián —respondí, mi tono más firme—. Quiero que lo elija, que sea algo que entienda y acepte por completo.
Leonardo asintió, siempre más práctico en su forma de pensar.
—Es una buena estrategia, pero espero que sepas lo que estás haciendo, Damián. No sería la primera vez que alguien no comprende del todo lo que implica estar a tu lado.
—Amelia es diferente —dije con convicción—. Confío en ella.
Adrián levantó su copa, una sonrisa de medio lado en su rostro.
—Entonces, brindemos por Amelia. Que sea todo lo que esperas y más.
Chocamos nuestras copas y seguimos hablando, aunque mis pensamientos continuaron volviendo hacia ella. Amelia era distinta, eso lo sabía desde el primer momento. Pero también sabía que la prueba real llegaría cuando conociera completamente mi mundo. Y cuando ese momento llegara, esperaba que estuviera lista para enfrentarlo y, lo más importante, para aceptarlo.