Capítulo 10

768 Words
DAMIÁN La velada terminó más rápido de lo que esperaba. Después de que Adrián, Lucía, Leonardo y Claire se marcharon, la mansión quedó en silencio. Acompañé a mis amigos a la puerta, intercambiando bromas y despedidas, pero mi mente ya estaba centrada en Amelia. Me dirigí al salón, me serví un vaso de whisky y tomé un momento para disfrutar del silencio. Después de unos segundos, miré a Amelia, que estaba de pie junto a la mesa, observándome con curiosidad. Vertí un poco de whisky en otro vaso y se lo extendí. —Toma —dije, mi voz tranquila pero firme. Ella negó con la cabeza de inmediato, su respuesta casi automática. —No tomo, señor. El modo en que dijo "señor", con tanta naturalidad y sumisión, encendió algo oscuro en mí. Maldición, cada vez que usaba esa palabra, mi control se tambaleaba. —Toma un poco —ordené, dejando que mi lado dominante se asomara por un instante. Amelia parpadeó, sorprendida por mi tono, pero finalmente tomó el vaso. Dio un sorbo pequeño, tosió ligeramente, y luego volvió a probar con más confianza. —Sabe bien —dijo, sus labios curvándose en una sonrisa tímida. La miré con satisfacción, pero no estaba preparado para lo que ocurrió después. Sin previo aviso, Amelia dejó el vaso a un lado, se levantó y se posicionó frente a mí. Antes de que pudiera reaccionar, se subió a mi regazo, acomodándose con una mezcla de inocencia y audacia que me dejó sin palabras. —¿Qué haces? —pregunté, mi voz cargada de sorpresa y tensión. Ella bajó la mirada, su tono suave pero firme. —Señor, por favor, seré una buena chica para usted. Esas palabras. Esa sumisión que parecía grabada en cada fibra de su ser. Mi respiración se aceleró, y mis manos se posaron en sus caderas, apretándolas con fuerza mientras trataba de mantener el control. —¿Quién te enseñó a decir eso? —pregunté, mi voz grave. —Lucía —respondió, sin levantar la mirada. Por supuesto que había sido Lucía. Esa mujer siempre encontraba la manera de provocar situaciones como esta. —No hagas todo lo que Lucía te diga —advertí, aunque mi tono carecía de la firmeza que normalmente tendría. Su proximidad estaba nublando mi juicio. Amelia se inclinó hacia mí, acercándose tanto que podía sentir su aliento cálido contra mis labios. Mi autocontrol pendía de un hilo. —Quiero besarte, Damián —dijo, su voz temblorosa pero cargada de deseo. —Cuando estés lista —respondí, aunque me costó cada gramo de fuerza decir esas palabras. Ella bajó la cabeza, avergonzada, como si se diera cuenta de lo que acababa de hacer. —Lo siento mucho, señor. No haré nada que usted no me diga —murmuró, su tono tan sumiso que un jadeo escapó de mis labios. El deseo que había estado controlando todo este tiempo finalmente explotó. Mi mano se movió instintivamente hacia su cabello, haciéndolo un puño mientras tiraba suavemente hacia atrás, exponiendo su cuello. Un pequeño gemido de asombro escapó de sus labios, y en ese momento perdí la poca contención que me quedaba. —Maldición, Amelia... —murmuré antes de inclinarme hacia ella y unir mis labios a los suyos. El beso fue intenso, una mezcla de romanticismo y necesidad. Sus labios eran suaves, y el calor de su cuerpo contra el mío era intoxicante. Cuando me aparté, fue solo para recuperar el aliento antes de inclinarme nuevamente hacia ella. —Abre tu boca para mí —ordené con voz grave. Amelia obedeció sin dudarlo, y volví a besarla, esta vez con más hambre, explorando su boca con mi lengua y probando su sabor. Todo en ella era perfecto, y cada segundo que pasaba hacía que me resultara más difícil detenerme. Cuando finalmente me separé, apoyé mi frente contra la suya, respirando pesadamente mientras trataba de recuperar el control. —Vamos a terminar esto aquí, mi nena —dije, usando uno de los apodos que había comenzado a reservar solo para ella. Amelia me miró con los ojos brillantes, su respiración agitada. Asintió lentamente, confiando en mí completamente. La levanté con cuidado, asegurándome de no hacerle daño, y la ayudé a ponerse de pie. —Ve a descansar, Amelia. Mañana será un día largo. Ella me miró una última vez antes de marcharse, dejando atrás un silencio que estaba lleno de promesas no dichas. Me quedé en el sofá, sirviéndome otro vaso de whisky, sabiendo que, aunque había logrado detenerme esta vez, no podría seguir haciéndolo por mucho más tiempo. Amelia era mi perdición, y lo sabía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD