Capitulo 3: La cena con el millonario.

1537 Words
Capitulo 3: La cena con el millonario. «Okey, Margareth, ya despierta». Me había quedado demasiado tiempo en shock asimilando todo lo que había ocurrido y reviviendo la escena de nuestra conversación en mi mente. Quería salir conmigo el hombre más cotizado del país. Joder, no podía creerlo. Terminé mi hora de trabajo con una enorme sonrisa en la cara, mi corazón latiendo desenfrenado. Únicamente me preguntaba como era que alguien como él podía fijarse en alguien como yo, no era porque tuviera baja autoestima… bueno sí, un poco, es decir, para nadie era un secreto que mi estilo de vestir era un poco desaliñado, que me las arreglaba para hacer alguna torpeza y de algún modo pasar alguna clase de vergüenza en la calle y… Bueno, ahora que lo pensaba mejor, algo sí había cambiado. Yo había cambiado. El último año de la universidad bajé mucho de peso por las pasantías y todo el agite que ameritaba, además de que me diagnosticaron el síndrome de ovarios poliquísticos de modo que tuve que guardar una dieta estricta y comenzar con las vitaminas; tratamientos y otras cosas que me ayudaban al organismo, así que sí… había cambiado algo o al menos eso sentía ahora que recibía más miradas. Era increíble como bajando unos kilos las personas comenzaban a verte de manera diferente… pero no juzgaba, después de todo, yo nunca estuve pendiente de eso, y ahora que sí lo estaba, pues, me gustaba tener éxito en la cacería. Cuando salí del trabajo y fui a mi casa llegué en tiempo récord y es que casi corrí con el corazón acelerado, no había nadie, siempre Evelin llegaba muy tarde así que estaba acostumbrada a pasar la mayoría del tiempo sola, me acosté en mi cama soltando un suspiro repasando nuevamente la escena de George sonriéndome y mirándome en la maniceria sintiéndome como toda una adolescente, saqué mi teléfono buscando imágenes de él solo para volver a verlo ¿Pero qué pasaba conmigo? Estaba actuando como toda una loca adolescente sin atención. «Ya calmate respira». Dejé el teléfono a un lado y mordí mis labios sacando la tarjeta con el número que me había dado George Bell, la observé por un largo rato. ¿Si lo llamaba para aceptar su invitación a cenar me vería muy desesperada? Tomé una profunda respiración. «No seas boba, si te dio su numero es porque quiere saber de ti». Es que parecía tan irreal que quisiera salir conmigo. Tomé mi teléfono otra vez mirando la pantalla y mordí mis labios; j***r, a este ritmo me los rompería. Había una voz que me decía que no marcara, pero otra que sí, ¿arriesgarme a salir con él, o no? «No seas cobarde». A la mierda. A la mierda todo, tenía que salir de mi caparazón. Tomé una profunda respiración marcando el numero de la tarjeta en mi teléfono, dudé por un momento con el dedo suspendido sobre la pantalla en el icono de llamada, y finalmente después de dudar tanto apreté. «Ay Dios mío, lo estoy haciendo». «Quien tenga miedo a morir que no nazca». Esperé intentado regularizar mi respiración, cuando de repente después de dos pitidos de espera, contestó. —Bell. Su voz profunda me hizo quedarme sin respiración, casi quería gritar por todos lados como una completa lunática. Mierda. ¡Mierda, mierda, mierda! —Eh, eh, hola, señor Bell —aclaré mi garganta intentando dejar de afinar mi voz—. Soy uhm, Margareth… Margareth Poe. Un breve silencio que me hizo paralizar el corazón y entonces dijo: —Hola Margareth —su voz controlada ligeramente más alegre—, ¿cómo estás? Casi pude volver a respirar. Casi. Me levanté comenzando a caminar por toda la habitación sintiendo que no podía mantenerme quieta, la emoción haciendo que mi corazón acelerara su ritmo y una boba sonrisa se extendiera por mi rostro como toda una estúpida. «Cálmate, solo cálmate y respóndele». —Bien —sonreí nerviosa tocando mi cabello a pesar de que sabía que no podía verme—, acabo de llegar del trabajo. —Yo sigo aquí en el hotel —dijo y agregó luego de un momento: — ¿Has pensado lo que te dije?, ¿quieres ir a cenar? ¡Si! No tuve que decirle, sino que insistió en que lo acompañara a pasear. Eso me aliviaba porque me enredaba muy fácil con mis pensamientos y lo que salía de mi boca, no sabía coquetear ni mucho menos hacer nada con ningún chico. Maldición, ahora tenia miedo que por mi falta de experiencia él se alejara. —Eh sí claro. —dije sin poder borrar mi sonrisa. Casi lo percibí sonreír del otro lado de la línea. —En 1 hora iré a recogerte. —dijo. ¡¿Una hora?! Ni siquiera me había bañado. «Calma, claro que puedes arreglarte en una hora, solo... que no debes distraerte». Maldición, yo ni sabia maquillarme. —Está bien yo te paso la dirección. —dije yendo al closet para ver qué carajos podía ponerme. —Vale —dijo George. —Vale. —respondí y colgó. ¡A correr! Grité de emoción corriendo alrededor mientras sacaba los vestidos y posibles conjuntos para lucir. Joder. No me había bañado, ni siquiera me había depilado. «¿Depilado? ¿Pero qué piensas Margareth? ¿Te lo vas a follar en la primera cita?» Pero yo ni siquiera había follado con nadie, maldición. «No, no, ya, calmate». Pero igual debía de estar limpia y sin vellos en mi cuerpo para sentirme más cómoda. Me desvestí rápidamente metiéndome a bañar, y al salir lancé todo mi closet al piso porque no encontraba nada que me gustara, ¡no tenía ropa para citas con hombres sexy y millonarios! Maldita sea. Pero es que yo nunca fui de las que salían, así que no tenía ropa para esas ocasiones. Me metí a la habitación de Evelin y fui al closet ella tenía más ropa linda que yo para este tiempo de eventos, me probé casi todo, y al final opté por un hermoso vestido color rojo no tan elegante ni vulgar, me vi de distintos algunos; era cómodo; estaba perfecto. Era algo con lo que me gustaría que me viera George; era algo con lo que me sentía cómoda en mi primera cita. Estaba demasiado nerviosa. Me maquillé sencilla, tampoco era como si supiera maquillarme, solo algunas cosas que resaltaran mis rasgos y ya estaba lista. Era hora. Solté un suspiro mirándome al espejo de cuerpo completo, tenía unos tacones con plataforma alta que me hacía descansar el pie haciéndolos muy cómodos. Mi teléfono comenzó a sonar y sentí una presión en mi pecho de miedo; era él, había pasado exactamente 1 hora. Tomé mi teléfono y aclarando mi garganta contesté: —Hola. —Estoy afuera. —escuché su voz profunda del otro lado de la línea. Tragué saliva para decir: —Voy. Colgó y volví a gritar en mi lugar de la emoción. «Okey, ya calmate Margareth, calmada». Salí de la habitación con el corazón acelerado encontrando a mi hermana entrando al apartamento completamente agotada y con ojeras alrededor de los ojos; sabía lo que era eso, no dormir por las pasantías. En mi caso fue en una escuela de arte con galerías donde pasaba todo el día y parte de la noche, al menos mi hermana tenía horario de oficina y podía venir a dormir. Ella me miró de arriba a abajo alzando una ceja. —¿A dónde vas tan guapa? —dijo— te luce muy bien mi vestido, lo puedes usar… Su sarcasmo no era odioso, sabía que lo decía porque no le había pedido permiso y en realidad ella estaba feliz por mi cita de hoy. Ups. —Voy a salir con George Bell. —murmuré sin borrar mi enorme sonrisa de emoción. Ella se río con ganas mientras se quitaba la chaqueta creyendo que era una broma, cuando de repente volteó a verme y vio mi rostro serio pareció incrédula. —¿No es broma? —dijo pestañeando varias veces sin poder creerlo. —No. —dije apretando los labios. Evelin soltó un grito dramático como si le hubiera dicho que gané la lotería esta mañana. —No puede ser —dijo llevando una mano a su pecho— pero ¿cómo? Me reí un poco, eso sonaba jodidamente disparatado en realidad, yo tampoco le veía lógica que un hombre como él quisiera estar conmigo. «Aquí vas otra vez con tu pesimismo y baja autoestima, Margareth». —¿Te cuento después vale? —dije— Ya está esperándome. No quería hacerlo esperar. —Está bien, suerte. —dijo mi hermana sin borrar esa enorme sonrisa de “feliz cumpleaños”. Salí del apartamento bajando las escaleras, vivíamos en el primer piso, asi que no era malo para mí bajar los escalones, salí de la recepción observando la deslumbrante camioneta estacionada afuera, de ella se recostaba un hombre bien vestido que reconocí enseguida, su mirada fija en su teléfono celular esperándome, las personas que pasaban volteaba a mirarlo y es que tenía mucha presencia, nunca pasaba desapercibido. «George Bell, ahí te voy». Caminé hacia él esperando no arruinarlo en nuestra primera cita.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD