—¡Con ustedes, la única, hermosa e incomparable: Güzellik! —El presentador se retiró, dándole paso a las nueve bailarinas que se instalaron a cada lado del escenario.
Cada una llevaba un traje morado de dos piezas. Las faldas les llegaban hasta el suelo y se movían con suavidad. El top de la parte de arriba estaba formado por cadenas de las cuales caían varias monedas. Un velo del mismo color del atuendo cubría sus rostros.
Hermosos brazaletes danzaban en sus manos, provocando un sonido envolvente cada vez que las sacudían. Nadie quería perderse un show de ese club. Tanto hombres como mujeres peleaban por una invitación a asistir. Todo por la atracción principal.
Una décima bailarina salió tras del escenario, el resto se separó para darle espacio. Usaba un traje similar a las otras, pero de color rojo, el cual combinaba con su hermosa piel bronceada. El público enloqueció con su aparición, aclamaron la llegada de su diosa.
—¡Hermosa!
—¡Perfecta!
—¡Bellísima!
¿Por qué causaba tanto revuelo aquella mujer? La respuesta era simple y se encontraba en el sensual antifaz dorado que cubría sus ojos, dándole un aura de misterio a la que nadie podía resistirse. Era la única razón por de que el club tuviese tanto éxito.
La desconocida le lanzó una sonrisa coqueta al público y entonces comenzó el verdadero espectáculo. Una música árabe empezó a sonar poto todo el lugar. Las bailarinas movían sus caderas al ritmo de esta, pero toda la atención la capturaba Güzellik.
Se movió hasta el frente, dejando caer varios pañuelos en el proceso. Todo en ella era una máquina de sensualidad. Sus manos se alzaban hacía adelante, elevándolos en ondas por encima. El público estaba mudo con tal movimiento de caderas que enseñaba.
En una de esas hizo un salto hacia atrás, terminando con Split en el suelo. La música se detuvo y la ovación de pie no tardo. Los invitados aplaudían, gritándole halagos y lanzándole rosas en el escenario. La bailarina sonrió encantada y luego hizo una reverencia.
—¡Espero que la hayan disfrutado, señores! —gritó el presentador emocionado.
Las chicas no se quedaron mucho tiempo más, en fila desaparecieron detrás del escenario, felicitándose entre ellas. Güzellik no parecía especialmente feliz por la actuación, todo lo contrario, se veía muy triste. Estando ya en el camerino, se dejó caer sobre la silla.
—¿Sucede algo, Güzellik? —preguntó una de sus compañeras quitándose los aretes y accesorios del traje. La chica negó con la cabeza, quitándose la peluca rubia que llevaba.
Un espeso cabello n***o y rizado se deslizó por su espalda. Al retirarse el antifaz, se revelo un rostro suave y delicado, cuya mayor virtud eran los ojos del color de la miel derretida. Sin toda la ornamentación era una mujer mucho más hermosa que antes.
—Sigo sin entender porque ocultas tal cabellera debajo de una peluca. Los clientes se volverían locos con ese porte exótico que posees. —exclamó Emma, otra de sus compañeras. —Eres la joya de este establecimiento. —Sus palabras sonaban venenosas.
—Ese no es tu asunto, Emma. —cuestionó la pelinegra mientras se retiraba el collar que asfixiaba su cuello. —Me niego a que me persigan por las calles si saben quién soy.
—Pues ya no lo harán más, hoy es tu último día aquí ¿recuerdas? —La que parecía la mayor de todas las bailarinas entró por la puerta, en sus brazos sostenía un pastel blanco. —Vamos a extrañarte mucho, Güzellik. —exclamó dejándolo sobre la mesa de la esquina.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. Hace cuatro años que asistía como bailarina en aquel club y le alegraba saber que, a pesar de todo, había logrado formar un vínculo con el resto de las bailarinas. Se levantó de la silla y fue a abrazar a su mentora.
—Çok teşekkür ederim, Allah razı olsun. —afirmó en su idioma natal. —Espero que no pase mucho antes de que volvamos a vernos. —declaró besando sus mejillas.
Luego de eso le hicieron una pequeña despedida. Todas comieron pastel e intercambiaron anécdotas del pasado. Güzellik disfruto su último día ahí. En algún momento fue a cambiarse en los vestidores y recogió las pocas pertenencias que traía.
Como siempre, salió por la puerta de atrás para que nadie pudiese reconocerla y llevaba una sudadera con la capucha puesta y un par de lentes de sol. Al salir observó por última vez su atuendo para asegurarse de que todo estuviese en su lugar antes de llegar.
Había dejado atrás en Güzellik y volvía a ser Ayse Karaman. Ya no era la bailarina de un club nocturno, sino una respetada estudiante de ballet clásico en la American Ballet Theatre. A lo lejos vio un Audi n***o estacionado y fue directamente hacía él corriendo.
—Gracia por venir a buscarme, te debo una. —inquirió encontrándose con su mejor amiga, Brenda Miller. —No sabía que terminaríamos antes de lo esperado y el transporte no pasa hasta dentro de dos horas. —Se colocó el cinturón y giró para verla directamente.
—¿No crees que es demasiado arriesgado lo que haces? Si tu familia descubre…
—Pero no lo harán. —La cortó rápidamente. —He tomado muchas precauciones durante estos años como para que eso ocurra. —declaró ajustándose el moño en su pelo.
—Qué bueno que hoy fue tu última presentación, Ayse. —afirmó con una sonrisa ladeada. —¿Cuándo sale tu vuelo a Estambul? —preguntó poniendo el auto en marcha.
—Dentro de cuatro horas y todavía tengo que llevar unos documentos a la academia. —Ambas practicaban ballet y se habían conocido cuanto tenían trece años. —Detesto tener que marcharme de Nueva York, esta ciudad se ha convertido en mi hogar.
—Recuérdame… ¿Por qué vuelves a Turquía después de diez años sin poner un pie allá? —inquirió tomando la autopista. —Oficialmente vives aquí desde los catorce años.
Ayse soltó un suspiro, no quería hablar mucho de ello. Todavía le costaba creerlo. Casi se desmaya cuando recibió la llamada de sus padres hace una semana atrás avisándole. Por lo general hablaba con ellos dos o tres veces por semana, así que la sorprendieron.
—Mi abuela me mando a buscar, al parecer la salud de mi abuelo se ha deteriorado mucho y quiere que toda su familia esté junto a él en estos momentos. —explicó apoyando la cabeza contra la ventana. —Sabes que soy muy cercana a él, no puedo abandonarlo.
—¿Crees que será algo permanente? —continuó interrogando la castaña.
—No lo sé, quizás sí, quizás no. —respondió encogiéndose de hombros.
—¿Qué pasara con el ballet? Quiero decir, tú amas bailar. —afirmó sonriendo.
—Tendré que buscar otra academia. Mi cultura es muy tradicional, me exige acompañarlos en estos momentos. Además, nadie puede rechazar una orden directa de mi abuela. Hay que estar loco para intentarlo siquiera. —dijo esbozando una mueca triste.
—¿Quieres que te lleve al aeropuerto? —inquirió internándose por la avenida en dónde quedaba la academia. —Mis clases ya terminaron por hoy, no tengo nada por hacer.
—Eso sería genial, aunque debes prometerme que no lloraras cuando me vaya. —señaló riendo con burla. Brenda frunció el ceño, como si la hubiese ofendido en extremo.
—No puedo creer que insinúes tal cosa sobre mí. Tengo mucho autocontrol.
Ya no pudieron seguir conversando porque al fin llegaron al edificio de la ABT. Las dos amigas bajaron del auto y se separaron con un abrazo. Brenda iría a la habitación que compartían en la residencia de bailarines y Ayse debía ir a la dirección para llevar papeles.
Para su buena suerte, no había nadie en administración, así que el procedimiento fue bastante rápido. Los directivos se despidieron de ella, asegurándole que siempre tendría un lugar con ellos. En cuanto a sus profesores, estos se despidieron de manera profesional.
Ayse regresó a su habitación para ir por las maletas. Brenda ya la esperaba con todo preparado para su viaje, incluso le dio una bolsa con chucherías para que no la olvidara.
—¿Todo listo? ¿Has terminado de hacer una escena? —preguntó guardándola. Obviamente se sentía conmovida por el obsequio, pero ella no tenía por qué saber eso.
—Eres un maldito tempano de hielo, pero sí, ya puedes largarte y dejarme el cuarto solo para mí. —aseguró tomando una de las maletas mientras Ayse recogía la otra.
Bajaron hasta el estacionamiento y se pusieron nuevamente en marcha. Faltaban dos horas para que su vuelo saliera, tenía tiempo de sobra. Treinta minutos después se encontraban en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy. Ayse sentía muy nerviosa.
—¿Cuándo empiezan a abordar? —preguntó Brenda mientras masticaba un chicle.
—Probablemente dentro de una hora. —respondió Ayse recostándose en la silla.
Los minutos pasaban demasiado lentos, incluso les dio tiempo de almorzar en una de las cafeterías que tenía el lugar. Sin embargo, pronto la llamaron a su número de vuelo. Ayse abrazó por última vez a su amiga, prometiéndole que le avisaría cuando aterrizara.
Ya había registrado su equipaje, así que subió el avión bastante asustado. ¿La reconocerían en casa? Hace mucho tiempo que no los veía, prácticamente abandono su tierra siendo una niña y había cambiado mucho desde entonces. Empezaba a sentir pánico.
No tardó mucho en estar al aire. Gracias a Dios había elegido el vuelo de noche, así podría dormir hasta que llegara a su destino. El cansancio del día le estaba pasando factura, por lo que no se le complico quedarse dormida. Le dolía el corazón tener que abandonarlo.
Diez horas después, despertó confundida al sentir como aterrizaban. Le costó recordar dónde estaba y por qué. Se cubrió con un abrigo, pues en esta época hacía frio en Estambul. Entre bostezos descendió del avión junto con los demás pasajeros que iban.
Miró la hora en su teléfono: 9:00 am. Había salido de New York a las 10 de la noche.
Tuvo que hacer una cola muy larga para reclamar su equipaje, pero una vez que lo tenía en mano fue en dirección a la taquilla para comprar un directo a su pueblo. Erzurum. Iba demasiado distraída, por lo que no vio a la persona frente a ella y terminó chocando.
Todo sucedió demasiado rápido, para cuando se dio cuenta estaba encima de un desconocido, mirándolo directamente a unos ojos tan oscuros como la noche. Ayse parpadeó varias veces. Fue entonces cuando notó que el extraño la sostenía de la cintura.
—L-lamento m-mucho esto. —tartamudeó sintiendo como sus mejillas se calentaban. —Venía distraída y no me di cuenta, perdóname. —insistió muy avergonzada.
—Lo haré, si te quitas de encima. —respondió el hombre con una sonrisa divertida. Ayse deseaba que la tierra se la tragara. ¿Cómo había caído sobre alguien tan hermoso?
—S-sí, p-por supuesto. —inquirió poniéndose de pie rápidamente. Luego le ofreció una mano al desconocido para ayudarlo. Una vez estuvieron de pie, Ayse tembló nerviosa.
Aquel hombre era mucho más impresionante de pie. Por dios, seguramente media como dos metros, se sentía como una hormiga a su lado. Además de que podía apreciar su atractivo. Debía rondar los treinta años, cabello avellano, ojos negros y barba igual.
—Vuelvo a disculparme por lo que paso, señor. Lo lamento mucho. —dijo sin poder mirarlo al rostro. Sabía que moriría de vergüenza si lo hacía. —Ahora debo irme.
Sin esperar una respuesta por su parte, Ayse prácticamente salió corriendo de ahí. Sentía el corazón desbocado y que pronto se desmayaría. Nunca había visto a un hombre tan atractivo, ni siquiera entre sus compañeros de profesión. Pero este la hizo temblar.
Se detuvo unos minutos para recobrar la compostura. Una vez notó que ya no terminaría con un ataque cardiaco, fue hasta la taquilla y compro el boleto. Partiría dentro de quince minutos, lo cual la relajo. Estaba demasiado cansada como para esperar mucho.
Mientras abordaba el avión pensaba en aquel hombre. ¿Volvería a verlo? Seguramente no, Turquía era demasiado grande como para eso. Además, por la forma tan elegante en que vestía, lo más probable es que fuese un empresario de la capital de ahí.
—¿A ti qué te pasa? ¿Acaso nunca has visto un hombre guapo? —Se regaño internamente. Era ridícula aquella reacción tan ansiosa por un tipo que ni siquiera conocía.