Episodio 2

2148 Words
Ayse aprovecho para continuar durmiendo durante las doras de vuelo entre Estambul y Erzurum. Moría de ganas por llegar a casa y poder descansar correctamente en su propia cama. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo mucho que extrañaba la casa Karaman. Incluso a sus molestos tíos y a su venenosa prima Hatice. Que locura. El viaje hasta el pueblo fue mucho más corto, gracias a Dios. Para mediodía ya estaba dentro de un taxi, yendo directamente al “hogar familiar”. Ni siquiera tuvo que darle la dirección al taxista, con mencionar el apellido Karaman, fue suficiente. Todos los conocía. La pobre pelinegra estaba a punto de desmayarse a causa de los nervios y conforme se acercaban más a la dirección, dicha sensación aumentaba. Los Karaman tenían su finca en una pequeña colina, no estaba tan alto como para ser peligroso, pero si para que pareciera que tocaban el cielo. Siempre le causo gracia esa comparación. Que egocéntricos. —Hemos llegado, señorita Ayse. —informó el conductor, dándose la vuelta. —¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó con sospecha. —Nunca se lo dije. —Perdóneme por mi atrevimiento, señorita. —se disculpó luciendo avergonzado. —Todos en el pueblo saben que una de las nietas del señor Mustafá Karaman estaba en el extranjero. La mayoría de las personas sabemos su nombre. —explicó rápidamente. —No sé preocupe. —dijo relajándose inmediatamente. —Muchas gracias por traerme. —afirmó entregándole un par de billetes y bajándose del auto. Él hizo lo mismo. Luego de que le ayudase a bajar las maletas, se despidió con un último asentimiento de cabeza. Ayse espero hasta verlo desaparecer en la esquina para llamar a la puerta. Dentro escuchó movimiento de pasos ajetreados. Una mujer bajita y cubierta con un velo le abrió. —¿Sí? ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó mirándola de arriba abajo, de forma huraña. Ayse casi suelta una carcajada, Gulendam no había cambiado en lo absoluto. —¿Acaso ya no me reconoces, nana? —cuestionó llevándose las manos a la cintura. La mujer repaso una vez más su imagen, de pronto abrió los ojos como platos. —¡Mi niña Ayse! —exclamó abriendo por completo la puerta y rodeándola con sus brazos. —Mi preciosa sol y luna, has vuelto. —inquirió tomando su rostro con las manos. —Así es nana, llegue está mañana a Estambul. —explicó riendo, muy emocionada. Unas cuantas personas llegaron siendo atraídas por el escándalo que ambas habían creado. Entre ellos venía su abuela, Ayfer. El corazón de Ayse comenzó a latir desbocado. La mujer le lanzó una mirada escrutadora al darse cuenta de quién era. No se veía feliz. Aunque bueno, no recordaba que su abuela hubiese estado alegre alguna vez. —Abuela. —dijo alejándose de Gulendam y caminando hacía ella. —Es un placer volver a estar en casa. —inquirió tomando su mano, dejó un beso y la llevó a la frente. —También estoy feliz de que te dignaras a volver. Tu abuelo ha preguntado mucho por ti. —respondió con seriedad. “Es evidente que estás alegre”. Pensó con sarcasmo. —¿Suegra? ¿Qué es todo este escándalo? —interrogó Ceyda, alias, su madre. —¿Ayse? ¡Ayse! —gritó viniendo corriendo para verla. —Por fin llegaste, cariño. —exclamó. —Mamá, que bueno volver a verte. —aseguró abrazándola y dejando un beso en sus mejillas. —¿Dónde está papá? Quiero verlo ahora. —inquirió mirando a todos lados. —Él está en Estambul resolviendo unos asuntos urgentes. —Ayse entristeció con esa noticia. ¿Su padre había olvidado que llegaba hoy? —Quita esa cara, lo veras en la cena. —Si niña, no seas tan dramática. Mi hijo debía ocuparse de los negocios primero. —dijo su abuela rodando los ojos. —No seas caprichosa y mejor ve a instalarte ahora. Vio la mirada que le lanzó su madre, pero prefirió dejarlo pasar, no estaba de humor. Ambas se despidieron de la mujer mayor con una reverencia y fueron a su habitación. Las sirvientas las seguían de cerca cargando su equipaje. Su madre le rodeo el hombro riendo. —Tu hermano estará muy alegre de tenerte en casa. No ha hablado de otra cosa desde que supo que vendrías. —Ayse le sonrió con cariño, ella también lo extraño mucho. —¿Cómo está el abuelo? —preguntó entre dientes. Quería saber qué tan grave era su estado. —La abuela solo mencionó que estaba enfermo, pero no comentó más nada. Sintió que el cuerpo de su madre se tensaba, pero rápidamente volvió a relajarse. —No voy a mentirte, su estado de salud no es bueno. Lleva cerca de dos meses así, lo hemos llevado a distintos médicos y probado toda clase de medicinas. No parece mejorar. —Ayse notaba las lágrimas en sus ojos. —Por eso exigió que estuviese aquí. —Espero poder hacer algo para que se recupere. —dijo con un asentimiento. —Seguro que sí, mi sol y luna. Sabes que tu abuelo te adora, eres la luz de sus ojos. —Pero miran a quién tenemos aquí, la hija prodiga ha regresado a casa. —Ayse cerró los ojos. Reconocería aquella voz molesta en cualquier lugar. Hatice Karaman. —Que grato recibimiento, prima. Siempre haciéndome sentir tan querida. —inquirió dándose la vuelta. Hatice sonrió con burla y Ayse rodó los ojos. Por hoy dejaría sus problemas de lado, así que fue a abrazarla. —Estás más hermosa que antes. —dijo. —¿Cuándo no lo he sido? —exclamó con soberbia. Ayse rio por lo bajo. En eso no podía contradecirla. Desde niña Hatice fue considerada la belleza, el ángel de la familia Karaman. Sus cabellos rubios le caían por la cintura con un suave vaivén. Y sus ojos azules eran como mirar directamente al cielo. Era alta y esbelta, como una sílfide. —Tú también te ves hermosa, luces como una diosa exótica con esas ondas oscuras. —Un sonido interrumpió su conversación, era el teléfono de Hatice. —Qué bueno saludarte, pero ya debo irme. Mi mamá me está buscando. —afirmó marchándose de ahí. Ayse y su madre se miraron, ambas rieron negando con la cabeza. Habían pasado once años desde que se marchó, pero nada había cambiado en casa, todo seguía igual. —Vamos… Debes estar cansada con tanto ajetreo. —Ayse se mostró de acuerdo y amabas caminaron por el pasillo de piedra que las llevó al ala norte. El lugar de su familia. La casa estaba dividida en alas esenciales. El norte era propiedad de sus abuelos, el este de sus tíos y prima, el oeste les tocaba a ellos. Su madre abrió la puerta del antiguo cuarto. La mandíbula de Ayse cayó con fuerza al ver lo único diferente en dicha finca. —Espero que sea de tu gusto, comprenderás que no podíamos dejarla como antes. —afirmó su madre viendo las cortinas de seda dorada y la cama de dosel. —¿Te gusta? —Me encanta, es perfecta. —confirmó dejándose caer sobre el colchón. —Dios, es bastante suave. Mucho mejor del que tenía en la academia, sin duda alguna. —comentó. —Voy a dejarte para que descanses, nos vemos en la cena. —Ayse asintió y se despidió de su madre. Una vez sola, volvió a acostarse, no tardó mucho en caer rendida. Estaba cansada, más, sin embargo, también se sentía demasiado ansiosa. Terminó por ponerse de pie y meterse al baño, luego de una ducha rápida salió a cambiarse. Una vez estuvo vestida con pantalones, camisa y botas bajó trotando inmediatamente al establo. Los empleados la observaban divertidos y un poco extraños al verla correr de esa manera. Muchos ni siquiera debían recordarla, lo que volvía todo mucho más raro. Estando en el establo fue directamente a las caballerizas. Había a alguien que deseaba ver. Sonrió encantada al encontrarse con la yegua de pelaje blanco que relincho en cuanto notó su presencia. Ayse se acercó con cuidado, dándole tiempo al animal de recordarla. —¿Me extrañaste Hayat? —preguntó deslizando su mano por la crin. —Han sido muchos años, separadas; ¿te gustaría dar una vuelta conmigo? —La yegua le regaló un relincho que Ayse tomó como afirmación. Agarró las riendas de Hayat y salieron de ahí. Estando en la calle, se montó sobre ella y la guio hacía arriba del cerro. Recorrer el camino le trajo varios recuerdos de su niñez cuando se escapaba de las fiestas para venir allí. El viento golpeaba contra su rostro, empujando su cabello hacía atrás, era muy fresco. —¿Quieres que vamos hasta la cima? —le susurró en la oreja al animal. —Desde ahí podemos ver todo el pueblo, te va a encantar. —Espoleo a Hayat para ir más rápido. La yegua llevaba un trote suave, pero este se convirtió en una carrera. Ayse no practicaba equitación, pero se consideraba una buena amazona como para saber guiarse en aquel terreno sin problemas. Una vez llegaron a la cima del cerro, descendió del animal. Un hermoso atardecer se extendía ante ella. Desde aquí arriba el pueblo parecía una ciudad en miniatura. Los encantadores colores la hicieron sonreír, en Nueva York nunca podía disfrutar de algo así, era una ciudad demasiado movida. Se llegó a acostumbrar. —Estando aquí me parece que todo el mundo está disponible para mí. —inquirió con algo de amargura. —¡Mira Hayta! Aún está el columpio que el abuelo nos hizo. —dijo yendo hasta el objeto y sentándose. —Recuerdo que me mecía aquí y veía las nubes. Ayse dejó caer la cabeza hacía atrás para poder mirar el cielo. Comenzó a mecerse y por unos segundos creía estar volando. Frente a ella había un pequeño precipicio y cuando pasaba por encima se sentía como un ave en medio del cielo. Cerró los ojos por instante. —No me había notado cuanto extrañaba este lugar. —le dijo a su yegua. Si alguien la viera diría que estaba loca al hablar con un animal como si la entendiera. —¿En qué momento oscureció tanto? —cuestionó observando las estrellas. —Van a matarme hoy. Le pareció que todo pasaba demasiado rápido. Espoleo a Hayat para llegar cuanto antes, su abuela seguramente estaba colérica y no quería discutir con ella en su primer día en casa. Al menos debería esperarse una semana antes de hacerla entrar en colera por algo. —Date prisa Hayat, todavía debo inventarme alguna excusa que explique mi tardanza. —La yegua pareció captar su desesperación, porque aumento la velocidad. Ya estaban en la carretera de entrada al pueblo, cuando de pronto se les atravesó un auto. Hayat se levantó en dos patas, provocando que Ayse tuviese que aferrarse con fuerza a sus riendas para evitar caerse. El conductor se detuvo al verlas, pero ya la había asustado. —¿Estás bien? —interrogó una voz que le resultaba vagamente familiar. —Lamento mucho lo que ha pasado, no fue mi intención. —inquirió bajándose del auto con cuidado. Ayse casi se cae nuevamente al verlo. ¡Era el mismo del aeropuerto! ¿Pero qué clase de broma era aquella? ¿cómo es que él se encontraba en su pueblo? La pelinegra se quedó muda, las palabras parecían haberse quedado atoradas en su garganta. ¿Qué le sucedía? —¿Señorita, puede hablar? —preguntó en un tono de condescendencia. —Tranquila, solo quiero ayudarte. —Fue entonces cuando notó que se movió hacía atrás. —No se preocupe, estoy bien. —Su voz salió como un chillido, tuvo que aclararla. Y luego de eso, bueno, nadie puede culparla por lo que hizo. Espoleo las riendas de Hayat para marcharse de allí. Detrás de ella escuchó al hombre llamarla, pero evito mirar atrás bajo cualquier circunstancia. ¿En qué demonios estaba pensando? Maldita sea. Llegando a la finca dejó a Hayat con uno de los trabajadores y subió las escaleras de dos en dos hasta su habitación. Una vez allí cerró la puerta con seguro y se dejó caer contra esta. ¡Por Dios! ¿Qué estupidez acababa de hacer? Eso fue totalmente maleducado. Hubiese querido continuar martirizándose con aquello, pero debía presentarse en la cena. Seguramente ya comenzaban a preguntarse dónde estaba. Tuvo que darse una ducha rápida para librarse del olor a caballo y el sudor. Luego se colocó un sencilla vestido azul. Por último, recogió su cabello en un moño bajo, se colocó unas sandalias doradas bajas, un par de aretes y un pequeño collar con una gema en forma de hoja de arce. Suspiró frente al espejo una última vez al observar su reflejo. Lucía realmente hermosa ahora.
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