La noche estaba en su apogeo, y la música en el jardín de los Karaman resonaba con un vibrante eco de celebración. Ayse, sin embargo, se encontraba en su habitación, mirando su reflejo en el gran espejo dorado. El vestido de novia, con su delicado encaje y la falda que parecía flotar, había sido cuidadosamente colocado en un maniquí cercano. Ahora era el turno de algo más sencillo. Frente a ella, un vestido dorado, sencillo pero lleno de elegancia, esperaba a ser usado. Ayse lo tomó con cuidado, sintiendo la suavidad de la tela entre sus dedos. Era fluido, con un diseño que se ceñía ligeramente a su cintura antes de caer con gracia hasta sus tobillos. Los bordados dorados en los hombros brillaban bajo la luz cálida de la lámpara. Soltó su cabello rizado, dejándolo caer libremente sobre su

