El amanecer bañó la mansión de los Karaman con una luz suave, como si el día intentara suavizar la tensión que pesaba sobre todos. Las criadas iban y venían, arreglando cada detalle mientras los floristas llenaban los pasillos con rosas blancas y lilas. Todo debía ser perfecto; no solo porque era la boda de Ayse, sino porque la familia Karaman nunca permitía que algo fuera menos que majestuoso. En el piso superior, Ayse se encontraba frente a un gran espejo dorado en su habitación. El vestido de novia caía sobre ella como una nube, con un corpiño ajustado que se fundía en una falda amplia de tul y encaje. El velo, etéreo y delicado, descansaba sobre sus hombros, y pequeños cristales brillaban con cada movimiento. Las perlas adornaban su cabello n***o, rizado y recogido en un moño bajo, de

