Ayse no había dudado cuando Kerem la invitó a dar un paseo esa noche. Después de días llenos de ceremonias y formalidades, la idea de pasar tiempo con su primo mayor, alguien en quien siempre había confiado, le parecía un bálsamo necesario. Kerem había sido un refugio para ella desde niña, el hermano que siempre estaba allí para escucharla, protegerla y entenderla cuando nadie más lo hacía. Lo encontró esperándola junto a su auto, vestido de manera sencilla con una camisa de algodón azul que resaltaba sus ojos claros y jeans oscuros. El cabello castaño de Kerem estaba algo despeinado por el viento nocturno, y su porte relajado contrastaba con la tensión que parecía acumularse en el aire entre ellos. —¿Lista? —preguntó con una sonrisa ligera, abriendo la puerta del auto para ella. —Siemp

