El cielo de Erzurum se había pintado con tonos cálidos mientras la casa de los Karaman se llenaba de murmullos y risas. Las mujeres de la familia se movían por la sala principal como si fueran parte de una danza delicada, cada una cargada con pequeñas cajas de dulces y platos con bordados tradicionales que adornarían la noche de henna de Ayse. Era la celebración que daba comienzo a su vida como prometida, el primer paso hacia un compromiso que prometía mucho más de lo que las palabras podían describir. Ayse observaba desde el umbral, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. La alegría y las expectativas llenaban el ambiente, pero en su interior, una mezcla de nerviosismo y algo inexplicable la mantenía en tensión. No era solo la responsabilidad, sino el peso de saber que esta ceremonia

