El viento soplaba con una fuerza inusitada, haciendo crujir las viejas paredes de la choza. Ayse intentaba encontrar una posición cómoda contra la pared, pero el sonido constante del vendaval y las gotas que caían del techo le impedían relajarse. Sus ojos permanecían cerrados, pero su mente seguía activa, saltando de un pensamiento a otro mientras el frío de la noche calaba en su piel. Finalmente, suspiró y abrió los ojos, encontrándose con la figura de Mehmet, quien dormía a unos metros de ella. La luz de la lámpara de aceite proyectaba sombras suaves en su rostro, resaltando la línea definida de su mandíbula y la barba ligeramente crecida que lo hacía parecer aún más atractivo. Sin darse cuenta, Ayse se encontró estudiándolo. Había algo profundamente intrigante en la tranquilidad de su

