El amanecer se filtraba tenuemente a través de las grietas de la choza, bañando el espacio con una luz pálida. Mehmet abrió los ojos lentamente, sintiendo la calidez del cuerpo de Ayse junto al suyo. Por un instante, no se movió, atrapado entre la serenidad de su respiración y la realidad que comenzaba a asentarse en su mente. Lo hice, pensó, mientras una oleada de emociones contradictorias lo golpeaba. La imagen de Ayse, con su mirada vulnerable y confiada, se entrelazaba con las razones que lo habían llevado a esa situación: su plan, su venganza, el legado que debía cumplir. Con cuidado, Mehmet se deslizó fuera de la cama improvisada y comenzó a vestirse. Su camisa aún colgaba de un rincón, pero no le importó. Necesitaba salir de allí, necesitaba espacio para pensar, para recuperar el

