Muerta es poco, me torturara primero.
El capitán cerró la puerta tras él con la mirada tan afilada como una daga. Sus manos estaban en su espalda, analizando las expresiones de Greta que horrorizada retrocedía de forma tan atropellada como si a sus espaldas hubiera un portar que la trasladara a otro universo
Una araña de nervios le recorrió de pies a cabeza a medida que su corazón se aceleraba tan descontrolado que consideró su muerte natural.
—Te hice una pregunta—su voz fue baja, ronca, firme, con autoridad.
Greta no respondió, tanto eran los nervios que parecía que sus cuerdas vocales habían perdido todas las fuerzas necesarias para emitir un sonido, o palabra.
Schmidt arrastró los pies caminando a su dirección con la lentitud de una tortuga a la hora de comer, mezclado con la fiereza de un león cuando un desconocido está en su hábitat. La pálida Greta que seguía retrocediendo hasta quedar completamente pegada a la pared sin opción a huir de su depredador que estaba segura que le devoraría viva.
—Creo que no escucho bien mi pregunta...¿que haces aquí?
Le tembló las piernas, luego, se intensificó por todo su cuerpo esa misma sensación.
Carraspeó inhalando un poco.
—Y-yo vengo a-a hablar sobre... Bruno.
Los ojos verdes de Schmidt se abrieron llenos de intriga.
—¿Que tiene que hablar de mi hijo?—se acercó más quedando a una distancia prudencial.
—Bueno... es que... Bruno lo extraña mucho, se siente solo y... y...
—¿Él se lo dijo?—le interrumpió, a Greta le faltó la respiracion.
—Si señor—aulló tan bajito que pensó que Schmidt no la había escuchado, al contrario, la escuchó sin aliento, con un temblor particular en su cuerpo delgado y en como la respiración se le volvía cada vez más pesada.
Le intrigaba: su rostro, sus labios de un rosáceo, sus ojos avellanas, su piel suave, su pelo suelto hasta los hombros, de algún lugar la había visto, por más que Arthur se retorcía en su mente en busca de alguna información o familiaridad en ese rostro hermoso, no la encontró, solo ahora estaba ante una situación inesperada dónde podía ser provechoso para él.
Se acercó aún más. Greta tenía los ojos tan abiertos que canalizó cada uno de sus movimientos, y cuando le vió estar a pocos centímetros de ella, una corriente eléctrica le estremeció el cuerpo de pies a cabeza. Las alarmas de peligro se activaron en su mente, la necesidad de su piel fue consciente y las ganas en los labios le palpitaban como si un segundo corazón se posaran en ese lugar del cuerpo.
Se aferró a la pared con sus uñas mientras se interiorizaba palabras de calma.
Calma Greta, paz, cálmate corazón, cálmate respiración, controlarse ya mismo.
Por más órdenes que le diera a sus órganos, estos seguían descontrolados de forma descomedida.
Greta vió como el capitán fundaba sus dos manos en la pared, dejándola sin capacidad de huida, ahora, era prisionera obligada en ver esos ojos verdes, esos labios carnosos, esa mirada que la inquietaba, su aliento a vino, su olor a perfume caro.
—¿Cree que soy estúpido?—la pregunta le acarició el rostro a la muchacha que, desconcertada lo miró—. Crees que no sé que Bruno tomó el documento.
La palidez fue más evidente.
—Crees que no sé lo que estabas haciendo en mi lugar privado, dónde todos tienen prohibido entrar—su voz amenazante intimidó, sus ojos tremendamente diabólicos seducían de una forma que te la convirtió en carnada fácil.
Greta entendió porque Arthur Schmidt era temido en las SS, cómo podía hablar con calma mientras sus ojos mostraban el fuerte cólera reflejados en dos llamas de fuegos dispuestos a consumir a quien tuviera enfrente. Fue conciente que todo su cuerpo, su mente, su alma, su espíritu le temía a ese hombre.
—¡Responde maldita sea!—alzó la voz y a Greta no le quedó más remedio que pegar un brinco ante el relámpago amenazante.
—Yo- lo siento—estaba descubierta, se sentía expuesta, en sus manos—. Traté de ayudar a Bruno.
—¿¡Que leíste de la carta!?—interrogó. Greta apartó su vista de esos ojos que se convirtió en dos dagas a punto de apuñalarla, sin embargo, Schmidt le tomó ambas mejillas con sus manos obligando a verlo.
—No leí nada—respondió.
—¡Mentirosa!—objetó posando su vista en los labios rosáceos.
—¡Se lo juro!
—Sabes que puedo matarte aquí mismo y acusarte de ser m*****o de la resistencia o espía. Nadie preguntaría por tí.
—¡Mi error fue ayudar a su hijo, y entrar aquí señor, no hice nada malo, por favor, suelteme que me está lastimando!
El capitán aflojó su agarre en las mejillas.
—Sin duda fue un error demasiado grave señorita música—musitó paseando su vista entre los labios y sus ojos—. Pero estoy dispuesto a perdonarla, cómo el caballero que soy— acercó los labios carnosos al oído de Greta—. Solo tiene que hacer una cosa y todo lo que hay aquí, hoy mismo será olvidado.
Otra ola de corriente la estremeció cuando los labios del capitán acarició su oreja. Tuvo que reprender su cuerpo cuando se alertó en su máximo tope.
—¿Que quiere que haga capitán?
Arthur se rió de medio lado.
Se acercó nuevamente al oído y con una voz sensual dijo:
—Quiero que me hagas de todo.
Fuego, calor, exceso de calor la invadió, parecía estar encendida en fiebre, tentada a sus deseos pecaminosos de la piel por más que su mente le zumbaba como una abeja: peligro.
Abrió los ojos como plato escudriñando la sonrisa de zorro al capitán.
—¿Y si me niego?—inquirió con su respiración echa un desastre.
La sonrisa se ensanchó aún más.
—Supongo que tendré que matarte.
Greta tragó grueso, su mente estaba en un blanco absoluto, no podía pensar en nada más que en como salir de esa situación.
Se mordió el labio inferior con delicadeza caminando directo hacia el capitán para susurrarle al oído:
—Creo que le serviría más viva que muerta capitán.
Schmidt sintió como un volcán estallaba en lava dentro de él. Le gustó sentir el aliento de Greta en su oreja, su iniciativa, su coquetería, ese juego que no sabía de qué se trataba pero le fascinaba.
La atrajo hacía su cuerpo con la suavidad del terciopelo hasta tenerla a pocos centímetros de los labios.
—¿Que buscas al provocarme?
Se volvió a mordisquear el labio y al capitán le encendió el gesto.
—¡Yo, no lo estoy provocando! busco su perdón capitán Schmidt.
Su gesto inocente, despreocupado le encantó, no pudo evitar fijar sus ojos en los labios porque el impulso de besarlos, tocarlos, devorarlos, era inmenso.
Busco su boca para unirse con la de Greta, más no la encontró cuando ella ladeó su cabeza hacia atras.
—Debo regresar.
—Aun no has hecho nada para perdonarte—dijo con la voz entre cortada, con la respiración fuera de sí.
Greta se sintió con el mando de la situación.
—¿Que quieres que haga?—le susurró en el oído.
Arthur sonrió apunto de estallar de exitación.
—Ya se lo dije. De todo. Si es posible, solamente suyo.
La muchacha se le quedó mirando con travesura, con tristeza, con ganas de acceder a la petición.
—Buscaré su compasión de esta forma, capitán—le besó, un beso seductor, sensual, lujurioso, con el control en todo momento. Encontró la lengua de Arthur y la manejo como un títere hasta que lo corto de repente.
Vió los labios carnosos de Arthur rojos como un tomate, sus ojos desorbitados de lujuria, su piel quemándose en la exitación.
Se volvió a morder los labios y con una sonrisa juguetona retrocedió hasta la puerta. Arthur la atajo otra vez con sus manos acercándola hacia su cuerpo con la intensión de encontrarse con la fiera que lo había besado de esa forma tan pasional.
No la encontró, porque Greta le puso un dedo en esos labios sedientos de más, Arthur quería más.
—¡No me hagas esto, te necesito justo ahora!
—Debo regresar a mi deber capitán, su hijo me espera.
—Mi hijo puede esperar—busco la boca y le frustró ser rechazado una vez más.
—Estoy en horario laboral, debo retirarme.
—Yo soy tú jefe —se pegó más a ella.
—Y no es correcto capitán. Por favor, déjeme ir. Por favor... no me haga daño.
Arthur la miró extasiado en sus propios deseos, sin embargo, al capturar su vista descubrió una súplica en la mirada, un miedo intenso se reflejo en su rostro y eso lo inquieto.
—Nunca te tomaría a la fuerza—respiró por la boca —. Nunca lo hice, y menos contigo.
—¿Puedo irme?—sus ojos eran de dos ciervos asustados cuando son acorralados por un león hambriento como él. A Arthur le costó tomar la decisión de verla partir cuando su cuerpo la necesitaba con la misma urgencia que el aire para respirar.
Cerró los ojos lentamente, bajando la cabeza ante ella.
—Si puede..
Esas palabras le costaron pronunciarlas un monto, y se desanimó cuando la vió salir y abandonar el lugar donde se había ido al cielo por unos segundos.
Miró la puerta, la sensación palpitante aún seguía en sus labios, la excitación galopaba su cuerpo.
Busco la vieja táctica para liberarse de esa erección, de el deseo. Nunca lo había hecho con tanta necesidad, pensó que ni en su puta vida volvería a tocarse de la manera en la que Arthur lo hizo esa tarde en el despacho pensando en ese beso salvaje.
Cuando terminó, apoyó en sudor la frente en la pared.
A Arthur le encantaba jugar y más cuando él era el ganador, en cambio, está vez sospechaba ser el perdedor, y perder le aterraba... porque sería el inicio de su destrucción.
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Notita: Dejen sus comentarios, los leo.