El capitán Arthur Schmidt se encontraba en su oficina discutiendo asuntos del estado. ala derrota de los alemanes se había escuchado solo por los altos mandos. Unos teniendo miedo de que la unión soviética pudiera intervenir Berlín, otros con valentía con el impulso de atacar sí los enemigos se metían. Habían pasado tres días en reuniones, en papeleo. Se sentía agotado, cansado, con ganas de volver a casa, abrazar a su hijo, ver a su hermana y a ella... a Greta.
Se tocó los labios y la sensación seguía siendo la misma, tan palpitante como si hubiese sido en ese preciso momento.
Suspiró encendiendo un cigarro, llevandolo a la boca y imaginando volver a besarla una vez más. Soltó el humo de sus pulmones dándole rienda suelta a la imaginación, a la locura de follarla en el escritorio.
Su fantasía se vió afectada cuando tocaron la puerta.
—¡Adelante!
Ronald ingresó con su usual uniforme, sus ojos azules profundos y su reverencia acostumbrada.
—Ya informaron que enviaran unos prisioneros para construir unos muros.
—Perfecto...—le dió una calada al cigarrillo.
—Ya todo está preparado para retornar a Auschwitz señor.
Schmidt bufó.
—Entonces, prepárate, irás conmigo a ese basurero.
—Si señor— justo antes de retirarse, Arthur lo volvió a llamar.
Hizo otra reverencia.
—Teniente. ¿Que sabe de la encomienda que le mandé?
Mierda, mierda, investigar a Greta.
Inhaló aire.
Arthur se quedó atento a la respuesta.
—Una Berlinesa viuda y sin familia señor.
Expulsó el humo del cigarro.
—¿Que más?
—Estoy en eso capitán.
Puso los ojos en blanco.
—Haz algo bien teniente, y no me traigas información que ya sé. Para la próxima, dame algo nuevo. ¡Entendido!
—¡Si señor!—Ronald hizo una reverencia al abandonar el despacho.
Suspiró con alivio ante la pregunta, porque al final él mismo no tenía la respuesta.
Había investigado que Greta Meyer era una mujer anciana que murió, quedó viuda, y solo con una hija ya crecidita. Había visitado a la hija, la cuál, le habló de una muchacha que su madre había ayudado. No sé acordó del nombre pero Ronald debía investigar antes de que Arthur lo hiciera.
Tenía sospecha, ligera sospechas de que esa muchacha se hubiese robado la identidad para caminar tranquilamente en las calles de Berlín, la pregunta era: ¿por qué el capitán estaba tan interesado? debía averiguarlo y antes de marcharse a Auschwitz.
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Habían pasado dos semanas desde que Greta se estaba quedando en la casa de los Schmidt. Bruno se mostraba encantado de tener una amiga que lo acompañaba en las tardes a jugar y Ana en una amiga en quien confiar. Se comenzaba a recuperar de la gripa y su aspecto se estaba normalizando a la que comúnmente era.
Greta durante ese tiempo, solo logró darle un mapa preciso de la casa a Drako, hablarle sobre Ana y Bruno, y algunas antigüedades. Cuando soldados iban a la casa, Greta se metía en una habitación hasta que se marchaba, así lograba tener alivio en medio de la casa de lobos.
También, había investigado por medio de conversación con Ana que el capitán haría unos muros y arreglos a la casa, y traería personas que desempeñaban la contrucción, información que a Drako le llamó la atención ya que hizo cuenta de que estoy ayudándote serían judíos, polacos, húngaros o serían traído de los trenes.
Por más que Drako pensaba sobre el consejo que le había dado a Leah, se convencia de que fue una buena decision, porque no solo Greta podía destruir al capitán Arthur, si no, él desde afuera.
Greta se frotó los ojos mirando la colina de jardín que estaba cerca de la casa de los Schmidt, desde que la descubrió, siempre va a despejar sus pensamientos y a convencerse del porque se quedaba en esa casa maldita.
Se acostó en el césped con su mirada en el cielo, en las nubes, en el lugar donde su familia estaba, en dónde Yahweh habitaba.
—Es lindo ver a una señorita reposar en el cesped—se alzó con la rapidez que pudo cuando su paz fue interrumpida por un hombre uniformado.
—¡Buenas tardes!—dijo, con el ceño fruncido.
—Greta ¿no? eres la institutriz del hijo del capitán Schmidt.
No respondió, se quedó mirando con desconfianza.
—Soy el teniente Von Weber, ¿me recuerdas?
Nada. Sus labios se sellaron en un silencio.
—¿Acaso es muda señorita?
—Con permiso—dijo Greta, tragando grueso, caminando directo hacia él porque era el camino retorno a la casa de los Schmidt.
Caminó hasta pasarle a un lado. Con Weber la tomó del brazo.
—Es de muy mala educación no hablar cuando un teniente le pregunta señorita.
Greta trató de liberarse más el agarre se hizo más fuerte.
—Me estás lastimando.
—Usted me ha faltado el respeto.
Con una fuerza abrupta la lanzó al césped una ves más. Greta pegó un grito.
—Creo que en su casa no la educaron bien, no le enseñaron modales, entonces, yo le encargaré de hacerlo.
Greta se arrastró retrocediendo cuando Von Weber se inclinó para levantarla del brazo. La muchacha creyó que esté arremetería contra ella así que hizo lo que se le ocurrió, le mordió la mano.
Von Weber gritó del dolor abofeteando el rostro de la institutriz.
—¡Maldita!—gritó
Con lágrimas, Greta intento levantarse un poco aturdida, sentía el sabor de la sangre en sus labios y el ardor en la mejilla cuando el nazi la levantó por los cabellos.
—Zorra estúpida, te voy a enseñar a respetar a los hombres—la empujó con fuerza, desabrochando el pantalón a toda velocidad, hasta embutirse encima de ella.
Greta gritó luchando lo más que pudo, sus uñas rasguñaron su piel con fiereza y él la volvió abofetear dejándola totalmente aturdida.
—Aprenderás a respetar, a responder cuando se te pregunta, a no provocar a los hombros como yo.
—¡Por favor, no lo haga, por favor!—suplicó en llanto. Sintió sus manos recorrer su cuerpo, abrir sus piernas a las fuerzas por más que las intentaba cerrar. Escuchó la tela del vestido rasgarse cuando las manos de Von Weber rompieron la parte de arriba con rudeza.
—¡Cállate puta!
Disparos...
Dos... tres...
Von Weber se apartó de un brinco dejando a una muchacha privada en llanto con la ropa rasgada.
Los ojos del teniente se abrieron muchísimo cuando vió al capitán frente a él. Se le veía furioso, con el arma en la mano.
—Capitan...—intentó hablar con nerviosismo.
—Chiii, aquí las preguntas las hago yo teniente—miró su arma con despreocupación, luego, a él.
—Dime teniente Von Weber. ¿Con que autoridad te atreves a tocar lo que es mío?
Los ojos se les abrieron de par en par.
—¡Yo no sabía que ella era su mujer capitán! lo siento... todo esto... es un malentendido.
Arthur se rió. Paseó su vista entre Greta y Von Weber.
—Todo lo que está en esta casa, es mío. Incluyendo a ella—apuntó su arma contra él.
Von Weber retrocedió poniendo sus manos a nivel del pecho
—Señor... es una confusión, podemos hablarlo... por favor, señor... déjame explicarle...
—Disculpate con Greta.
El teniente vió a Greta y con voz temblorosa dijo:
—Lo siento, no fue mi intensión hacerle daño señorita. Lo siento capitán, lo siento.
Arthur seguía apuntando.
—Te disparare directo en las bolas, luego, en el culo, y en toda tú frente maldito bastardo.
Disparó
Y el capitán se quedó aturdido cuando Greta intervino.
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Notita: Les debía estos capítulos. Aquí se los dejo. Comenten, sus comentarios hacen que siga actualizando.