—Terminamos por hoy—dijo Greta tocándole el hombro a Bruno que tenía la mirada gacha.
—G-ggg-gra-cias—terminó diciendo.
Greta lo miró con curiosidad, había una tristeza evidente en ese pequeño de apenas unos 8 años.
—¿Que opina tú madre sobre ver clases de piano?
Bruno ni la miró, sus ojos estaban clavados en el piso.
—Madre murió cuando yo nací, nunca la conocí.
Una presión se extendió por todo el pecho de Greta. Auch, dolió la respuesta, y más cuando es un niño indefenso.
—Mis padres tampoco están conmigo, los extraño un montón
El niño alzó el rostro para mirarla a los ojos.
—Yo también extraño a la mía. Ana y papá me cuentan de ella, y tengo algunas fotografías.
—Eso es genial.
—Si, pero no es suficiente—musitó con el rostro entristecido.
Greta quería decir algo cuando entró Ana.
—Hay galletas de chocolate y té—dijo con una sonrisa y una bandeja en las manos.
—Uuum, galletitas de chocolate—proclamó Bruno, corriendo hacia la bandeja.
La muchacha se levantó del piano sentándose en uno de los sillones que adornaba el cuarto llenos de libros.
Tomó la galleta y miró el té con desdén.
—¿Té?—le ofreció Ana
—No le gusta, pero gracias—respondió saboreando las chispas de chocolate en su boca.
—¿Por qué no te gusta el té? claro, si se puede saber— le dió un sorbo a la bebida—, en lo personal, es relajante, natural y rico.
Greta se lo pensó un poco.
La última noche con mi esposo bebí té, hacerlo me recuerda a él.
Sonrió de medio lado.
—No es de mi gusto, prefiero mil veces el agua. Es hidratante, y rica.
Ana se rió.
—Vale. Tienes razón, entre el té y el agua, el cuerpo necesita más el agua. ¿Sabes que más me gusta comer?—señaló con una sonrisa. Bruno aprovechó de comer otra galleta.
Greta hizo un gesto de no saber, tomando otra galleta.
—Amo las fresas. Son exquisita, mis favoritas.
—Woo, yo las odio. No me gustan mucho, prefiero las manzanas.
Amabas se rieron.
—A mi me gustan las dos—opinó Bruno con la boca llena.
Otra vez cayeron en una risa.
Ana miró a Greta y se dió cuenta de algo importante: desde hace mucho, no tiene una conversación amena de gustos con alguien que no fuera su sobrino. Se sentía bien hablar, reír, compartir.
—Gracias...
—¿Por qué?—sonrió—. Tú eres la que me estás dando galleta.
—Por todo esto. Por las risas, la conversación. Es que... se me hace complicado socializar, y, contigo, es tan natural, no sé porque, a pesar de que te estoy conociendo, es como si llevara una vida haciéndolo, me es fácil conectar contigo, además, aquí no es que hable mucho, cómo ves, siempre está solo... somos Bruno y yo
—Conmigo siempre hablas—protestó Bruno.
Ana le dió una risita con la boca cerrada.
—No sé que decir...—tragó con fuerza Greta con algo de nostalgia, lo menos que quería era que Ana se encariñara con ella, sería más fácil su huida.
—No tiene que decir nada, no te preocupes, siento que es un regalo del cielo que hayas venido a esta casa a acompañarnos con tu música, espero que algún día seamos lo suficientemente cercanas—dijo.
Oh no... esto no puede estar pasando..
Inhaló aire sin apartar su vista de los bellos ojos verdes de Ana que brillaban al igual que las estrellas del cielo.
Greta se quedó muda, la galleta se le atoró en la garganta sin la posibilidad de continuar con un camino que llegara a su estómago. Esas palabras fueron un balde de agua fría que la empapó de un desazón entero.
Es la hermana de un nazi, lo más apreciado de Arthur. No, es imposible ser amigo de tu enemigo. Eso no ha sucedido nunca y nunca sucederá
—¿Dije algo malo?—inquirió Ana con evidente preocupación—. Si fue así, perdóname.
La muchacha abrió un poco la boca para recoger un poco de aire y así tener las fuerzas necesarias para responder. Carraspeó, tosió un par de veces para que su voz no sonara afligida ni ronca.
—Todo está perfecto, no dijo nada malo... es solo que, también puedo conectarme con usted y eso usualmente no me pasa.
—Tengo una teoría—señaló—. Creo que podemos conectar porque hemos pasado por las mismas circunstancias—hizo un mohin con sus labios—. Ejemplo: ambas hemos perdido a seres que amamos como nuestros padres, entendemos lo que es extrañar a un pariente tan destacado en nuestras vidas, y somos, no sé, en mi opinión, solitarias.
Greta se mordió el interior de la mejilla.
—La soledad es uno de los lazos que tenemos en común. Aunque te puedo asegurar que somos dos polos opuestos de la misma forma como lo es la luna y el sol, la noche y el día. Puedo segurarte, que tú eres día, claridad al alma, en cambio yo, soy las sombras de la noche, la oscuridad que perdió sus estrellas.
—Todos hemos perdido algo, entonces, sería un sol que ha perdido las nubes y el como saber brillar.
Ambas se quedaron mirando un buen rato hasta que Bruno rompió el silencio extraño que había opacado la magia de la habitación de los libros.
En ese momento, Greta comprendió porque Ana le caía tan bien siendo la hermana del nazi que más aborrecía con toda su alma, y no solamente porque compartían lazos similares de perdida, si no que ambas habían olvidado brillar en medio de un cielo espacioso, se encontraban tan pérdidas al igual que el universo si su creador, tan separada de lo que alguna vez fue que dejó que la amargura la consumiera al punto de no poder respirar.
Precisamente, Greta no podía respirar, ni pensar con claridad. Las lágrimas estaban saliendo, brotando de sus ojos como la piedra que Moisés golpeó para que fluyera agua. Su corazón tan acongojado que se sintió pequeña ante la presencia de Ana.
—Greta... ¿estás bien?—preguntó Ana con los ojos de par en par, reprochando muy dentro de ella el tocar temas tan dolorosos como es la muerte de un ser querido.
—Estoy bien, solo necesito irme—se alzó con tanta prisa que le dolió el estómago.
Bruno se le quedó mirando en silencio, tratando de entender en su mente de niño el porque su maestra lloraba. Pensó que le dolía la barriga por haber comida tantas galletas de chocolates.
—Greta, lo siento, no quise hacerte sentir mal, o darte recuerdos dolorosos.
—¡Estoy bien!—interrumpió a Ana—, ya quiero irme a casa
Salió con grandes zancadas del lugar. Cada paso que fijaba era como arenas movedizas que la trataban de arrastrar a las profundidades del dolor, del odio, de la soledad, de la amargura. Finalmente, logró salir de la casa, más no del lodo que congelaban sus pasos para una sanación. Definitivamente, Greta Meyer no podía sanar correctamente hasta no ver a su enemigo sufrir, muerto, o esta guerra de porquería acabarse.
Deseaba con todas sus fuerzas que el reinado de Hitler se desvaneciera, y sufriera mucho, de la misma forma que lo hizo con todas las personas que ha lastimado. Particularmente, el gobierno del tercer Reich había herido a profundidad el corazón de Greta, al punto que estaba segura que nunca más volvería a ser la misma.
Con su mente en nubes de embrollos, llegó a su casa desahogando todas sus lágrimas, mejor dicho, su alma entera. Se descargó en llanto de la misma forma que las nubes cuando condesa el agua y están lo suficientemente cargadas como para hacer llover en todos lados.
Vió su diario en la cama y lo acarició, abriendo otra página que la llevaba a un pasado agridulce.
Querido Yahweh
En estos últimos meses no hemos hablado mucho. Específicamente, 8 meses, vaya, cómo pasa el tiempo... nunca se detiene. Te escribo para ponerte al día de mis aventuras. Primero: gané una medalla por ser la mejor estudiante... ¿que tal? mi padre está orgulloso de mí, al punto de que me regalará un piano. ¿Puedes creerlo? un piano... uno mío. estoy tan feliz que no paro de sonreír, sé que son tus bendiciones, gracias por haberme favorecido.
Segundo: Mi hermano Uriah avanzó en el piano, ¡al fin! no es tan detallista como yo, pero es aceptable su música. Por cierto, le ha dicho a madre que cuando sea adulto se irá a viajar por el mundo, la cuál, a papá le molestó la idea, y mi mamá casi se infarta. Yo no tuve que opinar, por mi está bien lo que haga. Ilumina a Uriah.
Tercero: Benjamín y yo nos hemos hecho novios en secreto... Me da pena no contárselo a mi madre, solo que... no tenemos la suficiente confianza como para decirle, estoy segura que se enfadaría mucho. Ayúdame Yahweh, ilumina mi camino, tengo miedo pero no quiero dejar a Benjamín, estoy enamorada de él, lo amo tanto. Sólo confío en tí.
Tuya: Leah
Greta fue conciente de que sus lágrimas mojaban las hojas de sus diarios, por eso, no tardó con sus manos secarlas pasando a la otra página.
Querido Yahweh.
Odio a Uriah, lo odio, lo odio.
Han pasado 3 meses desde que soy novia de Benjamin en secreto, y por fin, tuve mi primer beso. Fue mágico, encantador. Estábamos escondidos detrás del templo cuando sus labios se unieron con los míos. Te juro que pensé que se me saldría el alma por la boca. Ese mismo día llegué flotando en una nube de amor. Continuamos repitiendo la acción, algunas veces en detrás del templo, otras en la escuela, o cuando salimos a tomar un helado, claro, todo a escondida y con precaución. Lamento hacerlo en las afuera del templo, a veces me siento mal, solo que... cuando nuestros labios se unen con ternura no puedo evitar olvidarme hasta de mí misma.
Solo que está vez, Uriah nos ha descubierto, me chantajea. Me ha propuesto que haga sus deberes a cambio de guardar mi secreto, Yahweh... sé que está mal odiar, pero en este mismo instante tengo rabia en mi corazón, quisiera que se fuera lejos, que desapareciera de mi vida, no quiero que sea mi hermano.
Yahweh, te lo llevas o te lo mando.
Tuya: Leah
Greta lloró por esas últimas páginas, porque ahora más que nada anhelaba que su hermano estuviera cerca. Lo extrañaba demasiado. Lloró por sus palabras adolescente, se arrepintió por no haberlo abrazado cuando pudo hacerlo. Uriah ya no estaba, probablemente, estuviera muerto.
Uriah, el niño de los hoyuelos cuando sonreía, el chico que soñaba volar por todo el mundo le habían cortado las alas, y a Greta le apagaron sus luz.
La oportunidad de brillar ya no existía porque la tristeza la apuñalaba la mente y el corazón cada vez que podía.
Greta Meyer soñó esa noche, soñó con unos grandes ojos verdes y una voz que le susurraba al oído: Señorita Música.
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Notita: Los veo en comentarios. Hasta aquí, ¿que les parece la historia?