Me encuentro en la casa de mis padres junto a mi prometida. Llegue hace dos semanas de New York. Aun Samuel no me dice del todo de que tratara este matrimonio. Luego de llegar a mi apartamento me di cuenta de todo lo que hice en esa ciudad, desde mi multimillonario contrato hasta mi aventura con esa chica, cuyo nombre no sé, aún. Lo interesante del caso es que aún no siento remordimiento, ni siquiera por aceptar casarme con una chiquilla. ¡Por Dios!, hasta ahora calculo que acepte casarme con una adolescente. Ni siquiera me cuestiono cómo será ella, cuál es su apariencia, sobre todo, ¿Qué necesidad yo podría tener, para decir sí, a ese loco contrato? A largo de mi carrera he trabajado bastante y ese me ha llevado a tener un importante patrimonio, así que por dinero no es. Miro a Chrysta

