Capítulo — La Capilla del Reencuentro Juan Alberto conducía como si la vida entera se le fuera en cada curva. El reloj marcaba las 12:45 y la presión le clavaba un hierro en el pecho. En la mente de Alejandro solo había un eco que lo devoraba: Elena. Sus manos temblaban, todo le dolía; la pierna ardía como fuego. Cada bocinazo que Juan Alberto daba, cada semáforo que respetaba, era una súplica muda a Dios: “Déjame llegar a tiempo, déjame encontrarla.” Juan Alberto no necesitó explicaciones. Sabía perfectamente dónde debía llevarlo. Alejandro lo miró con ansiedad y él apenas respondió: —Acá venían siempre con Dylan. Cuando dobló por la calle angosta que conducía a la capilla, la respiración de Alejandro se le cortó. El campanario asomaba entre los árboles: sencillo, humilde. Aparcó el

