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La Reina Oscura

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Sinopsis.

La Reina Oscura.

La historia comienza en 1557 cuando la paz dejaba de reinar en Neverest. Una tierra donde la magia renacería del olvido y el odio tomaría protagonismo pero también donde la guerra estaría a punto de estallar.

El Rey ha muerto y con ello el robo de la corona y su linaje. María Antonieta, hija del rey Stuardo III será quien deba recuperar el poder que le corresponde como la sucesora del reino, pero el maléfico rey de la tierra de Smut, tío de la misma, querrá apoderarse de lo que cree que le pertenece incluyendo la mano de su sobrina.

¿Podrá la princesa coronarse como la reina de Neverest o sacrificará su linaje y se rendirá ante un amor inmortal?

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Recordando el pasado.
La Reina Oscura. 10 años atrás. Era mi cumpleaños número ocho, miraba como las rosas perdían su color, nada florecía y las cenizas cubrían gran parte del cuerpo de la servidumbre. Estábamos siendo atacados en nuestro reino y el incendio había ocupado mucho espacio, la curiosidad avivó en mi ser y pregunté a mi padre porque sucedía todo esto, pero como siempre, reprendió mis preguntas y recordó que no era momento de saber algo sobre ello. Comencé a discutir en mi mente que pasaría y cuáles eran los secretos que guardaba ante mí con tanto celo. Ser la princesa de un reino como lo es Neverest, conlleva a mucha responsabilidad pero por mi corta edad, no cumplía por los momentos con algo, mi padre estaba empeñado en que recibiera conocimientos de todo ya que al cumplir 18 años, sería la reina por derecho y además de lo mencionado, debía tomar ese jarabe que preparaban para mí desde mi nacimiento, no podía perder un solo día pero hoy sería el primero y eso me alegraba considerablemente. Estaban tan ocupados con lo que ocurría, que olvidaron por completo, mi respectiva dosis. En efecto, pregunté por ese hábito entre llantos cuando tuve un poco más de razón y capacidad, pero la esclava que cuidaba de mí en aquel momento respondió, que era orden del rey y debía obedecer. El sabor no era el mejor pero el olor causaba sensaciones nauseabundas. Había una revolución constante, todo giraba en torno a conversaciones furtivas, mandatos a gritos, una reunión secreta, mis clases de defensa postergadas, el castillo rodeado por el ejército del reino invasor y yo era conducida por el pasillo real hacia la habitación oscura. Fuertes gritos y golpes escuchaba a lo lejos. Era custodiada por tres hombres, mi padre no era uno de ellos, suponía que peleaba como el guerrero que era por nuestras tierras que siempre estaban en guerra. — Pase lo que pase, no se mueva princesa — mencionó uno de ellos. En mi interior comenzaba a sentir una fuerza muy grande pero a la vez muchísimo miedo. Las lágrimas salían, era una niña indefensa que solo había practicado con una espada de madera desde hace dos años. No reconocía la muerte, sin embargo, sabía que se había llevado a mi madre en mi nacimiento o por lo menos fue la historia que mi padre contó sin detalles. Los hombres entraron y pude presenciar por primera vez como la sangre abandonaba aquellos cuerpos. Mataron a los de mi reino y me tomaron del brazo arrastrándome fuera de la habitación. Comencé a gritar tan fuerte como pude entre llantos desesperados pero ya me encontraba fuera del castillo. A mí alrededor veía cuando mi padre que peleaba con mucho fervor. Él corrió hacia mí al verme ser arrastrada por estos hombres, pero muchos guerreros lo rodearon sin darle respiro. Creí que sería la última vez que lo vería. Caí al suelo y mis lágrimas mojaban mis manos, sentía como mi corazón latía muy fuerte y cuando toqué la tierra, comenzó a temblar. Todos me miraron y gritaron consignas negativas sobre eso que había hecho. — Es un bruja — gritó uno de ellos. El líder específicamente. — Tu hija es una bruja y el rey de Smut, debe saberlo — Se volvieron a mí con un acercamiento veloz y repetí la acción. Grietas se formaron en la tierra haciéndolos caer. Sentí mis ojos calentarse como el propio fuego, ardían, dolían pero en un abrir y cerrar de ojos, el ejército de nuestro reino combatió sin descansar y derrotaron a todos con una victoria segura mientras que mi pequeño cuerpo caía en brazos de mi padre. No supe de mi hasta ya entrada la noche cuando desperté con un profundo dolor en mi cuerpo como si un centenar de yeguas pasaron por encima de mí. Me levanté y con pasos descalzos, salí en busca de mi padre. Frente al salón donde se encontraba, escuché una voz desconocida. Una voz femenina y algo ronca. — No permitiré que tus hechizos enfermizos perturben a mi hija, bruja desalmada — decía mi padre molesto pero la otra voz rió de una forma que me dio escalofríos. Por un espacio abierto de la puerta vi un vestido n***o con cintas plateadas. El rostro estaba oculto. — Harás lo que te diga, de no ser así, nuestro acuerdo se rompe hoy mismo — Dorothea, la esclava encargada de mi, gritó mi nombre y de inmediato supieron que estaba allí escuchando lo que no debía. Ella tomó mi mano y nos marchamos. Mi padre de seguro castigaría mi acción. — ¿Te sientes bien? — preguntó preocupada. — Un poco Dorothea, pero no sé que es eso que allá afuera hice — Ella sonrió con cariño y me dijo al oído que no me preocupara, que todo estaría perfecto. Por otro lado, mi cumpleaños creí que mi padre lo había olvidado, pero entró a mis aposentos ya tarde con un regalo que me sacó una sonrisa. Una espada de hierro. — La he guardado para ti desde que supe de tu nacimiento — y tocó mi frente. — Serás una reina y tendrás que defender tu reino algún día y ella — dijo tocando la espada. — Te ayudará en el proceso Antonieta — — ¿Y si no logro hacerlo padre? — — Eres especial, hoy te diste cuenta de ello, podrás con todo, pero debes guardar esas fuerzas y no mostrarlas, podrían apartarte de tu responsabilidad — y miró fijamente fuera de mi ventana, hacia el balcón. — Ven conmigo un momento — me levanté y fui tras él. — Todo lo que ves es y será tuyo, nadie podrá quitártelo, es tu legado, nuestra dinastía debe continuar — Miré todo ese rato a su lado la increíble vista que poseía los alrededores de Neverest. Unos colores deslumbrantes alborotaban mi visión, eso antes no lo había visto. —¿Qué es eso? — — Lo sabrás después — y suspiró. — Lo único que ahora puedo decir es que será nuestra salvación hasta que te conviertas en mi sucesora y estarás conectada a ese pequeño brillo por siempre— No supe que responder, no sabía de qué se trataba, pero los colores alrededor de Neverest y el pueblo no permitía ver más allá, pero antes si podía verlo. Era de confusión total. Una línea brillante cubría todo el reino incluyendo, el pueblo de Neverest. Al día siguiente me levanté con un dolor de cabeza que luego de dos horas, se intensificó. Mi padre no estaba y Dorothea secaba el sudor de mi frente con agonía y preocupación. — Todo pasará princesa — Después de un tiempo que no supe calcular del modo correcto, apareció mi padre pidiendo explicaciones sobre el jarabe. Cuando abrí los ojos completamente, sentí fuego en ellos como cuando estuve expuesta en la batalla y comencé a llorar, Dorothea, se acercó para tocar mi frente, la aparté de un golpe lanzando su cuerpo metros de mí. Escuché decir que era imposible que una simple niña como yo pudiese hacer tal cosa, que era la salvadora, que tenía poderes y que era sobrenatural, entre otras cosas que de seguro decían asombrados. — ¡Largo! ¡Ahora! Y ni una palabra de esto, el que lo haga, será ejecutado con toda su familia — gritó a todos los que estaban allí quedando solo él y yo. — Antonieta, mírame — ordenó. — ¿Por qué me siento así? ¿Qué soy? — él me miró muy profundo. — Eres Antonieta, una pequeña reina oscura — Sentía en mi interior fuego ardiendo y una fuerza que deseaba salir de mi cuerpo. Dorothea entró y colocó en mis labios algo que fue apaciguando todo dolor e incomodidad. Sentí pena por ella, cojeaba y sentía dolor. El día siguiente llegó luego de unas pocas horas, miré a mi alrededor y me encontré sola, escuché un carruaje y al asomarme al balcón, pude ver esa figura femenina que el día anterior había estado en el castillo. La acompañaba un enano con orejas enormes además de una mancha en su mano con forma de luna llena. Ella volteó como si supiera que yo estaba allí, pero su rostro lo ocultaba una pequeña tela de seda, hizo una reverencia y subió. Se marchó dejando la segunda incógnita en mí con tan corta edad.

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