Neverest

1622 Words
La Reina Oscura. Rey Louis Stuardo III. Diez años después. Me encontraba viendo a mi hija tirada en el piso con el filo de una espada rozando su cuello. Podía sentir como la rabia por estar así la dominaba. Practicaba con el ejército del reino que gobernaría dentro de poco. Aunque ya no tenía edad para éstas cosas, supervisaba su entrenamiento y era severo tanto o más como con uno del ejército. — María Antonieta, no pierdas el norte, enfócate — ordené y me marché. Antes, la vi asentir. Estuvo por horas allí, logré verla desde el balcón con un ímpetu y una destreza que me hacía sentir orgulloso de ella, pero no podía demostrarle ese hecho, debilitaría eso por lo que tanto había trabajado. Ya los soldados estaban cansados y de seguro no comprendían como ella, estaba sin ninguna molestia siendo una joven delicada. Dorothea fue en su búsqueda, debía prepararse para la cena de hoy. Comencé a recordar como mi Reino era hace 50 años atrás y como mi padre permitió que cambiase al llenarse de avaricia. Siempre que veía a mi hija, sentía que ella cambiaría todo y volvería a hacer el pueblo de antes. Neverest era muy hermosa. El Reino era lleno de hadas, magia blanca, con los guerreros más fuertes, la tierra más amplia y la llamaban la ciudad de los reyes nobles: El poder, el esplendor y un lugar mágico. Los visitantes de los reinos contiguos decían que hasta las piedras brillaban con su luz interior y la ciudad contenía escenas mágicas. Las hadas Por la noche, Neverest brillaba como un fuego plateado y aunque podías verlo desde lejos, deseabas sumergirte en ella tan cerca como fuese posible. Neverest hoy en día mantiene su belleza pero las tradiciones se han perdido por las constantes batallas en los últimos años, la muerte y desigualdad han sido causante de ello pero también la inclusión de esclavos hace ya muchos años pertenecientes a otros pueblos quienes crearon una r**a mortal. La eternidad terminó hace cincuenta y dos años. Por consiguiente, Neverest es acediada por mi hermano, el rey de Smut. Un pueblo que vive en matanza y sangre de forma repetida y su rey disfruta de ello. Él desea este reino con fervor alegando que Antonieta no es digna de la corona por sus dotes, mismos que luché para que no se supiera hasta después de un siglo, pero fue inevitable. — Mi señor, ya está aquí el mensajero — sacándome de esos pensamientos profundos entra el hombre. — Su majestad — y hace una reverencia. — Me mandó a llamar — — Así es. Necesito saber dónde está la bruja — — Agatha está en todas partes mi señor — y miró a los lados. — ¡Tonterías! Debe haber una forma como encontrarla. Es de vida o muerte — y respiré agobiado. Es imposible que esa maldita bruja desaparezca de esa forma. Estaba a punto de recibir una invasión por mi propio hermano y ella sería el arma secreta para la destrucción total de aquel reino. — La única manera es su hija, ella puede localizarla. Ella puede salvarnos, ella ... — — ¡No vuelvas a mencionar eso jamás! — y lo tomé del cuello. — No estás autorizado en hablar de ese tema — lo solté y le pedí a mi soldado de confianza que lo sacara. Tomé asiento angustiado. Hace diez años hice un pacto con la misma bruja en quien mi padre confió en su lecho de muerte, dejándome llevar por la angustia de volver a tener la tierra que me pertenecía. — Mi señor — mi soldado de confianza entraba nuevamente. — La línea divisoria está debilitándose y cada día perdemos más aldeanos de forma extraña — y bajaba la cabeza. Mi hermano enviaba fuerzas malignas a acabar con el pueblo de Neverest. De forma sospechosa extraían su corazón y otras ocasiones se llevaban su cuerpo desapareciéndolo por completo. — Está buscando la forma de entrar y acabar conmigo. Quiere a mi hija y su poder. Reúne en la habitación oscura a todos los soldados con rango mayores incluyendo a nuestro infiltrado — — Ya viene en camino — — Esperemos entonces, él nos ayudará con la información que necesitamos de Smut — — Mi señor, perdone que diga esto, pero debo hacerlo. Por el tiempo que nos conocemos — hizo una pausa. Eskel era un soldado leal, mi mano derecha y tenía más de un siglo en Neverest y aunque la mortalidad lo estaba dominando como al resto de mis soldados y esclavos de confianza, seguía luchando. — Antonieta salvará nuestro Reino, tal y como dijo la bruja, ya es su tiempo — Respiré profundo, no iba a involucrar todavía a Mi hija en esto. En efecto se había preparado y ella reconocía su poder pero debía obtener mi corona y luego conducir a su pueblo, su reino a la vida eterna. — Debe obtener la corona primero, antes nunca. Mi hermano no la aceptará y querrá apoderarse de Neverest — dije expresando una molestia sin igual. — Si ella muere, la inmortalidad no llegará nunca a ti, a los demás, a nuestro pueblo. Las hadas no volverán y la magia será oscura — Era un hecho que solo Eskel, los soldados y esclavos del reino se mantenían inmortales, pero esa fina línea ha ido debilitándose. La única con el poder de vivir eternamente sería de Antonieta, para eso fue el pacto. — O la aceptan o la aceptan, pero no puede ocultar quién es, y menos siendo ella la causante de las guerras y batallas. Es mejor acabar cuanto antes. Después nos enfrentaremos a lo que ocurra, sea lo que sea — — Reúne a todos, lo hablaremos en la habitación oscura — dije resignado. En la cena, a la que solo estaría mi hija, los soldados de confianza, Eskel y el infiltrado había comenzado. En Antonieta no había un rasguño después de su entrenamiento y la delicadeza de sus manos permanecía intacta. La miraba hacia el otro extremo de la mesa y sonreía con respeto y admiración. Una admiración que no merecía en lo absoluto, le guardaba unos secretos por los que me odiaría el resto de su existencia, pero era necesario y esperaba fervientemente que entendiera. Brindé por ella. — Brindo por la sucesora a mi trono, por la futura reina de Neverest y por mi hija. Una guerrera que muy pronto tomará el poder y hará de nuestro reino, un lugar digno de admirar — — Gracias padre — e hizo una reverencia. Su belleza no tenía nombre, su larga cabellera negra, con profundos ojos grises y la piel blanca, con el andar de una diosa y la fuerza de una soberana hacía de ella que todos en nuestro reino sintieran un respeto innegable. Se lo había ganado, ya faltaban dos días para su cumpleaños dieciocho pero sus conocimientos avalaban más edad. De repente entró el mensajero, lleno de noticias. Nos retiramos dejando a mi hija sentada en la mesa. — ¡Habla de inmediato! — —Mi señor, una tormenta vendrá dentro de poco y con ella el reino de Smut y su Rey. Las brujas y hechiceros más relevantes con las fuerzas malignas que aún desconocemos vendrán — — ¿Quién lo ha dicho? — — La bruja — En ese instante un dolor en mi pecho me embargó dejándome inconsciente. La noticia me había hecho perder la poca fuerza que tenía. Estar inconsciente duró un par de horas. Dorothea estaba a mi lado y miraba expectante mi debilidad mientras limpiaba mi rostro con agua tibia. — ¡Padre! — y entraba con Eskel. — Debes hablar conmigo y decirme que es lo que ocurre y porque estás debilitándote así. Déjame ayudar — — Antonieta, debes guardar esas fuerzas para una batalla que se acerca. No pierdas el tiempo ahora— dije con voz débil. Soltó mis manos y comenzó a andar por la habitación con molestia. Sus ojos ya no eran grises, eran negros y sus manos emanaban un calor insoportable. — Princesa, por favor. Quema — replicó Dorothea. Ella se dio cuenta de lo que causaba y paró de inmediato. — En años he descubierto que soy capaz de muchas cosas, he guardado tus mandamientos con respeto, he sido ejemplo para muchas doncellas y me he convertido en una Stuardo, pero sino vas a dejarme actuar, entonces dime lo que ocurre — y una lágrima adornó su rostro. Pedí a Dorothea y Eskel presenciar nuestra conversación. Sabía que no todo podía decirle, pero si en cuanto la lucha que venía a nuestro reino. — El Rey de Smut, tu tío Henry Stuardo, quiere este reino y durante años ha batallado para obtenerlo. No obstante lo hizo de forma intolerable en el momento que naciste y es él quien ha matado a nuestro pueblo— y comencé a sentirme más débil. — De ser el rey de Neverest, no podremos recuperar nunca nuestro pueblo y tú te convertirías en una mancha y esclava. Tu tío es un ser inescrupuloso, con ansias de poder y riqueza. No puedes permitir que el gobierne nuestra tierra hija mía — — Padre, soy tu hija, estoy viva, ¿Por qué quiere él reinar cuando por sucesión debo ser la Reina de Neverest?— — Porque él la acusa de ser una hechicera y no cree que siendo así, sea la reina cuando él se considera legítimo — ésta vez era Eskel quien daba respuestas. — Pienso que por hoy es mejor dejar que el Rey descanse — y me miró haciendo una reverencia. Antonieta besó mi frente y susurró un te quiero del cual creí encontrar la paz.
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