Prólogo
Dicen que las hermanas pelean por todo, que sus enojos son pasajeros, que siempre se perdonan todo lo que se hacen o dicen. Pero estas dos hermanas no lo harán, al menos no por ahora. Deberán pasar por muchos baches para comprender que, a pesar de todo, no pueden separarse por el orgullo y mucho menos por su terquedad.
La vida en el pequeño pueblo Sierra Cayena siempre fue simple, práctica y sencilla. Pero ya saben lo que dicen: Pueblo chico, infierno grande. O eso fue lo que escuche alguna vez, siguiendo con el relato. Las hermanas Ana Marie y Ana Lucia siempre fueron distintas la una a la otra. Mientras Ana Marie quien es la mayor, siempre ha sido tímida, impulsiva y callada, Ana Lucia quien es dos años menor, habladora, sociable, influenciable y muy alegre. Como el agua y el aceite. Ambas comparten a la misma madre pero no al padre, mientras que Ana Marie es morena, alta, delgada, cabello n***o ondulado y ojos oscuros; Ana Lucia por el contrario es un poco más baja que su hermana, piel blanca, un poco más rellena, cabellos lacios castaños y ojos claros.
Si me lo preguntan, con toda honestidad diría que ambas se parecen a su madre en sus rasgos faciales. Pero me estaría desviando del tema.
Sierra Cayena es un pueblo cercano a las montañas, allí la tierra es fértil como el jardín del edén, en esas tierras abundan los granjeros, albañiles y comerciantes. Las hermanas vivían en una casa cómoda. Por supuesto, gracias a los negocios de su familia. Además de que muchos de sus familiares han podido estudiar grandes carreras, una de las tías de Ana Marie y Ana lucia es maestra, otra es enfermera y sus tíos tienen trabajos como en el negocio de la sastrería, policial y militar. Una familia que cultiva no solo grandes granjeros sino también grandes profesionales.
Volviendo a las hermanas. Ana Marie siempre fue una alumna excepcional, responsable, puntual y muy participativa, pero Ana Lucía no compartía el intelecto de su hermana, escapaba de clases, no prestaba atención, se reunía con malas influencias (o al menos eso era lo que decía Ana Marie). Y el hecho de que su madre y los maestros las compararan tanto no ayudaba en nada a Ana Lucia, las discusiones que ambas protagonizaban a veces terminaban en altercados físicos, palabras hirientes y como resultado unos días de silencio y malas miradas. Pero, como todas las hermanas, siempre se perdonaban.
Los años pasaron y Ana Marie recién cumplió sus veinte años, estudia en la ciudad de Santo Domingo administración de empresas, y cursa al mismo tiempo idiomas para reforzar sus conocimientos de inglés, francés e italiano. Ana Lucia cumpliría los dieciocho dentro de unos meses, no estudia en la universidad aun, porque no tiene idea de lo que quiere. Inicio cursos que nunca pudo terminar y salía actualmente con un chico de su edad. Los caminos de las hermanas siempre parecía tomar rumbos distintos; sus gustos, sus formas de ver la vida, sus mentes e ideas siempre fueron distintas. Pero en algo si coincidían, en su amor y cariño mutuo.
Cuando llego el ansiado cumpleaños número dieciocho de Ana Lucia, Ana Marie había llegado con antelación a su pueblo natal, quería sorprender a su hermana. En la fiesta todos sus familiares y amigos estaban ahí para celebrar a Ana Lucia, bailaron bachata, salsa y reggaetón (los más jóvenes y uno que otro adulto). ¿Quién diría que al día siguiente toda la felicidad, emoción y alegría se esfumarían de la nada? Pues, Ana Lucia después de cumplir sus ansiados dieciocho, se fue al pueblo vecino a vivir en la casa de los padres de su novio. Dejando a toda su familia y a su hermana sin decir nada ni previo aviso.
¿Los lazos de sangre que las unen serán suficientes para no distanciarse?
¿Podrá Ana Marie salir de su zona de confort?
¿Podrá Ana Lucia comprender lo que en verdad significa ser un adulto?