Para Daphne los días se hacen más pesados, sobre todo porque aquella carta la mira desde su escritorio, sabe lo que tiene que hacer, pero no se atreve. La toma al menos cuatro veces al día, pero luego vuelve a dejarla en el mismo lugar porque aquello le pesa más que cualquier otra cosa.
Y es que la culpa es así.
Sin embargo, la cena le dejó un sentimiento de ligera calma, por lo que decide darle en el gusto a Dalila y comienza a visitarla cada semana, al menos una vez.
Ambas se sumergen en conversaciones profundas, comparten recetas y comidas, caminatas por el jardín y todo eso bajo la atenta mirada de Magnus, quien tiene todo lo necesario para iniciar con su venganza.
Y es en ese contexto que se acerca a ellas con ese porte de hombre misterioso que a Daphne le produce sensaciones raras, y le dice a su hija.
—Cariño, tu esposo ya llegó a casa, al parecer trae buenas noticias.
—Eso espero, padre… en medio de todo lo que está pasando, creo que eso sería una luz —mira a la chica y le dice con un gesto complicado—. Dame unos minutos, cariño. Vengo enseguida.
—No se preocupe, tal vez es hora de que me vaya, no quiero incomodar —dice mirando de reojo a Magnus porque siempre he tenido la impresión de que a él no le agrada.
—Quédate a cenar —le dice Magnus con la vista clavada en uno de los árboles.
—Muchas gracias, pero…
—Estoy seguro de que mi hija será feliz si te quedas —Daphne ve la sonrisa ilusionada de Dalila y termina cediendo.
—Está bien… me quedaré —Dalila da pequeños saltos de alegría y luego corre a la casa para ver a su esposo.
Daphne se queda parada mirando el piso algo nerviosa, hasta que luego siente que Magnus se aclara la garganta y cuando levanta la mirada nuevamente, lo ve ofreciéndole el brazo para que se engancha él.
—Ustedes estaban caminando por el jardín, no quiero decepcionar a mi invitada —Ella, con cierto nerviosismo, acepta el gesto y pasa su mano para aferrarse al brazo de Magnus, lo que le sorprende el sentir un brazo fuerte y cálido.
No se imaginó que un hombre de su edad tuviera un cuerpo así, pero no es eso lo que más le agrada. Es como si todo en el la llamara por una extraña razón.
Lentamente comienzan a caminar y él la guía hasta los árboles frutales que tiene la casa, una zona que muy poco visita con Dalila, porque hay algunas flores que le dan comezón en la nariz. Se queda mirando un manzano en donde hay varios frutos rojos y que se ven deliciosos.
Magnus repara en su expresión y toma uno de ellos que alcanza con completa facilidad debido a su altura. Se lo ofrece a Daphne y ella lo acepta con una expresión asombrada formando una «o» con su boca y que Magnus le parece completamente tentadora.
—Gracias… —Daphne la mira con una sonrisa y Magnus le dice con una voz ronca que la estremece, provocando satisfacción en el hombre, porque no le es indiferente a la chica.
—Deberías venir más seguido a casa.
—Me gustaría, pero durante la semana me ocupo de la universidad y también sé que la señora Dalila está ocupada con la empresa.
—Tal vez no debas venir solamente a visitar a mi hija —Daphne lo mira directamente a los ojos y ve cómo Magnus le sonríe por primera vez. Es una sonrisa seductora, cálida y que la hace sentir algo mucho más extraño, como si mariposas se agitaran en su estómago.
—Haré… Haré lo posible.
Ambos siguen caminando hasta que Magnus la lleva con dirección a la casa sin soltarla ni una sola vez. Entran por la cocina y ella se encarga de lavar muy bien la manzana para luego darle una mordida, acción que a Magnus lo satisface profundamente porque siente que la muchacha ha caído.
Es así como Daphne comienza a visitar a la familia sin importar el día ni la hora. Cada vez es más frecuente verla cenar con ellos más que con su padre, quien llega cada vez más tarde de la oficina, hasta que las cosas comienzan a ponerse un poco raras.
Un día en que la muchacha va saliendo feliz a la universidad, ve a su padre algo acongojado y se acerca a preguntarle porque no es normal verlo así.
—¿Pasa algo, padre?
—No, cariño, tranquila…
—Siempre me has dicho que la base de la confianza es contarnos las cosas. Dime ¿qué es lo que sucede?
—Es la empresa, hija… la competencia se ha vuelto dura, ha bajado los precios y estoy perdiendo clientes. Si esto sigue así, estaré en serios problemas financieros para finales de año.
—¿Cómo podría ayudarte, padre?
—Tú no te preocupes por eso, ya buscaré la solución —Pero Daphne no se queda tranquila.
En esos días, en una de las cenas con los Katsaros y Petrakis, Magnus la nota algo cabizbaja y cuando se quedan solos, no duda en preguntarle.
—Te noto preocupada, pequeña. ¿Qué sucede?
—Es la empresa de mi padre. Está teniendo algunos problemas financieros y eso lo tiene preocupado, tiene miedo de que si no lo soluciona antes de un mes, para fin de año tal vez la empresa ya no exista.
—Yo podría ayudarlo —Ella lo ve con los ojos ilusionados y Magnus sonríe internamente porque la trampa ya está lista—. Dile a tu padre que venga mañana a verme… Y por supuesto tú con él.
—Muchas gracias —Le dice ella con tanta ilusión que no se aguanta y termina abrazando al hombre.
Aquel contacto para ella es un símbolo de agradecimiento, mientras que para él es algo diferente. Hace mucho que una mujer no lo abraza de esa manera, sin embargo, en su mente se dice que no puede caer en aquella manipulación. Todo aquello no es más que la manera en que puede manipular a la muchacha y así conseguir lo que desea de ella.
Al día siguiente, para la cena, tanto Daphne como su padre llegan sonrientes. Giacomo estrecha la mano de Magnus y él los invita a la sala. Daphne mira a todos lados y con inocencia, le pregunta.
—¿No está la señora Dalila?
—Mi hija ha salido a cenar con su esposo.
Luego de eso, Giacomo le explica la situación de la empresa a Magnus, quien lo escucha atentamente y luego él le hace una propuesta tentadora.
—Estoy dispuesto a invertir una fuerte suma en su empresa, lo suficiente para bajar los costos en la producción y transporte de materiales, con dos condiciones.
—Claro, lo escucho.
—La primera es que quiero ser parte del directorio de la empresa, con capacidad de tomar decisiones tanto como usted, digamos que seríamos una especie de socios.
—Me parece perfecto ¿y cuál sería la otra?
—Quiero casarme con su hija.
Mientras que Giacomo se queda con la boca abierta, Daphne lo mira con sorpresa y su cuerpo comienza a temblar, porque esos días visitándolo y compartiendo más con él, ha nacido en ella un sentimiento romántico, uno profundo y cada vez lo ve más como un príncipe azul.
Que lejos está de la verdad…