CAPÍTULO UNO-1
CAPÍTULO UNO
—¿Papá? —repitió Emily.
Se quedó mirando al hombre que estaba en el escalón del porche, un hombre al que ahora apenas reconocía. Pelo plateado donde antes había sido n***o. La sombra de la barba incipiente en la barbilla. Las arrugas y los surcos que bordeaban su rostro. Pero no había duda. Era su padre.
Las palabras le fallaron. No pudo recuperar el aliento.
Las arrugas a los lados de los ojos de Roy se profundizaron mientras sonreía.
—Emily Jane —respondió.
Fue entonces cuando Emily supo que era real. Él era real. Era su padre.
Corrió tan rápido como pudo hacia los escalones del porche y se lanzó a sus brazos. Había imaginado este momento muchas veces, preguntándose cómo se comportaría si él volviera a ella. En su imaginación había actuado con frialdad, había sido distante, se había sobrepuesto a todo al no dejarle ver el dolor que su desaparición le había causado, ni el alivio absoluto que sentía al saber que él estaba a salvo. Pero, por supuesto, la realidad era completamente diferente. En lugar de mostrarse distante, le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó como si volviera a ser una niña.
Él era cálido, sólido. Podía sentirlo respirar con fuerza, cada expansión de sus pulmones traicionando sus emociones. Sus lágrimas aparecieron casi inmediatamente. Como si se tratara de una respuesta, ella sintió que las lágrimas de él mojaban sus mejillas y su cuello.
—Has vuelto —consiguió decir Emily, con la voz entrecortada al hablar. Sonaba tan joven y vulnerable como se sentía.
—Así es —respondió Roy entre profundos sollozos—. Yo...
Pero se detuvo. Emily sabía instintivamente que la única palabra que podía concluir esa frase era “lo siento”, pero que su padre aún no estaba preparado para lidiar con el torrente de emociones que esa expresión desataría. Emily tampoco lo estaba. No quería ir a esos lugares dolorosos todavía. Solo quería quedarse en este momento. Disfrutar de él.
Perdió la noción del tiempo que pasó mientras ella y su padre permanecían abrazados, pero sintió un cambio repentino en la forma en que su padre la abrazaba, una tensión de los músculos, como si de repente se sintiera incómodo. Se apartó de él y miró por encima del hombro para ver dónde estaba fijada ahora la mirada de Roy: Chantelle.
Estaba de pie en la puerta abierta de la posada, con una mirada de desconcierto en su rostro, como si tratara de comprender la extraña escena que tenía en frente. Emily podía leer todas las preguntas en sus ojos. ¿Quién es este hombre? ¿Por qué llora Emily? ¿Por qué lo hace? ¿Qué está pasando?
—Chantelle, cariño —dijo Emily, extendiendo una mano—. Ven aquí.
Emily vio en la vacilación de Chantelle una timidez poco característica.
—No hay nada que temer —añadió Emily.
Chantelle dio unos pasos hacia Emily—.
¿Por qué me mira así? —dijo en un susurro que Roy pudo oír claramente.
Emily miró a su padre. Sus ojos húmedos estaban muy abiertos por la confusión. Se limpió la humedad de las pestañas.
—¿Tienes una hija? —tartamudeó finalmente, con la voz cargada de emoción.
—Sí —dijo Emily, acercándose a Chantelle y tirando de la niña a su lado, en un medio abrazo—. Bueno, es la hija de Daniel. Pero la estoy criando como lo haría una madre.
Chantelle se aferró a Emily.
—¿Me va a llevar? —preguntó.
—¡Oh, no, no, cariño! —exclamó Emily—. Él es mi padre. Tu abuelo.
Giró entonces su mirada para encontrarse con la de su padre.
—¿Papá Roy? —sugirió.
Él asintió inmediatamente. Parecía hechizado por la niña, sus ojos azul pálido brillaban con intriga.
—Se parece tanto a ella —dijo.
Emily comprendió inmediatamente lo que quería decir. Que Chantelle se parecía a Charlotte. No era de extrañar que supusiera que era hija de Emily; la propia Emily a veces se esforzaba por creer que no fueran las características genéticas de Charlotte las que se expresaban en Chantelle.
—Yo también lo veo —confesó.
—¿A quién me parezco? —preguntó Chantelle.
Emily sintió que esa línea de preguntas era demasiado para la niña. Quiso cerrarla de inmediato. Aunque se sentía como un cordero tembloroso, sabía que tenía que dar un paso adelante y tomar el mando.
—Alguien que conocimos hace mucho tiempo, eso es todo —dijo—. Vamos, papá Roy necesita conocer a papá.
Chantelle se animó de repente.
—Voy por él —sonrió y volvió a entrar corriendo.
Emily suspiró. Entendía por qué su padre se había sorprendido tanto por Chantelle, pero que un extraño la mirara así, como si fuera un fantasma, era lo último que la niña necesitaba.
—¿Realmente no es biológicamente tuya? —preguntó Roy en cuanto la niña desapareció.
Emily negó con la cabeza.
—Lo sé, es una locura. También es sensible como ella. Y amable. Divertida. Creativa. Estoy deseando que la conozcas —La voz se le quebró entonces, con un miedo repentino al pensar que Roy no se iba a quedar, que esto era solo una visita relámpago. Tal vez ni siquiera debía saber que él había estado aquí. Tal vez su plan era evitarla por completo, entrar y salir rápidamente antes de que ella tuviera la oportunidad de darse cuenta de que había vuelto, como sus viajes encubiertos en su destartalado coche que Trevor había presenciado desde su ventana de espía. Se frotó detrás de la oreja con torpeza—. Eso es, si tienes tiempo.
—Tengo tiempo —Roy asintió, con una pequeña sonrisa apareciendo en sus labios.
Justo entonces, Chantelle regresó, arrastrando a Daniel tras ella. Se detuvo en la puerta y miró a Roy.
—¿Papá Roy? —dijo, alzando las cejas, repitiendo claramente el nombre que Chantelle le había transmitido con tanta inocencia.
Emily vio la mirada que se cruzó entre ellos y recordó cómo Daniel le había hablado de aquel verano en el que era un adolescente y necesitaba un amigo, cómo Roy había estado ahí para él, le había ayudado a reconducir su vida. En ese momento se dio cuenta de que el regreso de Roy a Sunset Harbor significaba casi tanto para Daniel como para ella.
Roy ofreció su mano para que Daniel la estrechara. Pero para sorpresa de Emily, Daniel cogió la mano y tiró de Roy en un abrazo de oso. Ella sintió un extraño apretón en el pecho, una emoción peculiar que estaba entre la alegría y la pena.
—Creo que ya conoces a Daniel —dijo Emily, con la voz quebrada una vez más.
—Lo conozco —respondió Roy mientras se soltaba de Daniel, tomándolo en cambio por los hombros. Parecía abrumado por la emoción, pisando esa fina línea entre llorar de alegría y estallar en una risa aliviada.
—Nos vamos a casar —añadió Emily, un poco muda.
—Lo sé —dijo Roy, con una sonrisa de oreja a oreja—. He leído tu correo electrónico. Estoy encantado.
—¿Entramos? —preguntó Daniel a Roy, en voz baja.
—¿Puedo? —respondió Roy, sonando preocupado por la posibilidad de no ser aceptado de nuevo en la vida de Emily.
—¡Por supuesto! —exclamó Emily. Le agarró la mano con fuerza, tratando de decirle que todo estaba bien, que lo querían aquí, que lo aceptaban, que su regreso a ella era una ocasión feliz.
La cara de Roy parecía estar marcada por el alivio. Se relajó visiblemente, como si se hubiera superado un obstáculo que le preocupaba saltar.
Mientras se dirigían a la puerta, Emily se dio cuenta de repente de que la casa que su padre había abandonado hacía más de veinte años no se parecía en nada a la de antes. Ella se había hecho cargo, había cambiado todo, había cambiado su propósito de casa familiar a posada. ¿Se enfadaría él?
—Hemos hecho algunas reformas —dijo ella rápidamente.
—Emily Jane —respondió su padre con voz amable y firme—, sé que has estado viviendo aquí. Que ahora es una posada. Está bien. Estoy feliz por ti.
Ella asintió, pero aún se sentía ansiosa por dejarle entrar. Chantelle abrió el camino y uno a uno fueron entrando en el vestíbulo de recepción, Roy iba al final, con un paso más lento y rígido de lo que Emily recordaba.
Se detuvo en el vestíbulo y miró a su alrededor, con la boca abierta por la sorpresa y el asombro. Cuando vio el mostrador de recepción, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Esto es...?
—¿El mismo que le vendiste a Rico? —dijo Emily—. Sí.
La posada había sido originalmente una casa de huéspedes antes de que los propietarios la abandonaran. La historia de Roy con la casa reflejaba la suya al revés. Él había querido que este lugar fuera una casa familiar, un refugio para las vacaciones de verano. Emily lo había convertido en una casa de huéspedes, un negocio.
—No puedo creer que lo haya conservado todos estos años —dijo Roy con sorpresa, todavía mirando el escritorio. Luego volvió los ojos hacia Emily—. ¿Recuerdas el día en que se lo vendí?
Emily negó con la cabeza en silencio.
—Te empeñaste en que no lo vendiera —dijo con una risita—. Habías puesto una Barbie en cada uno de los cajones. Decías que era un hospital para tus muñecas.
—Creo que sí lo recuerdo —respondió Emily, sintiéndose un poco melancólica.
—Rico fue muy amable al respecto —añadió Roy—. Te ayudó a “trasladar” a tus “pacientes” a otro lugar. Creo que eligió el armario bajo el fregadero —También él se puso algo melancólico, y desvió su atención del mostrador de recepción para volver a las obras de renovación—. Esto es realmente increíble. Has hecho un trabajo fabuloso.
El sonido de orgullo en su voz hizo que el corazón de Emily se estremeciera. Este momento era mucho más de lo que ella podía esperar. Era perfecto.
—¿Quieres una visita guiada? —preguntó ella.
Roy asintió. Emily le condujo primero a la cocina. Dentro, podían oír los sonidos de los perros ladrando desde el lavadero.
—No sé qué asimilar primero —exclamó Roy, mirando a su alrededor la cocina totalmente restaurada con sus electrodomésticos y decoraciones retro originales—. ¡El increíble trabajo de renovación o el hecho de que tengas mascotas!
—¡Esta es Mogsy y su cachorro Rain! —anunció Chantelle, abriendo la puerta del lavadero y permitiendo que los dos entraran corriendo.
Se apresuraron a acercarse a Roy, olfateándolo y tratando de lamerle las mejillas. Roy se rio, las finas líneas de su cara se hicieron más pronunciadas, y les rascó a ambos detrás de las orejas.
—Normalmente no les dejamos correr por la cocina —explicó Emily—. Pero como es una ocasión especial...
Su voz se quebró cuando volvió la punzada de melancolía que había sentido antes. Estar con su padre no debería ser “especial”; se había convertido en eso al irse él.
Desde su posición agachada, él la miró, con una expresión llena de pesar.
De repente, Emily sintió una oleada de ira. Una parte de su dolor profundamente enterrado empezaba a burbujear hacia arriba.
—Vamos al comedor —dijo ella, apresuradamente, sin querer que saliera a la superficie.
Entraron en la habitación con la gran mesa de roble. Enseguida, Roy se dio cuenta de que la pesada cortina que antes colgaba sobre la puerta del salón de baile ya no estaba allí.
—Has encontrado el salón de baile —dijo.
Algo en el comentario irritó aún más a Emily. Esto no era un juego del escondite. Sintió que el calor se apoderaba de sus mejillas.
—Lo encontré. Lo restauré. Pronto me casaré en él —dijo, mientras pasaban por el pasillo de techos bajos y salían al enorme salón de baile.
Ella pudo oír la brusquedad en su voz y respiró profundamente para calmarse.
—Bueno, se ve hermoso —dijo Roy, ya sea que no se diera cuenta de su creciente enojo o que aún no estuviera dispuesto a enfrentarlo—. Me sorprende que las vidrieras se vean tan bien después de todo este tiempo.
—Las renovó George, el amigo de Daniel —explicó Emily.
—¿George? —dijo Roy, alzando las cejas—. Lo recuerdo cuando era así de grande —Hizo un gesto con la mano hacia la cintura para indicar la altura de un niño.