A Emily se le ocurrió entonces que Sunset Harbor era más el pueblo de su padre de lo que nunca había sido el suyo, que él conocía a la gente de este lugar mejor que ella, que en los años que había vivido aquí había echado más raíces de las que ella jamás podría esperar. Un nuevo sentimiento de celos se abrió paso en la compleja mezcla de sentimientos que ya estaba tratando de mantener a raya. Se esforzó por mantener una expresión neutral en su rostro.
A continuación subieron las escaleras y Emily le enseñó a Roy el dormitorio principal, la habitación que antes había sido de él y de Patricia, luego, presumiblemente, de él y de Antonia cuando ella la había visitado, antes de convertirse finalmente en la de ella y Daniel.
—Esto es fantástico —exclamó Roy—. Los colores son tan frescos.
A él le gustaban mucho más los colores oscuros, el tipo de tonos carmesí y azul marino con los que ella había decorado las habitaciones de los invitados. El blanco nítido y el azul cáscara de huevo habían sido mucho más cercanos a los gustos de su madre, y Emily se dio cuenta por primera vez al mirar su habitación de que su estilo era una mezcla perfecta de ambos. La afición de Roy por las antigüedades —que se veía en la enorme cama, el escritorio del tocador, la otomana— y la limpieza de Patricia en los colores blancos. Emily se sintió como si estuviera viendo la habitación de nuevo.
—Mi habitación está al lado —dijo Chantelle.
Emily se sintió aliviada por la distracción. Guió a Roy fuera de la habitación y entró en la de Chantelle, donde observó los encantadores muebles de temática animal que Emily había comprado para ella. Chantelle se paseó por la habitación, mostrando con orgullo su estantería de libros, su armario lleno de vestidos, su pila de peluches, su pared de obras de arte.
—Chantelle, tienes una habitación muy bonita —dijo Roy con amabilidad, recordando a Emily la suavidad que tenía con los niños, la dulzura con la que le había hablado cuando había estado en su vida.
Chantelle sonrió con orgullo.
—¿Elegiste no ponerla en la habitación que tú y Charlotte compartían? —preguntó—. ¿La sala de juegos con el entresuelo?
Emily sintió una pequeña sacudida de dolor en el pecho al oírle referirse a la habitación de su infancia. La había cerrado tras la muerte de Charlotte, obligando a Emily a cambiar de habitación. Esa había sido la primera señal, se daba cuenta ahora Emily, de que su padre no iba a procesar la muerte de Charlotte, de que su muerte iba a ser el catalizador para que la abandonara.
—Esa es la suite nupcial —explicó Daniel, tomando el relevo mientras Emily permanecía muda—. El entresuelo era un gran atractivo. Además, queríamos a Chantelle cerca de nosotros.
La emoción estaba siendo demasiado para Emily. No tenía ni idea de que fuera posible sentir tantas cosas conflictivas y complejas a la vez. De repente cayó en la cuenta de que, una vez terminada esta gira, una vez que se sentaran en el salón cara a cara, soltaría una explosión de rabia contra su padre.
De repente, sintió la mano de su padre en el brazo, tranquilizándola. Le miró a los ojos azules y vio la pena y el arrepentimiento que había en ellos, mezclados con un alivio absoluto. Él le decía en silencio que estaba bien, que entendía su enfado. Ella no necesitaba seguir ocultándolo.
Recorrieron el resto de la planta, echando un vistazo a algunas de las habitaciones de invitados para que Roy pudiera hacerse una idea de la decoración. Se detuvo brevemente junto a la puerta de su estudio. La última vez que había estado aquí era dos décadas más joven, su pelo n***o en lugar de gris, su cuerpo más delgado y ágil en lugar de la ligera panza que ahora se asentaba sobre su cintura.
—Es el mismo —respondió Emily—. No lo he cambiado.
Él asintió, pero no dijo nada. Ella se preguntó si él estaría pensando en la miríada de documentos que había encerrado en su escritorio, que ella había leído ahora. Las cartas y los secretos que había encontrado de él. Emily sabía que no había forma de saber lo que Roy estaba pensando. El hombre era tan misterioso para ella como lo había sido siempre.
Fueron al tercer piso y Roy se quedó un rato junto a las escaleras que subían al paseo de la viuda. ¿Tenía en mente la noche de Nochevieja? se preguntó Emily. ¿Aquella en la que le había dicho que no tuviera miedo, que abriera los ojos y mirara los fuegos artificiales? ¿O se había olvidado de todos esos recuerdos como ella lo había hecho antes?
Chantelle saltó de un lado a otro, mostrándole todas las habitaciones vacías. Parecía emocionada de tenerlo aquí, y muy orgullosa de mostrarle su casa. Emily deseaba poder sentirse tan ligera como lo hacía claramente la niña, pero había tantas cosas en su mente que la llenaban de angustia.
—Estoy realmente sorprendido por el trabajo que has hecho aquí —dijo Roy—. No debe haber sido fácil meter todos estos en suites.
—No lo fue —respondió Emily—. Además solo tuvimos unas veinticuatro horas para hacerlo. Lo cual es una larga historia.
—Tengo tiempo —Roy sonrió.
Emily no sabía ni cómo responder a eso. El tiempo no era algo que ella pudiera dar por sentado con él. No podía confiar en sus sentimientos.
—Vamos a la sala de estar —dijo ella, con rigidez—. ¿Tomamos algo?
Luego, dándose cuenta de su desliz al sugerir alcohol a un alcohólico, añadió rápidamente—: Café.
Con cada paso que daba por la escalera, Emily sentía que su ira aumentaba. Odiaba esa sensación. Quería que el reencuentro fuera alegre, pero ¿cómo iba a serlo, en realidad, cuando tenía todo ese resentimiento en su interior? Su padre tenía que escuchar el dolor que le había causado.
Llegaron al pasillo de abajo. Daniel se dirigió a la cocina para preparar el café mientras Chantelle acompañaba a Roy al salón. Se quedó boquiabierto cuando vio las renovaciones, la forma en que Emily había mezclado estilos nuevos y antiguos, la forma en que había incorporado el arte moderno y la cristalería de Kandinsky.
—¿Es mi viejo piano? —preguntó.
Emily asintió—. Lo hice restaurar. El tipo que lo hizo, Owen, toca aquí a veces. De hecho, tocará en nuestra boda.
Por primera vez, Emily tuvo una sensación de triunfo. Al no haber vivido mucho tiempo en Sunset Harbor, Owen no era alguien que su padre hubiera conocido antes que ella, durante más tiempo que ella, o que conociera mejor que ella. Había gente aquí que era la suya, que no estaba manchada por lo desagradable de ese pasado compartido.
—Owen me ayuda a cantar —dijo Chantelle.
—Oh, ¿cantas? —contestó Roy—. ¿Puedo escuchar un poco?
—Tal vez más tarde —Le cortó Emily—. Chantelle me prometió que hoy ordenaría todos sus juguetes.
—¿No puedo hacerlo más tarde? —suplicó Chantelle.
Estaba claro que quería pasar más tiempo con papá Roy y Emily no podía culparla. En la superficie era como un gigante gentil, un Santa Claus. Pero Emily no podía seguir fingiendo una sonrisa en su cara para siempre solo por el bien de Chantelle. Era hora de que ella y su padre hablaran como adultos.
Emily sacudió la cabeza—. ¿Por qué no lo haces ahora, y así tendrás todo el día para jugar con papá Roy, vale?
Chantelle cedió y salió de la habitación con un paso firme.
—Has abierto el bar clandestino —Observó Roy, mirando el reluciente bar renovado. Parecía impresionado por la forma en que Emily había mantenido la época del local de la misma manera que él, un homenaje a un tiempo pasado—. Sabes que es original.
Ella asintió—. Me lo imaginaba. Excepto las botellas de licor.
Sin Chantelle para amortiguar la situación, surgió una tensión entre ellos. Emily señaló el sofá.
—¿Quieres sentarte?
Roy asintió y se acomodó. Su rostro había perdido el color, como si sintiera que había llegado el momento de la verdad.
Pero antes de que Emily tuviera la oportunidad, Daniel apareció con una bandeja que contenía la cafetera, crema, azúcar y tazas. La dejó sobre la mesa de café. Se hizo el silencio mientras servía las bebidas.
Roy se aclaró la garganta—. Emily Jane, si tienes preguntas que hacerme, puedes hacerlas.
La capacidad de Emily de permanecer cortés y cordial se rompió—. ¿Por qué me dejaste? —soltó.
La cabeza de Daniel se levantó con sorpresa. Sus ojos estaban abiertos como platos. Probablemente no se había dado cuenta de que la alegría de Emily por tener a Roy de vuelta había arrastrado también su enfado, que había estado arrastrando su emoción durante todo el recorrido por la casa. Entonces se puso de pie.
—Debería darles un poco de tiempo a los dos —dijo amablemente.
Emily levantó la vista hacia él. Parecía tan incómodo allí de pie, como si se hubiera entrometido de repente en un asunto privado, y Emily se sintió un poco culpable por haber agriado la conversación tan rápidamente en su presencia, sin darle la oportunidad de excusarse de una manera más educada.
—Gracias —dijo ella mientras él se apresuraba a salir de la habitación.
Volvió a mirar a su padre. Roy parecía herido por su evidente dolor, pero respiraba con calma y la miraba con ojos amables.
—Estaba roto, Emily Jane —comenzó—. Después de perder a Charlotte era un hombre destrozado. Bebía. Tuve aventuras. Me alejé de mis amigos en Nueva York hasta que no pude soportar más estar allí. Tu madre y yo nos separamos, aunque eso tardó en llegar. Vine aquí para rehacer mi vida.
—Solo que no lo hiciste —replicó Emily, acalorada—. Te escapaste. Me dejaste.
Podía sentir que las lágrimas pinchaban en sus ojos. Los de su padre también se estaban poniendo rojos y empañados. Miró hacia su regazo, con una expresión de vergüenza.
—Estaba ignorando las cosas —dijo con tristeza—. Pensé que podía fingir que todo estaba bien. Aunque habían pasado años desde la muerte de Charlotte, no me había permitido sentir nada. Nunca entré en la habitación que ustedes compartían, las trasladé a otra si lo recuerdas.
Emily asintió. Recordaba perfectamente a su padre bloqueando el acceso a algunas partes de la casa, haciendo que ciertas áreas estuvieran fuera de sus límites durante sus visitas de verano —el paseo de la viuda, el tercer piso, los garajes, su estudio, el sótano— hasta que ella casi había olvidado que existían o lo que contenían. Recordó su comportamiento cada vez más errático, su obsesión por coleccionar antigüedades, que le parecía menos un pasatiempo y más una compulsión, su comportamiento de acaparamiento. Pero, además, recordaba la disminución del contacto, la forma en que pasaba cada vez menos tiempo con él en Maine hasta que llegó a los quince años y, un verano, él simplemente no apareció para recogerla. Esa había sido la última vez que lo vio.
Emily quería ser comprensiva con las acciones de su padre. Pero aunque una parte de ella comprendía que era un hombre roto que un día se había quebrado, el tormento que sus acciones le habían causado no podía explicarse sin más.
—¿Por qué no te despediste? —preguntó Emily, las lágrimas cayendo a torrentes por sus mejillas—. ¿Cómo pudiste irte así?
También Roy parecía estar abrumado por la emoción. Emily notó que le temblaban las manos. Sus labios temblaban al hablar—. Lo siento mucho. Esa decisión me ha estado persiguiendo.