—¿Te ha estado persiguiendo? —gritó Emily—. ¡No sabía si estabas vivo o muerto! Me dejaste sin saber nada. ¿Tienes idea de lo que eso le hace a una persona? Toda mi vida estuvo en pausa por tu culpa. Porque fuiste demasiado cobarde para decir adiós.
Roy recibió sus palabras como repetidos puñetazos en la cara. Su expresión parecía tan dolorosa como si realmente hubieran sido golpes físicos los que ella le había propinado.
—Fue imperdonable —dijo, apenas más que un susurro—. Así que no intentaré poner excusas.
Emily sintió que el corazón se le aceleraba salvajemente en el pecho. Estaba tan furiosa que ni siquiera podía ver con claridad. Todos esos años de emociones la inundaban con la fuerza de un tsunami.
—¿Pensaste siquiera en cómo me iba a doler? —gritó, su voz subió de tono y volumen aún más.
Roy parecía estar angustiado, con todo el cuerpo tenso y la cara contorsionada por el arrepentimiento. Emily se alegró de verlo así. Quería que le doliera tanto como a ella.
—Al principio no —confesó—. Porque no estaba en mis cabales. No podía pensar en nada ni en nadie más que en mí, en mi propio dolor. Pensé que estarías mejor sin mí.
Entonces se derrumbó, los sollozos recorrieron su cuerpo hasta que tembló de la emoción. Verlo así fue como una puñalada en el corazón. Emily no quería ver a su padre resquebrajarse y desmoronarse ante sus ojos, pero tenía que saberlo. No habría forma de seguir adelante, ni de reparar el daño sin que todo saliera a la luz.
—¿Así que pensaste que al irte me harías un favor? — Emily se desgañitó, cruzando los brazos de forma protectora contra su pecho—. ¿Sabes lo malo que es eso?
Roy lloró amargamente entre sus manos—. Sí. Yo estaba mal entonces. Seguí estando mal durante mucho tiempo. Cuando me di cuenta del daño que había hecho, había pasado demasiado tiempo. No sabía cómo volver a donde había estado, cómo deshacer el daño.
—Ni siquiera lo intentaste —le acusó Emily.
—Lo intenté —dijo Roy, la súplica en su tono irritó aún más a Emily—. Muchas veces. Volví a la casa en varias ocasiones, pero cada vez la culpa de lo que había hecho me abrumaba. Había demasiados recuerdos. Demasiados fantasmas.
—No digas eso —espetó Emily, su mente acudió inmediatamente a las imágenes de Charlotte rondando la casa—. No te atrevas.
—Lo siento —repitió Roy, jadeando de angustia.
Miró hacia su regazo, donde sus viejas manos temblaban.
En la mesa que tenían delante, las tazas de café que no se habían bebido se estaban enfriando.
Emily respiró larga y profundamente. Sabía que su padre había estado deprimido —ella había encontrado la receta de píldoras entre sus pertenencias— y que no era él mismo, que la pena le hacía comportarse de forma imperdonable. No debería culparle por ello, pero no podía evitarlo. La había defraudado tanto. La dejó con su dolor. Con su madre. Había mucha rabia en el corazón de Emily, aunque sabía que la culpa no tenía cabida allí.
—¿Qué puedo hacer para compensarte, Emily Jane? —dijo Roy, con las manos en posición de oración—. ¿Cómo puedo siquiera empezar a curar el daño que he causado?
—¿Por qué no empiezas por rellenar los espacios en blanco? —respondió Emily—. Dime qué pasó. A dónde fuiste. Qué has estado haciendo todos estos años.
Roy parpadeó, como si le sorprendiera la línea de preguntas de Emily.
—Fue el no saber nada lo que me mató —explicó Emily, con tristeza—. Si hubiera sabido que estabas a salvo en algún lugar, podría haberme enfrentado a ello. No tienes ni idea de cuántos escenarios he creado en mi mente, cuántas vidas diferentes he imaginado que estabas viviendo. Pasé años sin poder dormir por eso. Era como si mi mente no dejara de conjurar opciones hasta encontrar la correcta, aunque no hubiera forma de hacerlo. Era una tarea imposible e inútil, pero no podía parar. Así es como puedes ayudar. Empieza por darme la verdad, por decirme lo que no supe durante todos esos años. ¿Dónde estabas?
Las lágrimas de Roy finalmente disminuyeron. Resopló, secándose los ojos con la manga. Luego se aclaró la garganta.
—Dividí mi tiempo entre Grecia e Inglaterra. Me hice un hogar en Falmouth, Cornualles, en la costa de Inglaterra. Es un lugar precioso. Acantilados y paisajes maravillosos. Hay una fantástica escena de artistas allí.
«Qué oportuno», pensó Emily, recordando su obsesión por las obras de arte de Toni, la forma en que había colgado uno de sus cuadros del faro en la casa de Nueva York que había compartido con Patricia, y lo enfadada que se había sentido la propia Emily cuando se había dado cuenta de lo descarado que había sido, de la falta de respeto.
—¿Cómo te lo has permitido? —Le desafió Emily—. La policía dijo que no había habido actividad en tus cuentas bancarias. Fue una de las razones por las que pensé que estabas muerto.
Roy hizo una mueca al oír la palabra. Emily podía notar lo mal que se sentía al enfrentarse al dolor que le había hecho pasar. Pero él necesitaba oírlo. Y ella necesitaba decirlo. Era la única manera de seguir adelante.
—No vendí ninguna de mis antigüedades, si a eso te refieres —comenzó—. Dejé todo eso para ti.
—¿Se supone que debo darte las gracias? —preguntó Emily con amargura—. No es que un diamante pueda compensar años de abandono.
Roy asintió con tristeza, recibiendo la peor parte de sus airadas palabras. Emily empezó a aceptar que él la reconociera, que ya no intentara explicar sus acciones, sino que escuchara el daño que le habían causado.
—Tienes razón —dijo en voz baja—. No pretendía insinuar que pudiera.
Emily tensó la mandíbula.
—Pues continúa, entonces —dijo—. Cuéntame qué pasó después de que te fuiste. Cómo te mantuviste.
—Al principio vivía de un día para otro —explicó Roy—. Ganaba dinero haciendo lo que podía. Trabajos raros. Arreglos de coches y bicicletas. Haciendo reparaciones. Me puse a trabajar en la fabricación y reparación de relojes. Ahora sigo haciéndolo. Soy relojero. Hago relojes adornados con llaves ocultas y compartimentos secretos.
—Por supuesto que sí —dijo Emily, con amargura.
La mirada de vergüenza volvió a la cara de Roy.
—¿Y el amor? —preguntó Emily—. ¿Has sentado alguna vez la cabeza?
—Vivo solo —respondió Roy con tristeza—. Lo hago desde que me fui. No quería causar más dolor a nadie. No soportaba estar rodeado de gente.
Por primera vez, Emily empezó a sentir simpatía por su padre, imaginándolo solo, viviendo como un ermitaño. Empezó a sentir que había liberado todo el dolor que necesitaba, que le había culpado lo suficiente como para poder escuchar por fin su historia. Una ola catártica la inundó.
—Por eso no uso ninguna tecnología moderna —continuó Roy—. Hay una cabina telefónica en el pueblo que utilizo para hacer mis llamadas, que son pocas y muy espaciadas. La oficina de correos local me permite saber si alguien ha respondido a mi anuncio de relojero. Cuando me siento con fuerzas, voy a la biblioteca local y compruebo mis correos electrónicos para ver si te has puesto en contacto.
Emily hizo una pausa y frunció el ceño. Esto la sorprendió.
—¿Sí?
Roy asintió—. He estado dejando pistas para ti, Emily Jane. Cada vez que volvía a la casa dejaba otra pista para que la encontraras. La dirección de correo electrónico fue el mayor paso que di porque sabía que en cuanto la encontraras, te proporcionaría una línea directa de ti a mí. Pero la anticipación, la espera, era insoportable. Así que me limité a hacer unas pocas comprobaciones al año. Cuando recibí tu correo electrónico, volé hasta aquí.
Emily se dio cuenta entonces de que ésa era la razón de esos meses adicionales de angustia que él le había hecho pasar después de que ella se enterara de que seguía vivo y entonces se había puesto en contacto con él. No había estado ignorándola o evitándola, simplemente no había visto su correo electrónico.
—¿Es eso cierto? —preguntó ella, con la voz tensa mientras las lágrimas llenaban sus ojos—. ¿De verdad viniste aquí en cuanto viste que me había puesto en contacto?
—Sí —respondió Roy, su voz apenas un susurro. Sus propias lágrimas habían empezado a caer de nuevo—. He estado esperando, deseando y soñando con que te pusieras en contacto. Me imaginé que un día volverías a este lugar, cuando estuvieras preparada. Pero también sabía que te enfadarías conmigo. Quería que la pelota estuviera en tu campo. Quería que fueras tú quien se pusiera en contacto conmigo porque no quería entrometerme en tu vida. Si habías seguido adelante sin mí, pensé que sería mejor mantenerlo así.
—Oh, papá —jadeó Emily.
Algo, finalmente, se liberó de dentro de Emily. Algo en esta última y desgarradora admisión de su padre era lo que ella había necesitado saber todo el tiempo. Que él estaba esperando que ella diera el paso. No había estado evitándola, manteniéndose oculto, sino que había estado dejando caer migajas para ella, confiando en que una vez que ella reuniera todas las piezas tomaría su propia decisión sobre si podía o no perdonarlo y permitirle volver a su vida.
Se levantó y se apresuró a ir al sofá de enfrente, echándose los brazos al cuello. Sollozó contra su hombro, con profundos sollozos que recorrían su cuerpo. Roy se aferró a ella, temblando también por la efusión de dolor.
—Lo siento mucho —balbuceó, con la voz apagada por el pelo de ella—. Lo siento tanto, tanto.
Permanecieron así durante mucho tiempo, abrazados, derramando todas las lágrimas que necesitaban, exprimiendo hasta la última gota de dolor. Finalmente el llanto cesó. Todo quedó en silencio.
—¿Tienes más preguntas? —dijo finalmente Roy en voz baja—. No voy a tener más secretos para ti. No voy a ocultar nada.
Emily se sintió exhausta, agotada por la emoción. El pecho de su padre subía y bajaba con cada respiración profunda que hacía. Estaba tan cansada que sentía que podía dormirse aquí mismo, en sus brazos. Pero al mismo tiempo, todavía tenía un millón de preguntas ardiendo en su mente, pero una más que otras.
—La noche en que Charlotte murió... —comenzó—. Mamá me contó algunas cosas pero solo me dio una parte de la historia. ¿Qué pasó?
Los brazos de Roy la rodearon con fuerza. Emily sabía que era difícil para él recordar aquella noche, pero deseaba desesperadamente saber la verdad, o al menos su versión. Tal vez podría unir las tres partes —la de Patricia, la de Roy y la suya propia— y crear algo que tuviera sentido.
—Las traje para Acción de Gracias y Navidad —comenzó Roy—. Las cosas no iban bien con tu madre, así que se quedó en casa. Pero entonces los dos cayeron con gripe.
—Creo que lo recuerdo —dijo Emily. Le vinieron a la mente algunos recuerdos de la infancia sobre las fiebres—. La perra de Toni, Perséfone, estaba allí. Me desmayé en el pasillo.
Roy asintió, pero parecía avergonzado. Emily sabía por qué; este había sido un punto de inflexión en su relación con Toni, el momento en que había sido lo suficientemente descarado como para que las vidas de su amante y de sus hijas se cruzaran.