Capitulo IV

1550 Words
Una nueva realidad  La noche terminó con calma. Entre risas. Entre miradas cómplices. Entre esa sensación de paz que, poco a poco, comenzaba a sentirse real. El nuevo día llegó sin prisa. Y Neriam, ahora sin guerras que liderar, se mantenía atenta a algo igual de importante: El futuro. Los nuevos roles de Marion, Aron y Sara no eran un experimento… eran una decisión. Ella sabía que ellos serían quienes defenderían su legado. Y aunque en lo más profundo deseaba tener sus propios hijos, a quienes algún día podría heredar todo lo que había construido… también sabía que no podía hacerlo sola. Necesitaba formar líderes. Personas en quienes confiar. Personas que pudieran sostener el Norte… incluso si ella no estaba. — Sara se encontraba sentada frente a su escritorio, revisando documentos con atención. El silencio en la sala era cómodo. Productivo. Hasta que, de pronto, alzó la mirada. Y se encontró con los ojos de Neriam. Se sorprendió un poco. —¿Pasa algo, Alfa? Neriam negó suavemente con la cabeza. —No. Solo… quería saber cómo te sientes con tu nuevo puesto. Sara sonrió ampliamente. —Genial. Creo que nací para esto. La respuesta fue inmediata. Segura. Y eso… hizo que Neriam sonriera apenas. —Me agrada eso —dijo—. Aunque aún tienes mucho que aprender. Hizo una pequeña pausa antes de añadir: —Sobre todo porque pronto Ángel y yo nos iremos de vacaciones. Sara palideció. —¿De qué estás hablando? Neriam se recostó ligeramente en su silla, relajando la postura por un momento. —Olvidas que me voy a casar —respondió con calma—. Puedo ser la Alfa del Norte… pero también merezco un descanso. Sara soltó una pequeña risa. —Lo siento… es que entre la universidad y el trabajo, ya no sé ni en qué día estoy. Luego sonrió con picardía. —Pero ya quiero sobrinos, así que por favor… dense prisa. Neriam la miró, ligeramente incómoda, aunque sin perder la compostura. —Aquí no necesitas formalidades, Sara. Puedes llamarme por mi nombre. Ya te lo he dicho. Sara levantó una ceja, divertida. —Lo siento, cuñada… pero estamos en horario laboral. Y le guiñó un ojo. Ambas rieron. — La puerta se abrió de repente. Ángel entró sin anunciarse. Al verlas reír, se detuvo un segundo. —Lamento interrumpir. No sabía que estaban ocupadas. Sara se giró hacia él. —Tranquilo, Delta. Yo ya me iba. Se puso de pie mientras organizaba sus cosas. —Las modificaciones del tratado de paz con el Sur están siendo validadas por el consejo, con todas tus sugerencias… y algunas más que añadí. Neriam la observó con atención. Sara continuó: —Te envié una copia al correo. Revísala y dime si deseas agregar algo más. Entre hoy y mañana el consejo dará su veredicto final. Tomó su portátil y varias carpetas. —Nos vemos luego, par de tórtolos. Sonrió… y salió de la oficina. — Ángel caminó hasta Neriam. Se inclinó levemente… y dejó un beso suave sobre sus labios. —¿Me extrañaste? —preguntó ella, con una sonrisa. —Siempre que no estás a mi lado —respondió él, sentándose frente a su escritorio. Neriam lo observó. Esa calma entre ellos… ya no era nueva. Era real. — Ángel apoyó los brazos sobre la mesa. —Me sorprende algo. —¿Qué? —Los chicos —respondió—. Se están tomando sus nuevas funciones muy en serio. Neriam se enderezó en su asiento, recuperando su postura de Alfa. —Así es. Su voz volvió a ser firme. Segura. —Me enorgullecen. Los tres han demostrado que pueden con la responsabilidad… y no han descuidado la universidad. Hizo una pausa. —Ni se han dejado llevar por sus relaciones. Ángel asintió. —Cualquiera a su edad estaría pensando en fiestas… en distracciones. Negó suavemente. —Pero ellos no. Neriam se puso de pie y caminó hacia él con calma. —Es normal. Ángel alzó la mirada. —Han pasado por mucho —continuó ella—. Marion estuvo a punto de morir. Una breve pausa. —Y Aron y Sara crecieron bajo un régimen que les negó incluso lo más básico… como sus estudios. Sus ojos se endurecieron apenas. —Por eso son así. Más fuertes. Más centrados. Más conscientes. — Y aunque el Norte ahora respiraba en paz… ellos… no habían olvidado lo que costó llegar hasta allí. Neriam se sentó en las piernas de Ángel y pasó su mano por su cuello con total naturalidad. —Hay algo que me preocupa… —dijo finalmente. Ángel la miró con atención, pero en ese momento tocaron la puerta. Neriam sonrió levemente. —Ya verás quién es… —dijo divertida antes de alzar un poco la voz—. Adelante. No se molestó en levantarse de donde estaba, abrazando a su futuro esposo. La puerta se abrió y entraron Mónica, Lilly y Diana… claramente molestas. Mónica fue la primera en avanzar. Caminó con decisión hasta el escritorio de Neriam, se sentó en su lugar y los miró a ambos con seriedad. Lilly y Diana se ubicaron a cada lado, cruzándose de brazos. Neriam las observó divertida. —A ver… ¿y ahora qué pasa? Mónica habló sin rodeos: —Ustedes aquí abrazados, acurrucados, mejor dicho… mientras nosotras llevamos rato esperándolos en el salón para los preparativos de su boda. ¿Hasta cuándo piensan tenernos así? Ángel negó con la cabeza, sin soltar la cintura de Neriam. —Chicas, nosotros también tenemos trabajo que hacer. Ya les dijimos que ustedes se encargaran de todo. Diana alzó una ceja. —¿O sea que no les importa lo que hagamos? ¿Ni a quién invitemos? —¿Ni la ropa que elegiremos para ustedes? —añadió Lilly, con tono acusador. Neriam suspiró, aunque aún sonreía. —Ya les dijimos que queríamos algo sencillo… solo para los más allegados— —No —la interrumpió Mónica de inmediato. Se puso de pie y se inclinó sobre el escritorio, mirándola fijamente. —¿Cómo se supone que vamos a hacer algo sencillo cuando la Alfa del Norte se casa con su compañero destinado… que además es el representante diplomático del Oeste? Una pausa cargada de intensidad. —Esto no es cualquier boda, hermana. Es un evento histórico. Dos regiones unidas. No puede ser algo pequeño. Diana intervino con una sonrisa ladeada: —Si querían algo sencillo, debieron reclamarse a solas en su habitación, en una noche de luna llena… y ya. Ángel y Neriam intercambiaron una mirada cómplice… y sonrieron. Pero antes de que pudieran decir algo— —No, no, no —interrumpió Lilly rápidamente. Ambos giraron a verla. —Eso no va a pasar —continuó con firmeza—. Ustedes tienen un deber con su pueblo. Se cruzó de brazos. —Y esta celebración será… a la altura de la ocasión. El silencio que siguió fue breve… pero cargado. Y entonces— Neriam soltó una pequeña risa. Ángel la siguió. Y Mónica entrecerró los ojos. —No le veo lo gracioso. Ángel levantó las manos en señal de rendición. —Está bien… está bien. Ganaron. Neriam apoyó su frente contra la de él por un segundo, divertida. —Supongo que no tenemos opción. Diana sonrió satisfecha. —Exacto. Sara apareció en la puerta en ese momento, asomándose con curiosidad. —¿Ya comenzaron sin mí o todavía estoy a tiempo de ver cómo los obligan? Todos rieron. El ambiente cambió. Se volvió más ligero. Más familiar. Más hogar. Pero, incluso en medio de las risas… Neriam sintió algo. Esa misma sensación. Sutil. Lejana. Pero presente. Y aunque no dijo nada… sabía que, mientras ellos celebraban— algo más… ya estaba en movimiento. Neriam se puso de pie, seguida por Ángel. Ambos avanzaron hacia la salida, escoltados por Mónica, Lilly y Diana, quienes ya iban completamente inmersas en una conversación interminable sobre colores, diseños y detalles que parecían no tener fin. Ellos caminaban tomados de la mano… ignorándolas por completo. Sara, a un lado, no perdía oportunidad de burlarse. —Yo me encargaré personalmente de que esas tres te torturen igual el día de tu boda —dijo Neriam de pronto, mirándola con una sonrisa ladina. Sara soltó una risa y se llevó una mano al estómago. —Aún falta mucho para eso —respondió entre risas. Ángel asintió lentamente, mirándola con fingida seriedad. —Eso espero, hermanita… eso espero. Neriam sonrió. Mientras tanto, Mónica, Lilly y Diana seguían hablando sin parar, completamente ajenas a la conversación de los demás. Cuando finalmente llegaron al salón… el caos los recibió. Revistas por todos lados. Telas extendidas. Muestras de colores. Decoraciones que ni siquiera lograban identificar. Neriam se detuvo en seco. Observó el desastre frente a ella. Y luego… —Ya creo que se me quitaron las ganas de estar aquí —murmuró. Ángel la rodeó por la espalda, apoyando el mentón cerca de su hombro. —Si nos vamos… nos asesinan. —No lo duden —dijo Mónica al pasar junto a ellos sin siquiera detenerse. El silencio duró apenas un segundo… y luego— todos estallaron en risas. El momento fue ligero. Cálido. Real. Como si, por un instante… todo estuviera exactamente donde debía estar. Y tal vez… eso era lo que más importaba.
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