Midiendo el terreno
Los chicos se sentían cómodos junto a Adrik.
Confiados.
Tranquilos.
No sospechaban de sus intenciones…
y él, por su parte, no daba motivos para hacerlo.
Todo en él era natural.
Demasiado natural.
De pronto, los cuatro comenzaron a alistarse para ir a clases. Cada uno tenía horarios distintos, excepto Adrik y Aron, quienes compartían la misma carrera: Ingeniería en Seguridad y Defensa.
Sara estudiaba Relaciones Internacionales.
Marion, Derecho.
Llevaban casi un año en la universidad, pero aún les faltaban cuatro más para graduarse. Sin embargo, eso ya no era lo importante.
Sus responsabilidades habían cambiado.
Sus vidas… también.
—Deberíamos hacer algo diferente —dijo Adrik de pronto, mientras caminaba de la mano con Sara—. No sé ustedes, pero yo estoy cansado de tantas responsabilidades.
Aron frunció ligeramente el ceño.
—¿Algo como qué?
Adrik se encogió de hombros con ligereza.
—No sé… podríamos ir a la cabaña de mi familia, en el lago. Pasar un fin de semana allá.
Sara, Aron y Marion intercambiaron miradas.
La idea sonaba bien.
Demasiado bien.
Pero ahora… ya no era tan sencillo.
Marion fue la primera en hablar.
—Suena genial… pero no podemos apartarnos por más de tres días de nuestras funciones.
Adrik sonrió, divertido.
—Por favor… —dijo, señalando a Sara y Aron— ustedes dos son los cuñados de la Alfa del Norte… y tú —miró a Marion— eres la hija del jefe del consejo. No me digan que no pueden delegar funciones.
Sara negó suavemente con la cabeza.
—Ese es precisamente el problema. Nuestras familias están confiando en nosotros… y tenemos que demostrar que pueden hacerlo.
Hizo una pequeña pausa.
—Si no, pensarán que no somos lo suficientemente responsables.
Marion y Aron asintieron en aprobación.
Adrik los observó en silencio durante un instante.
—Ya entiendo… —murmuró con una leve sonrisa—. Sus responsabilidades son más importantes de lo que creí.
Pero, detrás de esa sonrisa…
su mente no se detenía.
Cada palabra.
Cada reacción.
Todo quedaba registrado.
Los chicos, sin darse cuenta, comenzaban a soltar pequeños detalles… información que, para él, tenía valor.
—Bueno —continuó—, entonces salgamos en su día libre. Vamos a una discoteca o algo así. Vamos… todos trabajamos, pero también merecemos un poco de diversión.
Sara avanzó un paso y le dio un beso suave en la mejilla.
—Lo hablaremos después, cariño. Ya tengo que irme a clases.
Se separó, despidiéndose de Marion y Aron con la mano.
Marion hizo lo mismo.
En cuestión de segundos, ambas se alejaban por el pasillo, perdiéndose entre los estudiantes.
Aron y Adrik se quedaron observándolas en silencio.
—Somos afortunados —dijo Adrik.
Aron lo miró de reojo.
—¿Por qué lo dices?
Adrik señaló en la dirección en la que las chicas habían desaparecido.
—Míralas… tenemos novias increíbles. Hermosas, responsables, de buena familia… y que nos quieren.
Aron sonrió, aprobando sus palabras.
—Sí… lo somos.
Ambos comenzaron a caminar hacia el edificio de sus clases.
Pero Adrik no había terminado.
—¿Qué piensas de una noche de parranda los cuatro? —preguntó con aparente ligereza—. ¿Crees que soy muy inmaduro por decirlo?
Aron soltó una leve risa.
—No lo creo. Es normal… todos salen, todos se divierten. Solo que nosotros no tenemos el mismo margen que los demás.
Su expresión se volvió un poco más seria.
—Tenemos responsabilidades… ahora y en el futuro.
Adrik asintió lentamente.
—Lo sé… pero también deberíamos disfrutar de vez en cuando, ¿no crees?
No era una simple sugerencia.
Era un intento.
Uno más.
Quería llevarlos a un lugar donde bajaran la guardia…
donde hablaran más de la cuenta.
Pero estos chicos no eran ingenuos.
No eran descuidados.
Sabían lo que representaban.
Y, aunque eran jóvenes…
su mentalidad ya no lo era.
No pensaban en fiestas.
No pensaban en distracciones.
Pensaban en aprender.
En prepararse.
En fortalecer el presente…
y sostener el futuro.
Y eso…
hacía que acercarse a ellos no fuera tan sencillo.
Adrik mantuvo el paso junto a Aron, escuchándolo hablar… asintiendo cuando era necesario.
Pero su mente estaba en otro lugar.
Siempre lo estaba.
No eran descuidados.
No eran ingenuos.
Y eso hacía las cosas… más interesantes.
Sus ojos se entrecerraron levemente, pensativo.
No podía forzarlos.
No debía hacerlo.
Aún no.
Cada paso tenía que ser calculado.
Cada movimiento… preciso.
Volvió a sonreír, como si nada pasara.
—Tienes razón —dijo finalmente—. Todo a su tiempo.
Pero en su mente, esas palabras tenían otro significado.
Porque el tiempo…
jugaba a su favor.
Y tarde o temprano—
ellos mismos abrirían la puerta.