Esa noche pudo dormir y descansar, recordando todo lo que había pasado y por primera vez acarició su vientre y habló de manera inconsciente.
—Hoy fue un buen día, mañana seguro será mucho mejor, vamos a comer algo rico, me está provocando un helado de pistacho.
Ella se dió cuenta que estaba acariciando su vientre y hablándole al bebé y se sintió extraña.
—Creo que estoy loca, mejor dormiré.
Desde que había pasado la tragedia de esa noche, ella no había caído en cuenta que en su vientre llevaba una vida, una inocente, cuando le hablo sintió que la había hecho suya, no importaba la forma como había sido engendrada, sino lo que le estaba haciendo sentir, deseos de cuidarse, de proyectarse a futuro, de querer superarse de buscar más por su bien y el del bebé en camino.
Mientras tanto Anthuam se mantenía sumido en sus pensamientos, al llegar a su apartamento se quitó el saco y se sentó en su enorme sillón, colocó sus manos en la frente y pegó un ligero grito.
No podía sacar de su mente esa sensación de agresor de aquella chica, sentía tanta culpa, le dolía recordar eso, las palabras de aquella chica indefensa, sumergida en el dolor, la angustia e impotencia de no poder defenderse lo torturaba cada día.
Se levantó del sillón y decidió hacer ejercicio eso le ayudaba a despejar la mente y a no recordar lo que no quería, una vez terminada la rutina, se duchó y acostado en su cama recuerda a lo que había pasado Vanesa.
—Mi chica de ojos hermosos, ¿por qué tienes una vida tan sufrida?, tal vez si te ayudo puedo de cierta manera enmendar lo que hice.
Era una posible solución a su frustración y remordimiento, se sintió muy bien después de haber ayudado a su futura esposa, además que sintió que ella era buena mujer, estudiosa muy ordenada y simpática, bueno cuando tiene hambre no lo es del todo.
Decidió escribir un mensaje a Vanesa para recordarle la cita del día siguiente.
—Hola, berrinchuda, recuerda comer y recuerda la cita mañana a las 18 horas.
—Hola, prepotente ya cené y tranquilo a esa hora estaré lista.
Anthuam sonrió y colocó el teléfono en la mesita de noche.
Por la mañana Vanesa se levanta muy contenta, iría a la universidad, tenía ganas enormes de ponerse al día con los estudios.
Al llegar se encuentra con Tifani, quien hace el intento de ignorarla, pero ella la confronta.
—Oye Tifani¿por qué me evades?, ¿por qué me haces esto? Acaso no eres mi mejor amiga.
—Escucha Vane, mi familia no quiere verte cerca de mi, y como sabes no me gusta ser desobediente.
—Pero¿ por qué? Dame una explicación.
—Tu metiste la pata hasta el fondo, pusiste en burla a tu familia, la deshonraste.
Vanesa no sabía por qué ella le hablaba así, si siempre fue de buen corazón y empática, sin embargo está vez la envidia no la dejaba actuar con claridad y hablaba con mucha maldad.
—No puedo andar contigo, lo siento, me avergüenzas, además no quiero que me etiqueten por tu culpa.
Se fue dejando a Vanesa sola y muy triste, no entendía el por qué de su comportamiento, las clases eran pesadas, nadie hablaba con ella. Vanesa era una chica muy madura para su edad, pero no estaba dispuesta a soportar está situación así que se dirigió a la rectoría de la universidad y cambió su estatus para estudiar en línea.
Al salir caminó un poco por la avenida hasta que sus ojos se iluminaron al ver el enorme letrero que decía Heladería.
Se comería lo que tanto había estado deseando las últimas noches, helado de pistacho.
—Esto está deli, deli.
Saboreaba su helado mientras se sentaba en un parque, estaba distraída hasta que el llanto de un bebé la hizo reaccionar.
El bebé lloraba por hambre y vio como su mamá lo amamantaba, con tanta ternura, ver esa conexión entre ellos le pareció tan bonito y por un instante se imaginó ella siendo mamá.
—Ya Vanesa, es hora de irnos, debes ponerte muy linda hoy conocerás a tus suegros.
Anthuam estaba sumergido en el trabajo, cada vez se recargaba más de trabajo, mientras que su relación con su padre estaba cada vez más deteriorada.
Se hizo la hora y salió a buscar a su futura esposa para ir a la cena familiar.
Al llegar encontró a Vanesa sentada en un borde de pared quien al verlo sonrió y saludó con la mano, estaba muy hermosa se colocó un lindo vestido holgado de algodón azul celeste y unas zapatillas cómodas.
—¿Qué haces sentada ahí berrinchuda?
—Estoy ansiosa, nerviosa, tengo hambre, todo eso junto y ya no podía estar en el apartamento.
—Ok, ja, ja, ja, tranquila, mi padre es molesto y mal humorado, pero creo que le caerás bien.
Siguieron el camino, al llegar a la mansión Lovaton la sonrisa de Vanesa se borró.
Estaba llegando su padre junto con Martina, ella comenzó a sentirse mal y Anthuam le habló.
—Era necesario que él estuviera aquí, Pero si te lo decía sabía que te ibas a negar.
—Idiota, debiste decirme.
—Lo siento, puedes estar tranquila, aquí no podrás hacerte nada, solo quiero que sonrías.
Vanesa lo miró con rabia y le blanqueó los ojos, se colocó su abrigo y comenzó a caminar.
Anthuam corrió para alcanzarla y la tomó de la mano.
Al entrar a la casa todos quedaron sorprendidos al ver a la joven pareja.
—Hola a todos, veo que llegamos tarde— comentó el joven empresario.
—Ya veo de qué se trata está cena hijo, muy bien me sorprendiste, Pero no esperemos más pasemos al comedor.
El viejo Lovaton entendió todo, se veía de cierta manera contento sabía lo que venía.
Todo lo contrario para el viejo Humberto que en ese momento no emitió palabras, veía a Vanesa con rabia y apretaba su mandíbula aguantando se la incomodidad del momento.
Martina por protocolo saludo a Vanesa disimuladamente, ella no quería que Humberto se diera cuenta de que ella apoyaba a Vanesa.
La cena comenzó todos comían tranquilamente hasta que Anthuam anuncia su compromiso.
—Bueno no quiero alargar esto, solo quiero informarles que Vanesa y yo estamos comprometidos y en dos días será nuestra boda.
Humberto de una vez soltó los cubiertos y les dijo.
—Esto tiene que ser un chiste.