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590 Words
Cuatro años habían pasado desde que salí de la preparatoria y mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Para empezar, mi amistad con mi mejor amigo terminó y no he vuelto a saber de él desde entonces. Bueno, aunque también sería difícil saber algo de Marcus cuando me mudé de ciudad apenas unos meses después de graduarme. Entrar a la universidad y estudiar veterinaria fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Y no es que donde vivía no hubiera universidades para esa carrera, porque sí las había. La verdad era otra. Necesitaba salir de ahí. Necesitaba alejarme de los mismos lugares, las mismas personas y los mismos recuerdos. Sobre todo de los recuerdos. Mi mamá sigue trabajando en bienes raíces y mi hermana aún vive en casa. Bueno, eso hasta que decida en qué universidad quiere entrar. Yo, por otro lado, vivo en un pequeño departamento a veinte minutos de la clínica veterinaria donde trabajo. No es nada lujoso. Las paredes son blancas, el refrigerador hace ruidos extraños por las noches y la regadera tiene la costumbre de lanzar agua helada cuando menos te lo esperas. Pero es mío y eso es suficiente. La alarma de mi celular sonó a las seis de la mañana. Gruñí algo ininteligible y extendí una mano fuera de las cobijas hasta encontrar el teléfono. —Cinco minutos más... —murmuré. El teléfono vibró nuevamente, esta vez era una llamada. Fruncí el ceño. Nadie normal llama a las seis de la mañana. Observé la pantalla, era Valeria, mi compañera de trabajo. —¿Qué pasó? —contesté con voz adormilada. —Dime que ya vienes. —Dime que aún estoy soñando. —Saskia... Eso fue suficiente para despertarme. —¿Qué pasó? —Trajeron un pastor alemán atropellado hace unos minutos. Me incorporé de inmediato. —¿Está grave? —Muy. Salté de la cama. —Llego en veinte minutos. —Te esperamos. Colgué. Los siguientes quince minutos fueron una batalla campal entre mi falta de coordinación matutina y la necesidad de llegar rápido. Cuando finalmente entré a la clínica, el ambiente era un caos. Un perro enorme se encontraba sobre una mesa de exploración mientras dos veterinarios intentaban estabilizarlo. La dueña lloraba en una esquina. —¿Qué tenemos? —pregunté colocándome los guantes. Las siguientes dos horas transcurrieron entre radiografías, medicamentos y una cantidad absurda de adrenalina. Cuando por fin terminamos, me dejé caer en una silla. —Sobrevivirá —dijo Valeria. Solté el aire que había estado conteniendo. —Bien. —Necesitas café. —Necesito vacaciones. —También. Ambas reímos. Por un momento todo parecía normal hasta que mi teléfono vibró, un mensaje de un número desconocido. Sentí una incomodidad inmediata ya que no suelo recibir mensajes de números desconocidos. Abrí la conversación. Y entonces mi corazón se detuvo. "¿Sigues huyendo?" Leí el mensaje una vez. Luego otra.Y otra más. No reconocía el número. Pero reconocía perfectamente la sensación que provocó en mí. Era la misma sensación que había tenido años atrás, la misma que sentí aquella noche, la misma que me acompañó durante meses después de graduarme. Frío. Un frío incómodo que se extendía por el pecho. —¿Saskia? La voz de Valeria me devolvió a la realidad. —¿Todo bien? Apagué la pantalla inmediatamente. —Sí. Debajo del mensaje había una segunda línea, Una que no estaba ahí cuando abrí la conversación. "Yo sí recuerdo lo que pasó aquella noche." Y por primera vez en cuatro años... Tuve miedo.
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