Capítulo 6
Haz el bien y no mires a quien
Cuánto consuelo encontraríamos si contáramos nuestros secretos a alguien.
Jhon Churton Collins
Willow:
El mundo me da vuelta, espera... es la cabeza. Me duele demasiado.
Trato de levantarme de la cama y siento un dolor punzante en las cienes y en todo el cuerpo. ¡Estoy exhausta! cómo si pasara toda la noche despierta o peor aún me hubiesen dado la paliza del siglo.
Doy un largo suspiro, sigo muerta del sueño y tan cansada que no logro ni mantenerme en pies cuando mi postura queda recta.
Entonces, es allí cuando me doy cuenta.
Marcas en los muslos, manos, senos, además de estar completamente desnuda. Mordiscos, rasguños, golpes. ¿Que coño sucedió aquí?
Enseguida, corro directo al baño para visualizar mis heridas en el espejo, no puedo recordar nada, solo a aquel hombre de cuero que se sentó frente a mi en el café.
Eres dificil de encontrar, Gwen.
Cuando finalmente llego, observo las marcas. Chupones, golpes, mordiscos. ¡Santo bendito! ¿quien me hizo esa mostruocidad! ese hombre me violó, pero... ¿cómo? me mareé, me sentí mal, me desmaye. Sin embargo, cuestiono¿cómo rayos llegué al apartamento?¿cómo sabía de este apartamento? ¿por qué me llamó Gwen? no, no, no, es un sueño, es eso, estoy soñando y debo volver a la cama a despertar completamente.
Paso por la cocina y es cuando lo veo.
Un pocillo azul fuera de su lugar.
No fui yo, no soy de las que dejan las cosas en desorden.
Asimismo, me aproximo a la encimera y observo el pocillo. Caigo a la realidad de cara, estrellandome tan fuerte que casi duele. Tomo el pocillo y lo lanzo con todas mis fuerzas contra la pared hasta que esté se hace a pedazos de inmediato.
Grito... sigo haciendolo. Estoy descontrolada, golpeando la pared con tanta rabia, furia que me hago daño los nudillos.
Una vez más estoy en blanco. Soy un maldito papel que no tiene nada que contar.
Sigo golpeando con ambas manos, me sangran, está doliendo pero no me importa, no puedo parar de hacerlo, el impulso me ciega a qué me siga lastimando, es un castigo. Debería de recordar, mi mente tiene que saber que ocurrió en ese café y como demonios llegué al apartamento con un sujeto que creyó que era Gwen a pesar de que el color de cabello es muy distinto y las facciones del rostro.
Me detengo solo cuando una hipótesis lejana invade mi mente: ¿Que tiene que ver Gwen con ese sujeto? ¿acaso se conocen? ¿cómo llevé la misma ropa por eso me confunde?
No tengo explicación para todo esto.
No tengo explicación para mí perdida de memoria.
Rompo en llanto cuando miro las manos ensangrentadas, magulladas y con mucho dolor.
Lo merezco. Estoy defectuosa, imperfecta y debo ser castigada por eso.
Lloro un buen rato en la sala, luego, en el baño. Me doy una larga ducha y cubro mis heridas del cuerpo con pantalones largos y una camisa cuello de tortuga. Mis manos con vendas y mis muñecas con dos manillas.
No quiero que Gwen se dé cuenta de mis muñecas, de esas cicatrices que me marcan para toda la vida, y me recuerdan a menudo el dolor, la confusión, la desorientación.
Mi pelo lo dejo suelto, y desinfecto la casa. Los gérmenes de ese criminal están por todos lados y no quiero que Gwen ni Gabriel acabe contagiados o contaminados por mi culpa.
Huele tanto a cloro que me asfixio, por ende, salgo un rato del apartamento, necesito pensar, necesito respirar, tener claridad de todo lo acontecido la noche anterior. Mi mente está vuelta un caos, tan confusa como el mismo que invento la palabra. Sigo llorando a medida que camino, ahora ya no hay frío, si no demasiado calor. El clima es jodidamente extraño, bipolar.
La gente camina sin ser consciente de mis lágrimas. Todos están en sus propios recorridos que no se detienen ni un segundo a mirar a su alrededor. El afán del día a día los tienen tan sumergidos en sus propios egos que son incapaces de darse cuenta de las pequeñas cosas que suceden en lugares insignificantes.
Asimismo, me detengo cuando llego a la cafetería que me senté. Debo preguntar, debo saber que ocurrió.
Inspiro hondo e ingreso, de inmediato, como un río me viene el recuerdo de haber ingresado y sentarme en la ventana. Mi vista se fija en esa ventana, y en el asiento del frente. Ubico al ignoto allí y después, nada, todo se esfuma, se desvanece al igual que la niebla.
—¡Buenos días!—saludo, no sin antes haber secado por completo mis lágrimas.
—Oh, buenos días señorita—dice, un anciano de cabello gris con muchas arrugas en el rostro. Tiene ojos amables igual que Gwen y una sonrisa que muestra que le faltan dos dientes—. ¿En qué le puedo servir?
Miro a mi alrededor observando que no hay mucha clientela y agradezco por eso. Cuando en lluvias de sabores estába lleno, no nos daba tiempo de ni siquiera saludar.
—Quiero hacerle una pregunta.
—Haber...
Titubeó, me decido.
—Ayer vine a este lugar, me senté junto a la ventana—señalo el sitio—. Solo sé que me sentí mal, me mareé y me desmaye.
—Ah, si. Si, si, si—asiente con frenesí—. Su amigo la ayudó.
—¿Mi amigo?—frunzo el ceño.
—Si, porque usted despertó y enseguida, se marchó con él.
Impacto... el corazón se me detiene.
—¿Está seguro que me fui con él, voluntariamente?
Se encoge de hombros.
—No sé si voluntariamente, lo que sé es que se fue con él.
Palidezco, otra vez todo me da vuelta. Me falta el aire.
—¿Ese hombre ha venido aquí antes?
Curvea sus labios hacia abajo.
—Me temo que no, señorita.
Aire... necesito aire... me estoy ahogando, asfixiando.
Mi respiración es errática. Las manos me hormiguean y un dolor en mi pecho se pronuncia con una punzada bestial.
—¿¡Señorita, está bien!?—pregunta el anciano. Estoy repitiendo la acción una y otra vez, de manera que se preocupa. Sale de la barra para socorrerme pero nadie puede ayudarme.
—¡Respire hondo, respire!—me dice. Obedezco. Dos minutos después se normaliza todo mi cuerpo, y me siento a recobrar los sentidos.
El hombre me sirve un café y se sienta al frente, me ve llorando, envuelta en lágrimas.
—¡Dios, que susto!
Lo miro, tan dolida, tan perdida.
—¿Que pasa muchacha?—pregunta, mirándome las vendas de las manos.
Me mojo los labios y dejo escapar más lágrimas.
—¿Es posible no tener ningún recuerdo del día anterior?
Él me mira.
—¿Es posible que ese hombre me haya drogado y me fuese sacado de aquí involuntariamente?...—inhalo aire—. ¿Por qué estoy tan cansada?
No dice nada, solo me mira con condescendencia.
—¿Te hizo daño ese hombre?—mira los vendajes.
Asiento. Cierro mis ojos con fuerza y las lágrimas siguen su rumbo.
—Lo siento, quisiera poder ayudarte más. Considero que deberías ir a descansar y luego a la policía muchacha—se alza del asiento y se pierde en la barra, luego, regresa tomando la posición original—. Toma muchacha, esto te hará dormir como una piedra.
Miro la planta que me está dando.
—Tienes ojeras, pareces un mapache. Supongo que tienes insomnio.
Ahora lo miro a él.
—Es una planta para conciliar el sueño y combate la ansiedad. Me funciona cuando estoy a nivel de estrés. Tomatela por la noche y verás que en la mañana estarás perfecta, con la mente clara. Su efecto es entre una hora o dos, y importante, una dosis pequeña, si te pasas puedes tener serios problemas cardíacos, o que se yo.
Asiento, le recibo la flor de planta y me bebo el café de un solo golpe. Me quema la garganta más no me duele, ya tengo muchas cosas que duelen.
Salgo de allí y me guardo la flor en el bolsillo trasero, quizás, está noche la necesite o en algún momento.
Ahora, me tengo que preocupar en encontrar al desgraciado que me hizo esto y las respuestas de ¿por qué me llamó Gwen?
Suspiro y me siento en el parque, apoyando mis rodillas contra mi pecho y es cuando aparece él.
El doctor.
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Notita: dejen sus comentarios amigos. Si le gusta la historia opinen de cómo van los protagonistas. Besos.